Nuevo progresismo vs. ultraconservadurismo

Ante el recambio y desorden global prevalecientes y los actores de su trama a todos los niveles cobran relevancia las ideologías y movimientos políticos internacionales.

De un lado, aparece el ultraconservadurismo, heredero del neoconservadurismo.

Este último fue aquel que en los ochenta y noventa del siglo XX se opuso a la nueva izquierda que pretendía limitar a las grandes corporaciones empresariales y renovar el estado de bienestar fundado en valores sociales y comunitarios sin desprecio a la libertad.

En su lugar, el neoconservadurismo se erigió como promotor del individualismo y valores esenciales, de la vida a la familia o la religión, el sector privado y libre comercio, el estado mínimo y la democracia electoral, sin desmedro del androcentrismo.

Así acompañó al proyecto neoliberal aireado cada año en el Foro de Davos, interesado promotor del globalismo y el multiculturalismo, hasta que generó profundas contradicciones y polarización entre la gente del Sur y del Norte, incluso en los patios interiores de los países más industrializados y tecnológicos propiciando más concentración de la desigualdad, daño a los bienes comunes y exclusión de los diferentes.

Para balancearlo, en su momento se alzó el progresismo y su versión sureña más radical desde el Foro de Porto Alegre, desde donde se propuso una reconversión de la política neoliberal y la reconstrucción de un estado desde abajo, liberador, emancipador, descolonizante y transcultural.

Frente a los avances políticos del progresismo y en el inicio de la revolución digital y de la inteligencia artificial hace ya casi dos décadas, en años recientes se ha reforzado el ultraconservadurismo.

Este suma al neoconservadurismo su apelación a valores esenciales, la negación de los diferentes, no a la migración y el libre comercio irrestricto, instrumentalizar al estado y las instituciones internacionales y combinar guerra entre civilizaciones e intervenciones exteriores y protección interior pragmáticas y neoimperialmente realistas.

Del otro lado, en la acera opuesta también se han alzado movimientos populistas radicales de izquierda que han pretendido liderar a las mayorías lastimadas por el agresivo e inhumano ciclo neoliberal, neo y ahora táctico ultraconservador que ha ganado terreno, por ejemplo en América Latina.

En ese complejo escenario se mueve e intenta posicionarse el nuevo progresismo.

Reunido en estos días en Barcelona, animado por la presencia de liderazgos respetables del mundo del Sur y con algunos enclaves en el Norte, ya en Nueva York o Londres, respaldado por una miríada de organizaciones civiles va a la búsqueda de un ideario renovado de izquierdas.

Este nuevo progresismo mantiene la defensa de los valores sociales y las culturas populares e identitarias; apuesta por derechos integrales, la diversidad, su interculturalidad, diálogo entre saberes, democracia cotidiana y multidimensional, así como la integridad de los bienes comunes globales mediante el activismo multilateral de todos los actores corresponsables de su sostenibilidad, incluidos estados nacionales rígidos en principios y fines, a la vez que flexibles y eficaces en metodologías y operaciones.

El nuevo progresismo deberá conjugar su inclinación histórica a la racionalidad de la igualdad sustancial con un manejo más inteligente de la emocionalidad de las imágenes, mensajes y comunicación instantánea, a la vez que no dejar de tocar las puertas y el corazón de la vecindad, el barrio, la colonia y la comunidad, siempre de buena fe y con honestidad.

La presencia de nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum en Barcelona alimenta la esperanza en que la sensibilidad, el carácter y la inteligencia femenina progresista sabrá enriquecer esta nueva iniciativa para bien de la humanidad.

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