Teotihuacán, primer tiroteo politizado —de tres— de ‘monstruos sin causa’

Mucha gente ha dicho que el tiroteo sin sentido de Teotihuacán fue el primero de su tipo en México. Es falso. En el pasado hubo en nuestro país dos acciones similares, realizadas por personas jóvenes —incluso menores de edad— a quienes trastornos psicológicos profundos convirtieron en monstruos sin causa, o cuya única causa fue matar por matar, sin objetivos políticos, económicos o religiosos.

En años recientes —2017 en Monterrey y 2020 en Torreón— la sociedad mexicana conoció dos hechos comparables al de Teotihuacán. En los tres casos, los atacantes mataron a una mujer (turista en las pirámides del Estado de México, y maestras en dos instituciones escolares: el Colegio Americano del Noreste, en la capital de Nuevo León, y el Colegio Cervantes, en La Laguna).

Tiroteo en el Colegio Americano del Noreste (Monterrey). Ocurrió el 18 de enero de 2017. Un estudiante de 16 años ingresó a su salón de clases con una pistola calibre 22. Disparó directamente contra su profesora y tres compañeros antes de quitarse la vida. Fue un evento de gran impacto emocional, pero —a diferencia de lo ocurrido en Teotihuacán— con una politización limitada o nula. La discusión nacional, no demasiado intensa, se centró en la salud mental del adolescente y en la necesidad de reforzar operativos de seguridad en las escuelas, como el llamado Mochila Segura. La filtración de algunos videos fue el punto más polémico, lo que llevó a las autoridades a pedir que no se difundieran para no lastimar a las personas involucradas. Un día después del hecho, The New York Times publicó el artículo La ética de los medios y el tiroteo en Monterrey. El debate no pasó de ahí. El saldo fue una maestra asesinada, el suicidio del atacante y varios heridos: dos niños, una niña y un adulto.

Tiroteo en el Colegio Cervantes (Torreón). Ocurrió el 10 de enero de 2020. Un niño de 11 años, alumno de sexto de primaria, pidió permiso para ir al baño, donde se cambió de ropa y sacó dos armas. Al salir, disparó contra su maestra —quien falleció— y contra otros compañeros, para finalmente suicidarse. El debate mediático se centró en la desintegración del tejido familiar (el menor vivía con sus abuelos). La prensa nacional no politizó la tragedia. Resultaron heridos cinco alumnos de primaria y un profesor de educación física.

Hace unos días en Teotihuacán, como en los dos casos anteriores, hubo una mujer fallecida (turista canadiense), el atacante se suicidó y hubo heridos: siete por impacto de bala y seis más durante la estampida generada tras el tiroteo. La cobertura mediática ha sido mucho más intensa que en los eventos de 2017 y 2020; más intensa y, también, más politizada.

¿Por qué los medios y las redes sociales han politizado tanto el caso de Teotihuacán, sin que haya habido todavía análisis serios —como el de The New York Times tras el tiroteo en Monterrey— acerca de la ética de difundir videos tan crudos?

¿Hay diferencias en la relación prensa-gobierno entre los hechos de Monterrey en 2017, Torreón en 2020 y Teotihuacán en 2026? Veo algunas. En 2017 gobernaba el PRI. En enero de 2020, la comentocracia aún tenía la esperanza de que el gobierno de AMLO —que apenas rebasaba su primer año— recapacitara y volviera a los privilegios que medios y periodistas disfrutaron durante las presidencias priistas y panistas. En abril de 2026, esa esperanza ya desapareció.

Lo cierto es que las razones que llevan a algunas personas a transformarse en individuos que matan por matar deben buscarse no en la política, sino en la psicología y la sociología. Se trata de una de las peores enfermedades de las sociedades actuales en todo el mundo: los tiroteos sin sentido —sin causa, sin fines económicos, políticos o religiosos— se han repetido en numerosos países.

La salida a un problema tan grave pasa por la educación: modificar conductas como el consumismo excesivo que deshumaniza, replantear la ética e insistir en el civismo.

Desde luego, a las autoridades les corresponde hacer lo que ya hacen: reforzar medidas de seguridad en espacios públicos. Los estrictos controles de los aeropuertos —que no permiten pasar ningún objeto potencialmente peligroso— tendrían que replicarse, en la medida de lo posible, en estadios, sitios turísticos, auditorios, parques infantiles y escuelas. Será costoso e implicará mucho trabajo, pero no parece haber alternativa.

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