La rabia que nos une para pedir justicia por el feminicidio de Ana Febe

A Isabel Vega, madre de Ana Febe, se le mira temblando, desencajada pero fiera al mismo tiempo. Su mandíbula tiembla, sus párpados también, sus manos se mueven a un ritmo errático pero sus palabras son impecables, tienen el sentido más hondo, son precisas y pienso en que ninguna madre tendría que atravesar el tormento de un feminicidio contra su propia hija, menos la sensación de todo confabulando en contra: una congregación cristiana que alteró la escena del crimen para encubrir al agresor, quien integra aquella iglesia; una Fiscalía indolente, cínica y perezosa que con todo y su documental en Netflix sobre la primera fiscal especializada en feminicidios, decidió clasificar lo sucedido a Febe como un “Homicidio culposo por otras causas” sin detenido; opiniones en redes que sugieren responsabilidad (culpa) por casarse en menos de un año, por elegir al feminicida, por permanecer en el entorno violento, por cualquier cosa que es simple y llana misoginia pura.

En una entrevista con N-más Foro realizada cuidadosamente por Itzel Cruz Alanís, dice Isabel Vega que siente que se está muriendo en vida. La consume su propio sistema nervioso por el que fluye rabia, dolor y una fuerza indescriptible con la que se mantiene firme pidiendo justicia por el feminicidio de su hija. La iglesia cristiana Al Remanente fue la que llegó primero al departamento donde Christian “N”, el marido de Ana Febe Rojas, había cometido feminicidio en la alcaldía Cuajimalpa.

Dice la hermana de Febe que ella pertenecía a otra congregación cristiana, pero dice también que esa iglesia ultra conservadora a menudo la convenció de no abandonar su tormentoso matrimonio aun cuando poco después de la boda, el mismo día de la firma de documentos en el Registro Civil, Christian Felipe “N” le había dado una golpiza. El contexto de violencia fue totalmente ignorado por la Fiscalía.

La unión que comenzó por consentimiento pronto se convirtió en un secuestro moderno y religioso en el que el presunto feminicida controlaba cada salida e interacción de Ana Febe al punto de aislarla y enclaustrarla. Le quitó el celular, incluso después del feminicidio, sus cuentas tuvieron actividad en la que se eliminaron fotografías y se cerraron sesiones. Sus papás buscan justicia, su hermana difunde lo que la Fiscalía intenta callar. No bastan los documentales. Hoy que Sayuri Herrera no está en la Fiscalía, parece que aquella institución ha retrocedido. Las víctimas no interesan, la unidad de análisis de contexto tiene escaso personal y no se dan abasto.

Ana Febe, pedagoga formada en la UNAM y egresada de la FES Acatlán, fue hallada sin vida en el baño de su casa en la Cerrada de Loma Bonita, con diagnósticos contradictorios y tardíos, escena alterada y una supuesta intoxicación por monóxido que tan sólo mató a ella y no a su marido a pesar de que el sujeto rara vez se le despegaba. Tenía 28 años, una edad en la que todavía se escribe el porvenir con tinta fresca, como si el tiempo fuera un cuaderno dócil y no, como a veces ocurre, un territorio de sombras.

Días antes había regresado al refugio primero, a la casa de sus padres pero la congregación cristiana fue la gota que derramó el vaso, envolviendo en los mitos de la religión, la culpa y el deber las instrucciones de perdonar al marido y volver. Volvía herida, no de un solo golpe, sino de esa violencia que se instala en lo cotidiano y erosiona el ánimo como el agua que, gota a gota, perfora la piedra. Había huido de un matrimonio donde el afecto había sido desplazado por el miedo. Pero no todas las salidas conducen a la libertad. A veces, las voces que deberían proteger se convierten en laberintos. La iglesia cristiana a la que pertenecía su entonces esposo fue la que la persuadió de regresar y la misma que limpió la escena, es decir, algún grado de responsabilidad tendrán y, como si la fe pudiera confundirse con la obediencia, como si el sacrificio fuera una virtud cuando se exige solo a una parte, este caso debería hacernos cuestionar el sectarismo y sumisión o posible corrupción con las que este tipo de organizaciones operan. Su actuar no es religioso sino criminal y feminicida.

Ahora, su muerte se narra con la frialdad de un dictamen que insiste en la intoxicación por monóxido de carbono. Sin embargo, su familia desconfía de esa versión que parece cerrar el caso con la rapidez de una puerta mal encajada. Entre negligencias, omisiones y posibles encubrimientos por las relaciones entre la iglesia cristiana y agencia del ministerio público de la Fiscalía, piden que la historia no se clausure antes de tiempo, que se escuche lo que aún no ha sido dicho, que se investigue lo que se quiso silenciar.

Hay muertes que no terminan en el cuerpo que se apaga, sino que se prolongan en las preguntas que nadie responde y hace cómplices a todos los demás, incluso a los indolentes y a los indiferentes pues a estas alturas, una muerta más nos parece tan normal que ya no infestamos las calles y redes para exigir justicia. Ahora se administran los silencios, las apelaciones, las promesas de que la nueva Fiscalía y el nuevo Poder Judicial deberían ser suficientes… ¿de que nos quejamos? Ahora les votamos. Bah, golpistas y opositoras debemos ser.

En esas preguntas, como en los antiguos relatos que sobrevivían al olvido, persiste la necesidad de justicia: una palabra que, aunque desgastada por el uso, sigue siendo la única capaz de devolverle sentido a lo irreparable y de parecer también tan inalcanzable. Nombrar a Ana Febe, insistir en la reclasificación del delito a feminicidio, que traería aparejada prisión preventiva para Christian “N”.

Insistir diario, todo el tiempo. Fue feminicidio. Justicia para Ana Febe, prisión para el agresor, investigación hacia su congregación. Prisión a los cómplices, a los obstructores. Sanciones. Urgencia. Fin a los discursos clericales del “perdón” hasta perder la vida, fin al mito de la esposa sumisa y abnegada. Fin al mito de la esposa. Justicia, justicia, justicia.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *