La inconsciencia estratégica de México: provocar afuera mientras se descompone por dentro

México atraviesa un momento delicado en el que las señales que emite hacia el exterior no solo son contradictorias, sino potencialmente provocadoras frente a su principal socio comercial. Las críticas al T-MEC, la crisis de seguridad, la presión sobre PEMEX y la creciente percepción de ingobernabilidad se combinan con decisiones de política exterior que, lejos de desescalar tensiones, las agravan. El viaje de Claudia Sheinbaum a Barcelona, en este contexto, no es neutral: es una señal política que puede leerse como alineamiento ideológico en un momento de alta sensibilidad con Estados Unidos.

Los datos duros revelan una contradicción estructural difícil de sostener en el tiempo. México obtiene, vía el T-MEC, un superávit cercano a 200 mil millones de dólares anuales frente a Estados Unidos. A ello se suman aproximadamente 70 mil millones de dólares en remesas, que constituyen una de las principales fuentes de divisas del país.

Estos es, la economía mexicana está profundamente anclada al ciclo económico estadounidense. Sin embargo, en paralelo, México mantiene dinámicas que erosionan esa relación: por ejemplo, un déficit comercial significativo con China de alrededor de 100 mil millones de dólares en importaciones frente a apenas 10 mil millones en exportaciones, lo que implica que una parte relevante de los recursos generados por el acceso preferencial al mercado estadounidense termina financiando indirectamente a su principal competidor estratégico.

Desde la óptica de Washington, esta ecuación no es sostenible: acceso privilegiado, pero alineamientos ambiguos.

Las críticas al T-MEC no surgen en el vacío. Empresas y actores políticos estadounidenses han expresado preocupación por decisiones internas en México: reformas judiciales percibidas como debilitamiento institucional, cambios en organismos como la UIF, y políticas energéticas que contravienen compromisos adquiridos.

El problema de fondo no es una medida aislada, sino la acumulación de señales que apuntan a un deterioro del Estado de derecho. En un tratado comercial moderno, la certidumbre jurídica es tan importante como los aranceles. Y hoy, esa certidumbre está en duda.

A este entorno se suma una crisis de seguridad que ya no puede ser contenida en términos narrativos. La expansión territorial del crimen organizado, su influencia en economías locales y su impacto en cadenas logísticas generan una percepción creciente de ingobernabilidad.

Para Estados Unidos, este no es solo un problema interno mexicano. Para ellos es un asunto de seguridad nacional, especialmente tras la designación de cárteles como organizaciones terroristas. Esto eleva el nivel de presión y reduce el margen de tolerancia.

La situación de PEMEX agrava el cuadro. Su elevado nivel de endeudamiento y dependencia del respaldo estatal generan inquietud en los mercados y en socios internacionales. A ello se suman incidentes operativos y cuestionamientos sobre su gestión.

Desde la perspectiva estadounidense, esto no es un tema aislado: es un riesgo sistémico en un socio estratégico clave.

Barcelona: el símbolo equivocado

En este contexto, el viaje de la presidenta a Barcelona para reunirse con gobiernos progresistas europeos adquiere una dimensión distinta. No se trata de diplomacia ordinaria, sino de una señal política en un momento de fricción con Estados Unidos.

Mientras se depende económicamente de Washington, se envían señales de cercanía con bloques ideológicos que, en muchos casos, mantienen posturas críticas hacia ese mismo país. Lo anterior, sumado a posiciones percibidas como cercanas a regímenes como el de Miguel Díaz-Canel, el mensaje que se proyecta es de desalineación estratégica.

En diplomacia, la forma importa tanto como el fondo. Y hoy, la forma proyecta confrontación.

México enfrenta una contradicción central: depende profundamente de Estados Unidos para su estabilidad económica, pero adopta posturas y decisiones que erosionan esa relación. Los datos lo muestran con claridad: superávit comercial, remesas masivas y, al mismo tiempo, flujos económicos que fortalecen a competidores estratégicos y señales políticas que generan desconfianza. Esto va conformando, factor a factor, una ecuación imposible.

La inconsciencia no está en tener una política exterior propia, sino en no calibrar sus efectos en un entorno adverso. En un momento donde la seguridad, la deuda energética y la gobernabilidad interna están en entredicho, provocar innecesariamente a quien sostiene gran parte del equilibrio económico del país no es estrategia: es riesgo acumulado.

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