Terror y muerte en la Pirámide de la Luna

LA POLÍTICA ES DE BRONCE

En un país tristemente acostumbrado a la violencia del crimen organizado, a los ajustes de cuentas, a los asaltos y a la brutalidad cotidiana, todavía existen hechos capaces de estremecer a la sociedad entera. Lo ocurrido en la Pirámide de la Luna, en la Zona Arqueológica de Teotihuacán, pertenece a esa categoría. Un episodio que mezcla horror, desconcierto y preguntas incómodas sobre la salud mental, la seguridad pública y el deterioro social de nuestro tiempo.

De acuerdo con los reportes difundidos, Julio César Jasso Ramírez asesinó a una turista canadiense e hirió a varias personas más antes de morir. El saldo humano ya es devastador, pero lo que hiela la sangre son las palabras del agresor captadas por un teléfono celular: “Vosotros que habéis venido de la puta Europa no vais a regresar, si os movéis os sacrifico”. No se trata únicamente de una amenaza criminal. Es un discurso de odio, cargado de xenofobia, resentimiento y una violencia ritualizada que no puede minimizarse.

México conoce bien la violencia vinculada al narcotráfico, pero estos hechos escapan a esa lógica. Aquí no hablamos de disputa territorial, cobro de piso o secuestro. Estamos frente a una agresión dirigida contra civiles en un espacio simbólico, patrimonial y turístico. Por ello surge una pregunta inevitable: ¿fue obra de una mente desquiciada o estamos ante una forma de terrorismo doméstico? La respuesta exige prudencia, pero también seriedad institucional.

El agresor está muerto. Sin embargo, su muerte no clausura el caso. Apenas lo abre. Deben investigarse sus antecedentes médicos, psicológicos, sociales y digitales. ¿Qué consumía? ¿Qué leía? ¿Qué ideologías abrazaba? ¿Qué señales ignoraron las autoridades o su entorno? Porque estos episodios rara vez nacen de la nada. Son el resultado de fracturas previas.

No es un fenómeno aislado. Vienen a la memoria otros hechos recientes que también se salen del molde tradicional de la delincuencia mexicana: el ataque con cuchillo en CCH Sur o el caso del adolescente que asesinó a profesoras en Lázaro Cárdenas. Distintos contextos, una misma señal de alarma: la incubación de violencias individuales, súbitas, alimentadas por odio, frustración o desequilibrio emocional.

Además del dolor humano, el daño internacional es evidente. México se prepara para recibir visitantes del mundo entero con motivo de la Copa Mundial de la FIFA 2026. Un ataque en uno de los sitios arqueológicos más emblemáticos golpea la percepción de seguridad justo cuando el país necesita confianza turística.

Pero sería un error responder con autoritarismo. No se trata de convertir zonas arqueológicas en cuarteles ni de humillar visitantes con revisiones excesivas. La tragedia comenzó cuando un hombre ingresó con arma de fuego, municiones y cuchillo. El problema no fue falta de leyes, sino falla de protocolos y negligencia en filtros básicos.

La imagen de México ha sido lastimada, sí. Pero más grave aún sería no entender el fondo del asunto. Lo ocurrido en Teotihuacán no sólo exhibe debilidad operativa; revela tensiones psicológicas y sociales que crecen silenciosamente. Cuando una sociedad normaliza el odio, la exclusión y la indiferencia, cualquier espacio —incluso una pirámide milenaria— puede convertirse en escenario de barbarie.

Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.

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