El vacío que devora: el peligro de no decir nada

En la mesa de estrategia lo repetimos como un mantra: el vacío no existe en la comunicación. Si tú no llenas el espacio, alguien más lo hará por ti. En política, el silencio no es un refugio, es una renuncia. Quien decide callar bajo la falsa creencia de que está siendo prudente, en realidad está permitiendo que otros escriban su biografía, definan sus intenciones y, eventualmente, dicten su sentencia.

A diferencia de lo que algunas o algunos románticos del poder sugieren, el silencio no siempre proyecta misterio o control. En la era de la hiperconectividad, el silencio proyecta ausencia, desinterés o, peor aún, culpabilidad. Lo que no se comunica, simplemente no existe en el mapa mental de la y del ciudadano. Puedes estar trabajando dieciocho horas al día, gestionando crisis o diseñando el futuro de una nación, pero si no lo traduces en narrativa, para el ojo público eres una silla vacía.

Este impacto es igual de decisivo en lo personal que en lo político. En lo privado, lo que no se dice genera grietas de duda que terminan por derribar la confianza. En lo público, el silencio es el caldo de cultivo ideal para la especulación y la posverdad. Una o un líder que no comunica sus victorias le regala el triunfo a la narrativa de la oposición, una política o un político que no explica sus razones le entrega el micrófono a sus detractores.

La comunicación no es un accesorio de la gestión, es la gestión misma. No basta con ser, hay que parecer y, sobre todo, hay que decir. El “perfil bajo” es a menudo la excusa de quienes no han entendido que el poder es, fundamentalmente, una conversación constante. Si te retiras de la conversación, dejas de ser un actor para convertirte en un espectador de tu propio declive.

El silencio es un vacío que devora la relevancia. En este juego, la omisión es una derrota silenciosa. Si no estás contando tu historia, no esperes que el mundo te imagine como el héroe o la heroína, lo más probable es que, ante tu ausencia, te conviertan en el villano, en la villana o, lo que es más cruel, en un fantasma.

La comunicación no es un ejercicio individual, sino un contrato social que requiere presencia y voluntad. En un entorno que castiga la invisibilidad, no podemos permitirnos el lujo de desaparecer.

Debemos entender que nuestra voz es el único puente real hacia el entendimiento y la construcción de lo público. Por eso, es momento de abandonar la periferia del mutismo: juntas y juntos impulsemos una cultura de la palabra activa, donde el compromiso se traduzca en mensaje y la acción en una realidad compartida que nadie pueda ignorar.

Jennifer Islas. Política y conferencista.

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