La soberbia de Claudia y la impericia de Xóchitl

Mientras pasan los días desde del debate del domingo pasado, se profundizan los análisis en torno al mismo. En realidad, todo parece apuntar hacia la idea de que Claudia Sheinbaum se mostró serena y segura, a la vez que Xóchitl Gálvez dio muestras iniciales de nerviosismo y desorganización que mermaron su desempeño.

Sin embargo, sí que conviene poner el acento en un elemento: la altivez de Claudia. Derivado posiblemente de la diferencia que le separa de Xóchitl en términos de las preferencias en las encuestas, llegó al debate decidida a ignorar a su opositora.

El primer lugar, si uno analiza con detenimiento las escenas del debate, en ninguno momento se detuvo a mirar a los ojos a Gálvez. A pesar de los señalamientos directos hechos por la candidata del PAN hacia su persona, Claudia, bien entrenada y asesorada, optó por pasar de largo ante todas y cada una de las acusaciones en su contra. Se mostró bastante soberbia. No obstante, en términos políticos, parece haberle dado resultados.

En segundo lugar, como ha sido ampliamente señalado, omitió mencionar en todo momento el nombre de Xóchitl, sino limitarla a ser la candidata del PRIAN.

En tercer lugar, se vio engreída al evadir cada una de las preguntas espinosas formuladas por Xóchitl. No hizo ni el menor esfuerzo por responder a la tragedia del colegio Rébsamen, a la línea 12, a la pésima gestión de la pandemia en el país y en la Ciudad de México y a la supuesta utilización de medicina contra piojos, entre otros.

En adición, a pesar de los múltiples fracasos del gobierno de AMLO, Claudia y sus correligionarios se rehúsan a hacer cualquier ejercicio de autocrítica y evaluar materias que deberían ser objeto de cambio de dirección en el próximo gobierno.

En suma, Claudia se mostró como una mujer segura y dueña de su tiempo y su espacio; pero también se presentó como una mujer altiva y lejana de la gente.

Por buenas razones Xóchitl la llamó la “dama de hielo”, en clara referencia a su falta de empatía personal frente a la miseria de los mexicanos que sufrieron la muerte de amigos y familiares como consecuencias de las tragedias del sexenio.

Quizás Claudia debería recordar que no es aún la presidente de México, y que para serlo, es necesario que se gane la confianza de millones de mexicanos.

Con miras a las próximas elecciones, deberá mostrar un rostro más conciliador, más cercano a la gente y estará obligada, tarde o temprano, a responder los numerosos cuestionamientos que le han hecho Xóchitl y los mexicanos.

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