El manifiesto que propone militarizar la IA rechazando la democracia y por el tecno feudalismo
No sería tan relevante el manifiesto del que hoy hablamos si no fuera porque emana desde una de las potencias con mayores desarrollos sobre Inteligencia Artificial, utilizada ya en operaciones militares como en el caso de Venezuela y en el desarrollo de armas para Israel. Por momentos, el siglo XXI parece haber perdido el pudor. Lo que antes se insinuaba en documentos técnicos o en contratos opacos entre gobiernos y empresas, hoy se declara sin rodeos: Palantir, la megaempresa de tecnología que desarrolla software para la vigilancia en Estados Unidos, sostiene que la tecnología ya no es un instrumento civil, sino un arma militar y que es un deber que la IA y cualquier avance tecnológico esté al servicio de su gobierno y su país, rechazando cualquier valor del pluralismo democrático o la paz. Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos son el cliente principal de Palantir. Para elegir objetivos humanos y materiales en bombardeos en Gaza, Yemen e Irán, el Ejército emplea el programa Maven. Además, Palantir opera para entidades como el FBI, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), la OTAN, agencias gubernamentales en Israel, el Reino Unido y los Países Bajos, así como para departamentos policiales en metrópolis tales como Nueva York y Los Ángeles.
Quienes la diseñan, sus nuevos estrategas, comparten esta filosofía oscura. El llamado “manifiesto de Palantir” se trata de una serie de 22 tesis que condensan la visión política de una de las empresas más influyentes en el ámbito de la inteligencia artificial aplicada a la seguridad en el libro The Technological Republic, escrito por el director ejecutivo de la compañía, Alex Karp, y su jefe de asuntos corporativos, Nicholas Zamiska. No es únicamente un documento provocador, realmente condensa las ideas que se extraen de las primeras aplicaciones tecnológicas autogenerativas para la guerra. Es también un programa y una visión recetada para el mundo.
El primer punto afirma que Silicon Valley tiene “una obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación”, siendo la nación, sin ambigüedad alguna, Estados Unidos. La unión entre el poder económico-tecnológico que ya es superior con el poder político plasmado en un esquema que va más allá de contratos específicos. Una fusión tecno-poderosa. El quinto declara que “la cuestión no es si se construirán armas de IA; es quién las construirá y con qué propósito”, desestimando los debates éticos como “teatrales”. Mal momento para los que estudiamos filosofía de la tecnología. El duodécimo anuncia que “la era atómica está llegando a su fin” y que una nueva etapa de disuasión basada en la inteligencia artificial está a punto de comenzar. Los puntos finales condenan el pluralismo como “vacío y hueco” y sostienen que “algunas culturas han producido avances vitales”, mientras que “otras permanecen disfuncionales y regresivas”. Esas culturas, las disfuncionales, merecerían desaparecer.
Su premisa central es tan simple como inquietante: las compañías tecnológicas no solo deben colaborar con el Estado, sino integrarse plenamente en su aparato de defensa. La Inteligencia Artificial deja de ser promesa de eficiencia civil o personal o corporativo o de progreso para convertirse en infraestructura de guerra. En esta lógica, la pregunta ya no es si debemos militarizar la tecnología, sino quién lo hará primero y con qué valores. Como una certeza de que pasará, como la declaración de que está sucediendo sin la formalidad plena o con restricciones.
El giro es profundo. Durante décadas, Silicon Valley cultivó la narrativa de la innovación civil, del emprendedor que mejora la vida cotidiana. Ese relato se desmorona en estas tesis, donde la superioridad tecnológica se equipara con la supervivencia geopolítica y donde la neutralidad ética es descartada como ingenuidad. La consecuencia es una normalización de la carrera armamentista digital con sistemas autónomos, vigilancia masiva, análisis predictivo aplicado a poblaciones enteras. Palantir, por cierto, ya cuenta con una cantidad masiva de datos tanto de ciudadanos norteamericanos como de migrantes y de poblaciones cuyos gobiernos tienen contratos con esta empresa. La guerra, en este horizonte, deja de ser un evento excepcional para convertirse en un estado permanente, difuso y algorítmico. Además de la crítica a la fusión entre el poder estatal y el poder de la tecnología de Silicon Valley que elimina mecanismos de rendición de cuentas, esta fusión eliminaría paulatinamente la democracia pues la empresa puede influir en decisiones gubernamentales mediante contratos opacos mientras elude el escrutinio público o parlamentario. Esto crea actores ideológicos dominantes, en los que proveedores de servicios estatales como Palantir moldean las políticas de defensa y soberanía digital de los países sin responsabilidad democrática, en contraste con la necesidad de fortalecer capacidades internas del gobierno para evitar dependencias riesgosas y politizadas.
Pero el manifiesto no se limita al terreno militar. Su dimensión más controvertida es su rechazo explícito a los pilares de la democracia liberal. No es que la democracia liberal sea perfecta o haya resuelto la vida de los países que la adoptan, pero esto profundiza la crisis que ya de por sí aquel sistema atraviesa. El pluralismo democrático es descrito como vacío, el multiculturalismo como un obstáculo y la igualdad de culturas como una ficción peligrosa. O sea, estamos ante una filosofía que destruye la idea de la igualdad universal de seres humanos, que observa a la dignidad humana como un mito. En su lugar, se propone una jerarquía civilizatoria donde algunas sociedades estarían mejor equipadas tecnológica y “moralmente” para liderar el orden global.
Esta lógica no solo reconfigura la política internacional; también redefine el contrato social. El ciudadano deja de ser sujeto de derechos para convertirse en pieza de un engranaje de seguridad. Se sugiere la legitimidad del servicio obligatorio, la subordinación de libertades individuales a imperativos estratégicos y la tolerancia hacia liderazgos fuertes siempre que garanticen eficacia. La deliberación democrática, con sus tiempos y contradicciones, aparece como un lujo incompatible con la urgencia tecnológica.
Es en este punto donde la crítica del tecnofeudalismo adquiere sentido. Yanis Varoufakis ha criticado el modelo económico que transitó del capitalismo a un esquema en que plataformas digitales son auténticos feudos de las big tech por la pura extracción de rentas. El modelo que se dibuja implica una concentración extrema de poder en un puñado de empresas que controlan los datos, los algoritmos y la infraestructura crítica. Estas entidades no sustituyen al Estado, pero lo atraviesan y lo condicionan. La relación que propone Palantir deja de ser contractual para volverse simbiótica: el Estado necesita a la empresa para ejercer control, y la empresa necesita al Estado para legitimar su dominio. Ahí no cabemos nadie, ningún ciudadano ordinario.
En este nuevo orden, los ciudadanos ya no son exactamente ciudadanos. Son usuarios, perfiles, conjuntos de datos. Su comportamiento puede ser anticipado, modulado, corregido. La vigilancia deja de ser una excepción para convertirse en la condición de posibilidad de la seguridad en tanto que la seguridad, a su vez, se erige como argumento supremo para limitar derechos.
Lo más inquietante del manifiesto no es su radicalidad, sino su coherencia… Es una descripción. No estamos ante una distopía improvisada, parece la arquitectura de poder cuidadosamente articulada. En ella convergen la nostalgia por un orden jerárquico, la fascinación por la tecnología y una profunda desconfianza hacia la democracia como mecanismo de gobierno.
La historia ha demostrado que los grandes desplazamientos políticos rara vez se anuncian con estridencia, a diferencia de la era de las declaraciones de guerra y los golpes de Estado que tomaron años para consolidarse, el manifiesto de Palantir dice en voz alta lo que muchos preferirían mantener implícito, enuncian la transición en la que estamos inmersos.