Borges y el sueño; del Proyecto Borges

En la entrega de la semana pasada a propósito de Borges y el futbol, informé de la invitación de Mikael Lindgren, director de Biblioteca Universitaria de Lund, Suecia, a participar en un “Proyecto Borges” que él trae entre manos. No olvidemos que Lund es la escenografía básica en que se desarrolla el enigmático cuento, “Tres versiones de Judas”, del escritor argentino. Recibí varios comentarios entusiastas interesados en el proyecto; así que continúo esta semana.

Dado que hay ahora en el país, en términos generales, un espíritu relajado debido a la Copa Mundial de Futbol, aprovecho para publicar este ejercicio destinado al Proyecto Borges: “Borges y el sueño”, que obedece a un experimento de hibridación literaria: 1. La lectura del ensayo “La pesadilla”, el segundo de la colección Siete noches (1980), que el autor revisó y autorizó para su publicación habiendo sido originalmente conferencias orales ofrecidas en el Teatro Coliseo de Buenos Aires en 1977; 2. el uso de una pesadilla real, o al menos un sueño; 3. la narración de la pesadilla; 4. la síntesis métrica del resultado en una décima de endecasílabos irregulares. He aquí el resultado:

Anoche, Borges me regaló un sueño. No ha sido la primera vez. En una ocasión, alguien me informaba de una exposición de fotografías gigantes en blanco y negro de la figura de Jorge Luis Borges posando en varios estados del ser, sobre la Avenida Chapultepec, en Ciudad de México. Habían sido tomadas al escritor anciano en 1915; lo cual era imposible, pues entonces apenas cumplía 16 años. Aun así, recorría la exposición y al final me encontraba al mismo Borges y a María Kodama. Conversamos. Nos tomamos imágenes; algunas selfies. Al despedirnos en Chapultepec, al pie del pequeño avión en que regresarían a Buenos Aires, tomé la mano del escritor mientras la mujer me decía o yo le decía a ella, “me mandás las fotos, por favor”.

Pero el arte onírico se impuso y viajaba ya de pronto con ellos en la aeronave. Hablamos de laberínticas cosas. El sueño reiniciaba una y otra vez desde que alguien me informaba de la exposición, y al regresar al punto de emprender el vuelo, un dato desconocido se agregaba; y de nuevo desde el principio.

Después de horas llegó al final, sí, la despedida. A la distancia quedó Borges, la mirada perdida, ciego con su abrigo y su mano en el bastón; en blanco y negro pero con tonos azulados, como un otoño. A color, se me acercó María y, como despedida, sorpresiva y claramente arrimó, literalmente pegó su pelvis a la mía, ¿o acaso ambas se juntaron simultáneas? Y quedó flotando, como vaguedad en la atmósfera sombría del sur invernal, un cuento escrito por mí hace algún tiempo –antes de conocer la poética versión de Parra Nicanor– del cual no diré el título, pero sí su contenido: Oh, envidia de Borges, todos querríamos una bella, leal y lúcida Kodama.

Otra vez soñé que charlaba con el poeta, en otra geografía de la ciudad, acerca de un hermoso verso de Angelus Silesius que él memoraba con frecuencia: “Die Rose ist ohne Warum”, “La rosa es sin porqué”.

Anoche, después de leer “La pesadilla” –de sus conversaciones en Siete Noches, donde diserta sobre el sueño y las pesadillas, y destaca tanto su condición de horror como de la expresión estética más antigua–, extrañamente soñé con una chica que solía enamorarme, y con Borges. Estábamos los tres frente a un edificio alto. Una laberíntica sensación de peligro en el aire me impulsó a tratar de salvar a ambos de un acecho. Con el poder del vuelo en mi voluntad soñadora omnipresente, los transporté a un estadio que servía de refugio a una multitud hacinada; parecía ser el concreto del olímpico universitario México 68. La chica, Borges y yo nos resguardamos entre unas bancas, el estremecimiento crecía. De pronto, vi a la chica, a Borges y a otras personas armarse de fusiles y apuntar al aire, cuando aparecieron entre las nubes de un sol turbio, unas avionetas como en las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Empezaron las gentes a gritar, “¡abajo, abajo, cabezas abajo!”. Urgí a mis compañeros a agacharse, no obstante, ellos seguían apuntando al espacio. Las cuencas ciegas de Borges empezaron a llorar torrentes incontenibles; una increíble y conmovedora cascada de lágrimas dolorosas que parecían salir de una máscara macilenta y rígida. Hacía gestos nerviosos, yo le tomaba el rostro procurando empujar su cuerpo al suelo. Una especie de sombrilla o globo de color rojo asomó y empezó a descender lentamente al amplio medio del estadio. Todos alzaban los murmullos; en ese momento no pensé que algo grave fuera a suceder. “¡Agáchense, abajo, al suelo!”, gritaban todos. La chica a mi lado izquierdo apretaba los dientes, Borges frente a mí lloraba incontenible y tembloroso, aterrorizado. Un resplandor y una explosión restallaron.

Desperté agitado. En fracción de segundos registré que la noche había detonado un disparo, como en otras noches por mi barrio, violento barrio.

La lectura del ensayo de Borges unida al tiro, me habían obsequiado ese sueño, esa pesadilla tan prolongada como un instante: el restallar de una detonación. Con ingenuidad, al levantarme quise estimular la memoria del sueño y escribir una décima de endecasílabos irregulares recién aprendida:

Anoche, Borges me regaló un sueño.

Tras leer su ensayo sobre pesadillas,

vi correr lágrimas por sus mejillas.

No era realidad, tampoco era ensueño.

Vivía yo un tiempo del que no era dueño.

A mi amada y a él salvar, mi voluntad.

Cuidar su vida, ganar la libertad.

De la guerra y las balas de la noche

escapar o despertar a trasnoche.

Restalló el sueño, me hallé en soledad.

P.d. “Yo soñé esta mañana que me moría”:

Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo

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