Ayuso está extraviada
Isabel Ayuso pisa México como quien llega tarde a una conversación que jamás logró descifrar. Trae en la maleta una agenda no solo desfasada, sino profundamente extraviada. Y sí, la maleta va cargada, pero de ego, de eslóganes reciclados y de ese polvo de siglos que a ella le parece oro de ley. Dice venir a reivindicar la conquista, como si la historia fuese un tendedero donde colgar banderas a conveniencia. Pero en realidad aterriza para repartir etiquetas pues llama a los mexicanos “acomplejados”, los acusa de vivir anclados en el pasado, de querer “dividir”. También anuncia inversiones del Grupo Alsea en Madrid y extiende una mano paternalista: “Allá en España pueden sentirse como en casa”, les dice a las malinches y a los mexicanos. Pero esa mano tiembla, porque la agenda de ultraderecha que sostiene ante los suyos es incompatible con la casa compartida: desde Vox y más a la derecha, no quieren migrantes, no quieren recibir mexicanos ni latinoamericanos. Allá, parece, la casa tiene un cartel que dice “solo para los nuestros”. Por eso es que suena tan extraviada su agenda. Se dice que le habla a los votantes de las derechas para disputarle votos a Vox, se dice también que no se trata de nosotros, como mexicanos, sino que se trata de sus seguidores españoles. Pero ahí tampoco cuadra la ecuación, pues lejos de que sus votantes busquen estrechar relaciones con nuestro país, sus votantes son hostiles y no quisieran a México ni de colonia. El discurso frustrado en un evento de la Catedral hizo evidente cómo es que ni el clero decidió apoyarla… además de ser ignorada por su par que sería Clara Brugada como jefa de gobierno, la cabeza del ejecutivo de la principal ciudad y capital de México así como lo es Ayuso de Madrid. Pero ni eso.
Reducir un debate histórico, político y cultural a un problema de complejos es una trampa bobalicona, ya lo sé. Es el nivel del que gusta Ayuso. Tal vez, sea el nivel de sus seguidores. Pero no es ingenuidad, más bien parece estrategia. Lo que está en juego no es una disputa sentimental con el pasado, sino dos miradas antagónicas sobre el poder. Una que insiste en romantizar estructuras heredadas sobre auténtica sangre, en aliarse con colonizadores y en vestir de epopeya lo que fue violencia. Otra que cuestiona las heridas, simbólicas y materiales, que aún atraviesan a nuestras sociedades. Y aquí conviene recordar que Hernán Cortés, ese héroe que algunos quieren restaurar sin mácula, lleva a cuestas una biografía que la piedad no logra limpiar. Mató a su esposa, Catalina Suárez, en circunstancias tan turbias que hasta sus criadas vieron el cuerpo amoratado. Ordenó la matanza de Cholula, donde en pocos días se degolló a entre tres y seis mil personas, entre nobles, sacerdotes y civiles. Cuando el emperador Cuauhtémoc se rindió, Cortés lo torturó quemándole las plantas de los pies con aceite caliente para arrancarle el secreto de un tesoro; luego lo mandó ahorcar. Esa es la estatua que Ayuso besa con gesto litúrgico.
Malintzin encima de eso era una niña de 13 años, hija de una familia considerada noble o especial entre los mexicas, de ahí que fuera tan estudiada y capaz en lenguas. Fue tomada contra su voluntad y tratada como esclava sexual. La regalaron a un capitán, luego a otro, luego a Cortés. Nunca pudo elegir, no era “amante”, menos traidora. Era una víctima. Según Ayuso, cualquier mexicana en Madrid se reduce a eso.
En esa defensa casi religiosa de catedrales y legados imperiales se atropellan otras libertades. Las sociales, las culturales, las de quienes no caben en la narrativa glorificada. Hay diferencias abismales, sí. Pero no son diferencias de sensibilidad histórica: son diferencias políticas, éticas, de proyecto de mundo. En una visión, los genocidios son inaceptables y condenar la violación del derecho internacional es lo más sensato. En la visión de Ayuso, no se pueden condenar genocidios no vividos, así como no se puede condenar el franquismo. Como si la memoria tuviera fecha de caducidad.
Y no, esta no es una pelea sobre el pasado. Tampoco es que Madrid o España sea la casa de los mexicanos. Esa idea, apenas disfrazada de hermandad, es profundamente paternalista pues es la voz del encomendero que dice “yo te cuido” mientras te arrebata la tierra. Lo que sí es evidente es que la agenda que representa Ayuso no es inocua: dialoga sin pudor con posturas xenofóbicas, con discursos antimigrantes, con una visión excluyente que hoy encuentra eco en la ultraderecha europea. Y por eso su visita no es anecdótica. Tan viva está esa disputa que se toma el tiempo de cruzar el océano para venir a predicar en el desierto, a provocar, a tensar. No busca diálogo, busca reafirmarse ante los suyos sin entenderlos siquiera, pues los suyos no ven a México como igual y no es mi complejo, es la manera en que las mayorías se expresan, aunque para eso México sea apenas un escenario, un espejo roto donde mirarse y decirse: “Sigo siendo la que cree en la conquista”. En su país hablan sobre ella también, la mayoría de reacciones en clave negativa. Se dice que publicidad, buena o mala, es publicidad al final de cuentas pero en su caso, ni siquiera ha logrado ser tomada como interlocutora válida. Es anecdótica, como Javier Milei es errático, como Donald Trump es popular pero no como si fuera una presidenta, solo como una protagonista viral que en dos semanas volverá a ser aquella persona que visita a la emblemática feminista Rojo de la Vega sin creer en el feminismo, que recibe las inversiones mexicanas sin desear mexicanos en su ciudad, que se pronuncia sobre la conquista aún sin haberla vivido pero que se abstiene de condenar el franquismo por no haber estado presente en la época. La contradictoria que gusta del reflector aunque no se traduzca en votos ni en preferencias. La extraviada.
Pero hay algo que Ayuso no ha calculado bien. Hernán Cortés no es querido ni siquiera por buena parte de la clase culta de España. Los españoles que leen, que investigan, que han desenterrado archivos, saben bien que entre la leyenda negra y la rosa hay un barro espeso de crímenes, de mujeres muertas en la noche, de pueblos arrasados y de emperadores torturados. Extraviada viene, y extraviada se irá, con su maleta llena de eslóganes vacíos, convencida de que la historia se puede doblegar a golpe de tuits. Pero la historia, amiga, no se rinde tan fácil.
X: @ifridaita