Gracias a dios
REFUTACIONES POLÍTICAS
El idioma español arrastra fósiles lingüísticos que se repiten por pura inercia cultural, vaciados ya de todo sustrato intelectual. De entre todos ellos, ninguno es tan universal, cotidiano y, al mismo tiempo, tan lógicamente aberrante como la frase “gracias a dios”. La pronunciación automática de este monosílabo de alivio pasa desapercibida en calles, mercados y sobremesas; sin embargo, cuando se le somete al microscopio del rigor científico y a la luz de la razón, la expresión revela una de las mayores taras del ser humano: su incurable neurosis de relevancia, el delirio antropocéntrico de creerse el ombligo del cosmos.
Bajo un ejercicio de demolición epistemológica; supóngase, por un instante, que realmente existe el dios creador del que habla el judeocristianismo.
La magnitud del universo observable que hoy conocemos gracias a la astrofísica, es un tejido espacio-temporal de más de noventa y tres mil millones de años luz de diámetro, poblado por billones de galaxias donde nuestra Vía Láctea es un suburbio imperceptible y la Tierra un pálido punto azul suspendido en la nada.
Si se desciende de la escala macroscópica al microcosmos, el escenario es aún más apabullante. La magnitud del mundo químico y biológico vista como la creación de un diseñador que calibró la fuerza nuclear fuerte para mantener la estabilidad del átomo, que dictó las leyes cuánticas, que estructuró los enlaces covalentes del carbono y que programó la intrincada maquinaria de las bacterias y los virus que verdaderamente gobiernan y terraforman este planeta. Frente a esta escala monumental, la pregunta surge con la fuerza de un axioma ineludible:
¿Qué diablos podría importarle a ese dios magnánimo e infinito la minúscula, efímera y azarosa existencia de los seres humanos?
La respuesta es obvia: nada. De existir un arquitecto de semejante magnitudes físicas, químicas y biológicas, tendría que ser, por pura necesidad ontológica, absolutamente amoral y absolutamente apolítico. El bien y el mal, las fronteras y los partidos, son meras herramientas evolutivas y construcciones gregarias de unos primates bípedos que habitan un parpadeo de tiempo en la historia cósmica.
Por ello, la escena del futbolista que anota un gol, dobla las rodillas y apunta los dedos al firmamento murmurando un “gracias a dios”, deja de ser un acto de devoción para convertirse en una comedia existencial grotesca. Esa exclamación asume que el regulador de las constantes universales interrumpió la microgestión de una supernova en Andrómeda o la replicación de un ARN viral en el océano para desviar la trayectoria de una esfera de cuero inflada en favor del equipo local. El teísmo clásico que sufre de una incapacidad crónica para procesar las escalas, inventó un dios omnipotente en el discurso, pero lo redujo a un tutor parroquial obsesivo-compulsivo en la práctica.
Sin embargo, el verdadero peligro de este sinsentido no se queda en la anécdota cotidiana o en la ignorancia de las leyes de la física. El drama adquiere tintes oscuros cuando el “gracias a dios” salta del lenguaje moral común y se transforma en una expresión política de Estado.
Cuando las naciones secuestran la deidad para estampar el cinismo del “In God We Trust” en los billetes de la mayor potencia militar y financiera del mundo, o cuando los himnos nacionales repiten la palabra “dios” para sacralizar fronteras arbitrarias trazadas con sangre, estamos ante el fraude supremo de la teología política. No hay fervor místico en ello, sino una burda estrategia de dominación. Invocar a dios en la esfera pública tiene como único fin la usurpación de la autoridad cósmica para bendecir un sistema económico, un imperio o una guerra. Durante las conflagraciones del siglo XX, las hebillas de los cinturones de los soldados alemanes rezaban Gott mit uns (dios con nosotros), mientras sus enemigos pedían al mismo creador de los elementos de la tabla periódica que guiara sus proyectiles con mayor eficiencia.
Trasladar la divinidad al discurso político es una aberración ética que tiene como objetivo fundamental anular la soberanía de la razón. La democracia y la república se fundan en la deliberación laica, en la evidencia, el disenso legítimo y la rendición de cuentas entre iguales. Cuando un gobernante introduce a dios en la ecuación del poder, destruye el tablero de juego: el debate racional se clausura para dar paso al dogma inviolable, y cualquier oposición política es sutilmente desplazada hacia la categoría de la herejía. Además, se abre la puerta a la impunidad histórica: si las políticas públicas fracasan o la miseria se extiende, el gobernante evade su responsabilidad civil delegando las culpas a “los designios inescrutables” de una providencia incognoscible.
El laicismo no es, por tanto, una simple regla de convivencia o una preferencia de diseño institucional; es una medida de sanidad mental y de legítima defensa social contra el pensamiento mágico. Desmantelar la frase “gracias a dios” y erradicar su uso en la tribuna pública es el primer paso para asumir la realidad histórica. Al universo el ser humano le es indiferente, no hay ningún ojo divino vigilando la suerte de la conducta humana. El mérito de los logros humanos y el peso de sus fracasos le pertenecen por completo. Reconocer la hermosa y terrible insignificancia humana en el cosmos es la única vía para empezar a construir una ética verdaderamente humana, fundada en la razón, la ciencia y la responsabilidad compartida; todo lo demás es solo el miedo primitivo de un simio que le grita al infinito esperando que éste le devuelva el saludo.
@RubenIslas3 X
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