La tentación del orden

“El orden sin justicia es una forma de violencia; pero el desorden con impunidad también lo es”.

Judith Shklar

“Las sociedades no temen al poder absoluto cuando lo sienten eficaz; lo temen cuando deja de serlo”.

Albert O. Hirschman

Las imágenes son conocidas, pero el efecto no deja de ser perturbador: cárceles repletas, filas de hombres rapados, cifras de homicidios desplomándose y turistas regresando a El Salvador, una y otra vez, con sonrisa de oreja a oreja, como si nada estuviera pasado. En medio de todo, la figura de Nayib Bukele convertida en símbolo de algo que incomoda más de lo que muchos están dispuestos a admitir: un autoritarismo que, al menos en apariencia, funciona.

El asunto no es nuevo, pero sí el contexto. Durante décadas, América Latina se acostumbró a discutir la tensión entre orden y libertad como si se tratara de un dilema teórico, casi académico; indisoluble. Hoy ya no. Hoy la discusión es brutalmente concreta: ¿qué se está dispuesto a sacrificar para que deje de matarte la realidad? Es ese el punto que muchos prefieren esquivar.

El debate con Bukele no es —solo— que haya concentrado poder, debilitado contrapesos o estirado la legalidad hasta volverla irreconocible. El corto circuito viene cuando, frente a Estados incapaces, frente a sistemas judiciales lentos o comprados, frente a una impunidad que se volvió paisaje y la corrupción que lo permea todo y un gobierno ligado al narco, su modelo ofrece algo que las democracias dejaron de garantizar: resultados.

Y cuando un modelo entrega resultados —aunque sea a costa de derechos— cambia en automático la conversación. La desplaza. La contamina. Ya no se pregunta si es correcto. Se empieza a preguntar si funciona. Estamos ante ese punto de quiebre.

Durante años, el discurso democrático se sostuvo sobre una promesa: puede ser lento, puede ser imperfecto, pero es mejor porque respeta reglas y la voz de todos. Pero en demasiados países esa promesa se vació. La legalidad dejó de ser garantía y se convirtió en excusa. La justicia dejó de ser expectativa y se volvió excepción.

En ese vacío, Bukele ya no irrumpe como anomalía. Él ciertamente no inventó el autoritarismo. Simplemente lo está volviendo operativo.

Por eso es que la crítica fácil se queda corta. Denunciar a un “autócrata eficiente” sin explicar por qué resulta muy atractivo es, en el fondo, una forma de evasión. Se vuelve una manera elegante de no mirar el fracaso previo y el actual de la democracia levanta dedos y estira manos.

Lo que estamos viendo no es el triunfo de una ideología, sino una mutación más profunda: la legitimidad política ya no se construye en la ley, sino en la sensación de control. En la percepción de que alguien, por fin, está haciendo algo. Lo que sea. Como sea. Que la autoridad está solucionando.

En términos de teoría política, esto no es menor. Es el desplazamiento de un modelo de legitimidad electoral, normativa o moral hacia uno de legitimidad instrumental. El poder ya no se justifica porque es legal, sino porque es eficaz. Y cuando ese cambio ocurre, la democracia deja de competir en su terreno natural. Empieza a jugar en desventaja. Amplísima desventaja.

La pregunta incómoda, entonces, no es qué está haciendo Bukele, sino qué dejaron de hacer las democracias, tipo la nuestra, el obradorismo, para que su modelo resulte, para muchos, no solo aceptable, sino deseable.

México entra, inevitablemente, en esta conversación. Un país donde la violencia se ha normalizado hasta volverse rutina; donde la impunidad no es excepción sino sistema; donde el Estado llega tarde, mal o nunca, la tentación de soluciones expeditas no es una fantasía lejana. Es una posibilidad latente.

Y, ojo, no hace falta importar el modelo completo. Basta con empezar a justificar sus premisas.

La conversación ya cambió de tono. Se escucha en sobremesas, en redes, en el hartazgo cotidiano: “al menos allá sí hacen algo”. Y esa frase —aparentemente inocente— es más peligrosa que cualquier decreto autoritario. Porque prepara el terreno. Porque baja la resistencia. Porque convierte lo excepcional en plausible. El bukelismo no se exporta como ideología. Se filtra como tentación.

Y como toda tentación política, no necesita mayoría para volverse relevante. Necesita contexto. Necesita desgaste. Necesita que la alternativa —la democracia “funcional”— deje de existir en la práctica, aunque sobreviva en el discurso.

Por eso el riesgo no está en copiar a Bukele. Está en que, poco a poco, se vuelva innecesario copiarlo, porque las condiciones que lo hicieron posible empiezan a replicarse solas.

En ese escenario, la defensa abstracta y/o ideológica de la democracia suena cada vez más hueca. Claro, no porque esté equivocada, sino porque llega tarde. Porque intenta proteger un modelo que, para millones, dejó de protegerlos a ellos.

La historia es conocida: cuando las instituciones no resuelven, la gente deja de pedir mejores instituciones. Empieza a pedir otra cosa. Empieza a pedir —lógico— resultados.

Y una vez que esa idea se instala, no hay discurso democrático que la desactive fácilmente. Porque la democracia no está siendo derrotada por dictadores. Está siendo abandonada por ciudadanos que dejaron de encontrar en ella una solución.

Giros de la Perinola

(1) El éxito de Bukele obliga a las democracias a funcionar. Y eso, para muchos gobiernos, es mucho más difícil que concentrar poder…

(2) Registren esto, lectores: cada vez que un ciudadano dice “no me importa cómo, pero que resuelvan”, no está pidiendo autoritarismo… está dejando de exigir democracia.

(3) En México, el discurso de “mano dura” aún se disfraza de excepción. Falta ver cuánto tarda en convertirse en propuesta.

(4) El problema no es que el modelo de Bukele sea sostenible. Es que, mientras funcione, será políticamente imitable. Y en política, lo que se percibe como éxito rara vez se queda en un solo país.

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