El mundo decidió no resolver Venezuela; no es olvido, es decisión
Venezuela no es una tragedia ignorada. Es una tragedia tolerada. Y lo que se tolera… se perpetúa. Durante años se habló de abandono, de indiferencia, de olvido. Pero ese diagnóstico ya no alcanza. Hoy el problema es otro: el mundo no es espectador de lo que ocurre en Venezuela. Es administrador. No hay vacío internacional: hay cálculo.
Estados Unidos no está ausente: decide administrar, no resolver. Y en ese diseño, Donald Trump jugó su propia partida. No intervino para liberar a un pueblo oprimido; intervino para reposicionarse. Ajustó sanciones, abrió válvulas, negoció energía, midió el tablero frente al otro bloque. Hizo como que hacía, simuló presión y capitalizó políticamente el momento. El resultado es marginal para la gente y funcional para los intereses: el sistema quedó intacto y el ciudadano sigue atrapado.
Los costos son claros y están distribuidos de forma desigual. Ganan quienes acceden a energía barata, contratos y rutas financieras; ganan quienes aseguran influencia geopolítica sin asumir el costo de una transición; ganan quienes convierten la crisis en variable de negociación. Pierde el ciudadano venezolano: pierde ingresos, pierde libertades, pierde futuro. Pierde la democracia, subordinada al cálculo estratégico. Pierde la credibilidad del orden internacional, que confirma que los principios se negocian cuando estorban.
Europa no ignora: decide no confrontar; mide riesgos, evita tensiones, protege estabilidad, prefiere la incomodidad controlada antes que la incertidumbre abierta. Rusia y China no intervienen para cambiar nada: aprovechan, consolidan presencia, expanden influencia, operan en silencio; para ellos, Venezuela no es un problema, es una oportunidad. América Latina no lidera: decide no incomodarse; se fragmenta, se repliega, calcula costos internos. Nadie quiere cargar con una crisis que no puede controlar. La Organización de los Estados Americanos y la Organización de las Naciones Unidas no son ciegas: documentan, denuncian, pronuncian, pero no trascienden, no inciden, no transforman. Su límite no es técnico: es político.
No es que nadie haga nada. Es que todos decidieron no hacer lo suficiente. Porque resolver Venezuela implica costo —económico, político, estratégico— y el costo pesa más que el deber. Por eso el acuerdo es tácito: no está escrito, pero se ejecuta. Dejar que Venezuela siga funcionando… mientras no desestabilice demasiado. No se trata de cambiar el sistema; se trata de contenerlo, administrarlo, dosificarlo. Y en ese esquema, el ciudadano no es prioridad: es variable.
Por eso nada cambia en lo esencial. La opresión sigue. La precariedad sigue. La incertidumbre sigue. El poder se reacomoda, el sistema se ajusta, los actores se mueven, pero la realidad permanece. Y eso no es casualidad: es diseño. Cuando los actores relevantes coinciden —aunque sea de manera implícita— en que alterar el fondo es más costoso que tolerarlo, el problema deja de ser crisis y se vuelve estructura.
Venezuela ya no es una urgencia internacional. Es un caso administrado. Un equilibrio incómodo, pero funcional. Funcional para los intereses, no para la gente. Por eso el error es seguir preguntando quién va a rescatar a Venezuela. Nadie. Porque nadie está intentando rescatarla. La pregunta correcta es otra: ¿quién decidió que no valía la pena hacerlo? Y la respuesta es incómoda: todos.
Estados Unidos —con Donald Trump a la cabeza en ese momento—, Europa, Rusia, China, América Latina, los organismos multilaterales. Cada uno por razones distintas, pero todos con el mismo resultado. Venezuela sigue en el mismo lugar. No por falta de capacidad global, sino por falta de decisión. Y cuando la falta de decisión es compartida, la responsabilidad también lo es.
Venezuela no cayó en el abandono. Fue colocada ahí. Y mientras siga siendo útil en ese lugar, nadie la va a mover. Porque lo verdaderamente grave no es que el mundo no pueda resolver Venezuela. Es que ya decidió no hacerlo. Y cuando eso ocurre, la opresión deja de ser accidente: se convierte en sistema.
Y es aquí donde la advertencia deja de ser retórica. Porque ningún sistema de opresión es infinito. Puede administrarse, contenerse, dosificarse… pero no eliminar la presión social acumulada. La historia muestra que, cuando la asfixia se vuelve insostenible, el pueblo vuelve a moverse. No necesariamente de forma ordenada, no necesariamente con liderazgo claro, pero sí con fuerza suficiente para alterar el equilibrio que hoy se pretende congelar. Y ese es el riesgo que el mundo está decidiendo ignorar.
Porque si ese punto llega —y suele llegar—, ya no habrá administración posible. No habrá cálculo que contenga el desborde. No habrá equilibrio que resista. Y entonces, los mismos actores que hoy prefieren la prudencia enfrentarán el costo que hoy evitan.
Lo que sigue para el pueblo venezolano no es una solución inmediata. Es resistencia. Es adaptación. Es presión contenida que, tarde o temprano, buscará salida. Y cuando esa salida se abra, no vendrá de fuera.
Vendrá de dentro.
Y entonces la pregunta ya no será quién quiso rescatar a Venezuela.
Será quién decidió no hacerlo… cuando todavía era posible.
Y cuando llegue ese momento, ya no será gestión: será estallido.
Opinion.salcosga23@gmail.com
@salvadorcosio1 @chavacosio