Felipe VI en Palacio Nacional, la España acomplejada y México vs. Inglaterra

Sigo pensando que México no irá demasiado lejos en el Mundial de la FIFA. Pero… La verdad sea dicha, han aumentado sustancialmente las probabilidades de una actuación brillante de la Selección, que ha conseguido tres victorias consecutivas —dos de ellas contundentes— y ha mostrado un nivel de juego muy sólido.

Ya no es solo optimismo nacionalista —es decir, empieza a ser un pronóstico basado en realidades futbolísticas— el “¡Vamos con todo!” de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien, por cierto, recibirá hoy al rey de España, Felipe VI, antes de que el monarca viaje a Guadalajara para apoyar a su selección.

Al hablar con Felipe VI de la grandeza originaria de México —grandeza, sí, para no dejar fuera de la conversación el reciente libro de AMLO, titulado precisamente Grandeza—, quizá Claudia Sheinbaum podría hacerle notar, desde luego en tono de broma diplomática, pero también con ganas de ubicar un poquito al visitante, una de las ironías de la historia: que mucho antes de la llegada de la expedición invasora encabezada por Hernán Cortés, en estas tierras ya se practicaba un juego de pelota que horrorizó a no pocos españoles por sus connotaciones rituales, por lo que inclusive intentaron erradicarlo.

Resulta curioso que, durante la llamada Conquista, España intentara proscribir el juego de pelota que, cinco siglos después, en una versión modernizada se ha convertido en ese país en una auténtica religión cuyo dios es el balón. Se vive tan apasionadamente el futbol en territorio español que dos de sus equipos, el Barça y el Real Madrid, así como su Selección, figuran entre las grandes potencias de esta actividad, que es deporte sin duda, pero también un negocio global multimillonario y hasta una mafia más poderosa que la gran mayoría de las naciones soberanas.

No sé si Felipe VI conozca el dato de que sus antecesores exigieron que desapareciera el juego de pelota. Desde luego, no es algo por lo que deba disculparse —¿o sí?—: se trata de una magnífica anécdota para que la presidenta Sheinbaum se la cuente, aunque sea solo para hacer más entretenida la charla.

¿México contra quién en dieciseisavos?

Para entender el complejo calendario de competencia del Mundial recurrí al diálogo con inteligencias artificiales —ya se sabe, dos siempre son mejor que una—.

Después de analizar la situación con ChatGPT y Gemini, entendí que el rival más probable de nuestra Selección en dieciseisavos es Escocia. Esto resulta especialmente interesante porque, si México ganara, se abriría la posibilidad de un enfrentamiento en octavos de final con Inglaterra.

Escocia e Inglaterra, ¿dos naciones en un solo país?, algo que es posible, quizá, por abusos heredados de imperialismos del pasado. ¿De qué hablo? De que, antes de que México se enfrente a los ingleses, tendría que derrotar a los escoceses, una nación que, desde hace siglos, convive en la misma isla y casi en el mismo sistema político con Inglaterra sin haber renunciado nunca del todo al sueño más que legítimo de convertirse en un Estado plenamente independiente.

Ocurre algo así como con los catalanes y los vascos en la España de Felipe VI, donde no se ha consolidado —y no parece que vaya a consolidarse nunca— algo que en México es de lo más natural: que toda la gente, de todos los rincones del país, se sienta orgullosamente mexicana. En España es diferente: millones no quieren la patria española y sobran hinchas al futbol que se alegrarían si su selección perdiera mañana con el monarca como testigo —alguien a quien culpar como chivo expiatorio, como ave de mal agüero, como el salado que posibilitó la derrota—.

México contra Inglaterra, dos revanchas en un solo partido

Iré ahora más allá de mi simpatía personal respecto a Escocia, una nación con instituciones y una identidad propias, que no tiene por qué seguir bajo la corona británica. La escocesa es una de las culturas nacionales más antiguas de Europa y merece ser independiente.

Si la Selección se enfrenta a Inglaterra en los octavos de final del Mundial de 2026, el partido será el de dos revanchas en una. Esto tiene que ver con mi primer recuerdo de un juego de futbol, con la grandeza de la cultura mexicana y con la necesidad de superar tantas derrotas en las canchas mundialistas.

El primer juego de futbol que vi en mi vida fue en el Mundial de 1966. Yo era un niño; mi papá al fin, después de más de una década de haberse casado con mi mamá, pudo comprar un televisor…, aquel aparato que hasta entonces yo solo veía en casas vecinas si de vez en cuando se me invitaba.

Yo tenía 10 años —soy bastante viejo: nací en 1956—, mi padre me llamó, también a mi hermano menor Jesús Alberto, y nos pidió que estuviésemos atentos al juego México-Inglaterra en Wembley, el famoso estadio de Londres. Me dolió y aún me duele aquel 2-0 en contra.

La cuenta pendiente de aquel Mundial en Inglaterra. Perdimos hace casi exactamente 60 años, el sábado 16 de julio de 1966. No olvido los goles, uno de ellos de un futbolista inglés al que odié y no he perdonado, la estrella británica Bobby Charlton.

Nada me alegraría más que ver vencido al país que hace seis décadas derrotó a México en el primer juego de futbol que vi. Inglaterra nos ganó en su propio templo sagrado del futbol, Wembley; ahora podríamos acabar con esa selección en el más importante santuario futbolístico del mundo: el Estadio Azteca.

Con un añadido cultural: Inglaterra inventó el futbol moderno, es verdad, pero antes de que esta nación existiera nuestros antepasados jugaban ya a la pelota. En grandeza histórica les llevamos ventaja.

Exorcizar también el 1986

En octavos de final no nos enfrentaremos a Alemania, pero si pasamos a la etapa de cuartos podríamos vengar otra derrota terrible, la de Monterrey en 1986, cuando los germanos nos eliminaron, algo que sigue lastimando a la afición mexicana.

El duelo contra Alemania en el Azteca sería el exorcismo ideal para superar aquella herida y demostrar que el futbol mexicano, por fin, sabe lo que es ganar a equipos de primer nivel en los partidos clave.

El verdadero juego de pelota

Olmecas, mayas y zapotecas movían la pelota con la cadera, el muslo o el codo, pero también con el corazón, dado el contenido ritual de aquel juego que contribuía al equilibrio del cosmos.

Eso, jugar con el corazón —además de con la cabeza, los pulmones y los pies— lo necesitará México para ir más lejos de solo ganar tres partidos ante equipos no tan fuertes. Que hace tres milenios se jugara a la pelota con seriedad ritual tendría que inspirar a la Selección que, como nunca, ha entusiasmado y unido a millones, teniendo como amuleto las celebraciones tan espontáneas de la presidenta Sheinbaum.

Leí que si los jugadores ingleses descienden de quienes inventaron las reglas del juego en su Football Association, los futbolistas mexicanos se nutren de algo más puro: la esencia de los pueblos que descubrieron el alma de la pelota. Y esto tiene que darnos una ventaja especial, única, histórica y mística a la vez.

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