La derecha que se deshace entre nuevos partidos con registro
Es un error pensar que el resurgimiento de las derechas en otros países de América Latina pueda replicarse sin más en México. La consejera del INE Carla Humphrey Jordan presentó información reveladora durante la sesión extraordinaria del INE el 25 de junio: un partido que ni siquiera ha disputado su primera elección ya tiene más afiliados que el Partido Acción Nacional. PAZ, fundado por el exdirigente del extinto Partido Encuentro Social, superó al blanquiazul en padrón de militantes antes de haber ganado un solo municipio. El PAN llega a 2027 con 327 mil afiliados. PAZ ya tiene 335 mil.
El hecho relevante además de la pérdida de militantes para el blanquiazul es la dispersión de los votos para las derechas del país. Si algo ha permitido en Perú y Colombia que triunfen los candidatos de derecha que lo hicieron, fue justo el voto aglutinado como efecto del sistema electoral de primera y segunda vuelta, algo que en México no existe.
Pero es muy revelador la manera en que se reconfiguran aquellas preferencias en nuestro país. La derecha mexicana lleva años confundiendo oposición con resistencia, visibilidad con fuerza, y ruido mediático con arraigo social. Mientras el mundo observa el espectáculo de las derechas que resurgen como Trump en Washington, Milei en Buenos Aires, Bukele en El Salvador, Petro desplazado en Colombia por una derecha que se reinventa, la polarización peruana que no termina de encontrar forma, algunos analistas y operadores políticos en México han creído que bastaba con importar el tono, los gestos, la estética del resentimiento para reconstruir una alternativa electoral. Se equivocaron. Al grado de que un partido nuevo que pareciera la cara conservadora de los antiguos simpatizantes evangélicos con López Obrador logró mayor número de afiliados que el clásico partido de la derecha mexicana que algún día gobernó el país disputándose la alternancia. Las derechas triunfantes de otras latitudes son abismalmente distintas a lo que sucede en México.
Por un lado, el fenómeno Trump no es exportable porque no es ideológico sino que es performativo y funciona en contextos donde hay una clase media blanca que siente haber sido desplazada del centro de la narrativa nacional. Ni siquiera con empresarios apostando a ser un nuevo Trump. El fenómeno Milei no es replicable porque requiere un influencer y una inflación de tres dígitos frente a una clase política tan desacreditada que cualquier cosa parezca mejor. Ciertamente, las acusaciones sobre narcotráfico y corrupción manchan al gobierno en turno, pero eso no ha sido suficiente para que en las encuestas sobre aprobación y preferencias partidistas haya cambios relevantes. Las elecciones de 2027 serán termómetro de esas campañas. El fenómeno Bukele seduce porque opera sobre el miedo al crimen en sociedades sin instituciones. México tiene sus propias heridas, sus propias fiebres. Pero no son las mismas y esa mano dura no resuena dentro de un país que no tiene confianza en sus instituciones de seguridad y justicia.
Lo que ocurre en el sistema de partidos mexicano no es el anuncio de una restauración conservadora a pesar de que se aprobó el registro de varios ligados con fuerzas de la derecha que acorde a nuestro sistema, parece fragmentarse cada vez más. Se trata del mapa de una reconfiguración interna que todavía no tiene nombre, ni rostro, ni proyecto. Somos México nace de la Marea Rosa, de exmilitantes del PAN, el PRI y el PRD, de activistas que no encontraron cobijo en ninguna sigla conocida. Su propuesta es liberal-democrática, institucionalista, centrada en los contrapesos. No es exactamente de derecha. Tampoco es exactamente de izquierda. Es el intento de ocupar un espacio que la polarización fue vaciando.
PAZ, en cambio, es otra historia. Su vínculo con el PES y su presunta cercanía con Morena lo ubican en una zona ambigua, en ese territorio donde la organización política no responde a una convicción sino a una estrategia de posicionamiento. La apuesta es ideológica y les ha funcionado pues el progresismo del PAN expulsó a los militantes que ahora el PAZ puede presumir. Al mismo tiempo, que sea el partido con mayor número de afiliados entre las nuevas organizaciones dice menos de su vigor ideológico que de su capacidad operativa.
La lección, sin embargo, es la misma para todos: el PAN no perdió militantes frente a PAZ porque PAZ sea mejor partido. Los perdió porque el PAN lleva años sin saber qué proponer o que quiere ser cuando no está compitiendo contra López Obrador o contra Claudia Sheinbaum. La oposición que se define solo por oposición no construye. Los cambios de membrete para evitar al PAN y al PRI sin que aquellos dejen de existir habla del desgaste de marca que esos partidos tienen pero no soluciona la falta de cohesión en torno a un proyecto o un liderazgo justamente porque no lo hay. La derecha ha confundido los vehículos de la democracia con los proyectos de país, entonces apuesta a cambios estéticos, de nombre, de marca pero no le apuesta a lo esencial que es ofrecer algún tipo de alternativa más allá de volver a lo de antes.
Las derechas que triunfan en el mundo no lo hacen porque sean de derecha. Triunfan porque hablan de algo real, aunque lo nombren mal, por el desgaste, por la intervención e inyección financiera a liderazgos o proyectos que ya son competitivos. Aquí no existe algo parecido. El PAN no habla de eso. El PAN habla de sí mismo, de su “rebranding”, de su historia, de sus alianzas inaceptables en el tema del narcotráfico, de una cadena perpetua que suena más a desesperación que a propuesta.
Mientras nuestro sistema electoral no tenga una segunda vuelta, ese efecto bipartidista de optar por derechas o izquierdas seguirá diluido entre varios membretes y varias apuestas que con sus parecidos ideológicos, no tienen acuerdo sobre un proyecto o una cabeza, entonces, más bien son muchas pequeñas derechas fragmentadas incapaces de disputarse a una gran masa de izquierda que con todo y sus defectos, tiene liderazgos de sobra con la apuesta de continuidad a un proyecto concreto que aunque incomode, sigue siendo políticamente rentable.