Los ‘necesariatos’ en México

Varios casos de “necesariato” se miran en la Historia de México. Quizás, el primero fue la estructura jurídica/política del Virreynato, que es una verdad incuestionable que las primeras décadas de independencia el nuevo país fue un completo y total desastre: Guerras e inestabilidad por visiones dicotómicas, como centralismo vs. federalismo, liberales vs. conservadores y la lucha por el poder mismo, no solo careciendo el país de un Estado lo mínimamente viable y estable, con figuras como la del vicepresidente, que al ser el segundo lugar en las elecciones y también por ley el que sustituiría al presidente en funciones, siendo un incentivo perverso para cualquier cantidad de asonadas, pronunciamientos, “planes” y traiciones contra el titular del poder ejecutivo federal.

El Estado mexicano no tomó forma hasta la promulgación de la constitución de 1857 (renovada en 1917), gracias a la generación de oro, la que tuvo a todos en su gabinete el presidente, creador y primer gobernador del estado de Guerrero, don Juan N. Alvarez, veterano de las primeras luchas insurgentes. Los “hombres que parecían gigantes” culminaron su labor en 1867, con la expulsión de los invasores, y el fusilamiento del emperador austriaco espurio.

Otro de los ‘necesariatos’ históricos fue, sin duda, el del general Antonio López de Santa Anna que, antes que todo, presidió siempre a un país empobrecido, tan es así, que en esas décadas solo un presidente constitucional terminó su periodo: Guadalupe Victoria, y coincidentemente con un sustancioso crédito otorgado por bancos extranjeros.

Santa Anna era veleidoso, centralista, federalista, liberal, conservador, nacionalista o entreguista, según conviniera a sus intereses; lo moderaba el viejo político y sabio conservador Lucas Alamán, tanto, que al fallecer este, Santa Anna ya sin freno alguno se autonombró “alteza serenísima”, siendo su gobierno último una pretendida dictadura sin matices ni contrapesos.

Su derrocamiento se fragua (fundamentalmente) en Acapulco, con el Plan de Ayutla reformado en el puerto, que es su nombre completo y correcto, todo bajo la autoría intelectual de los mismos personajes, padres de la constitución del 57, y encabezados por el mismo general Álvarez, primer presidente después de esas turbulentas décadas, estuvo poco tiempo en la presidencia porque le molestaba el clima de la capital del país, renunciando una vez promulgada la carta manga que dio forma al Estado mexicano, vigente hasta el dia de hoy.

Otro “necesariato” supuso el porfiriato, que el general Díaz sabía el caos que podría suceder con un levantamiento, lo mismo ante su eventual ausencia, que el trató de evitar, dejando la presidencia y marchando al exilio para nunca más volver a México (ni en carácter de huesos); ni eso sirvió, los demonios se soltaron durante dolorosos años. Y no fue sino hasta el diseño de un partido de Estado, comenzado por Calles, perfeccionado por Cárdenas y consolidado por Alemán, el PRI. Si se preguntan cuál es el necesariato del México actuàl y de las últimas nueve décadas, no es sino un sistema de partido hegemónico, con un presidencialismo acendrado, un federalismo centralista, obvio con mayoría afín en el congreso, poder judicial, buena parte de organismos autónomos y gobiernos locales.

A los de las marchas rosas, les diría (si su limitado entendimiento y su ilimitado clásismo e ignorancia política les diera) que el experimento de la “democracia sin adjetivos” fue un fracaso difícil de imaginarlo peor, fue más que rotundo, a grado tal que incluso la paz social, relativa pero innegable durante más de 70 años, se fue al caño, lo mismo nuestra mayor bonanza petrolera de la historia, que acabó en manos de los gobernadores y sus secuaces. Asi pues, el votante mexicano ya lo adivinaba desde 2012, por eso en parte pudo ganar el PRI, pero ese bodrio ya no era el PRI, sino un PAN con el fondo de su logo en tricolor.

Ahora y desde 2018 se vuelve a la única estructura política que ha demostrado, históricamente y más para bien que para mal, funcionar en México, y que no es más que la de un partido de Estado, con una oposición tanto testimonial como legitimadora del régimen.

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