El colaborador de Einstein y la vergüenza que es el Estadio Azteca
El sitio Recitativo me envió por mail el texto “La Concha de Szell”. Lo sintetizo enseguida:
La Orquesta de Cleveland se fundó en 1918 fuertemente apoyada por el empresario John L. Severance. Fue en 1929 que tuvo sede propia —el Severance Hall—, donde la orquesta ha tocado desde entonces.
El edificio lo construyó la firma de arquitectos Walker and Weeks. Los palcos tenían cortinas de terciopelo y una enorme alfombra cubría gran parte de la sala. Buena estética que descuidó la acústica.
La revolución llegó en 1946, cuando se nombró director de la Orquesta de Cleveland al húngaro George Szell. Su extraordinaria capacidad auditiva podía detectar si una silla estaba en un lugar distinto por el cambio en la acústica. Porque no tenía la calidad que buscaba, Szell ordenó la remodelación completa del interior de la sala.
El director húngaro contrató al físico Robert S. Shankland, especialista en relatividad que había trabajado con Albert Einstein; Shankland en ese momento era el jefe del departamento de física del Case Institute of Technology de Cleveland. Este propuso algunas ideas para mejorar la percepción del sonido.
Un especialista en acústica de salas, Heinrich Keilholz, que había diseñado el sonido de los teatros más importantes de Viena, llevó a la práctica los estudios de Shankland.
Así las cosas, Keilholz sustituyó las telas por madera; el telón desaparecía completamente durante los conciertos; se cambiaron algunos focos de posición, y una nueva concha acústica se instaló sobre la orquesta.
Que todo había mejorado fue más que evidente en el primer concierto tras la remodelación. En cuanto empezaron a escucharse las notas del preludio de Los Maestros Cantores de Núremberg de Richard Wagner, su sonido se escuchó en la última butaca con una potencia hasta entonces desconocida en el Severance Hall.
George Szell, en gran medida debido a tales mejoras, llevó a la Orquesta de Cleveland a integrarse en el grupo de las llamadas “Big Five” de Estados Unidos.
Dado lo anterior, a esa nueva estructura acústica se la conoce desde entonces como “Szell Shell” —la “Concha de Szell”—.
La ingeniería del sonido ha avanzado bastante desde aquella época. Si en los años cincuenta del siglo XX, la única forma de modificar el sonido de un teatro consistía en mover muros o retirar cortinajes, hoy en día la acústica es una técnica que fusiona el análisis de materiales con la electroacústica digital, y recientemente se apoya en la inteligencia artificial y en la psicoacústica, que estudia la forma en que cada persona percibe el sonido.
Tal tecnología ha permitido mejorar el sonido de un auditorio tan viejo como el Royal Albert Hall, de Londres, inaugurado en 1871. Originalmente tenía un problema horrible: un eco tan grande que, decían, era “el único lugar donde un compositor podía escuchar su obra dos veces al mismo tiempo”.
Se intentaron soluciones técnicas y hubo avances, pero ninguna resultó plenamente satisfactoria hasta que, con ayuda de la electroacústica moderna, se alcanzó el objetivo.
Lo que se terminó de implementar en 2018 fue un sistema de audio con varios centenares de altavoces. El cambio consistió en ya no intentar lanzar el sonido desde el escenario con enorme potencia para que llegara hasta el fondo de la sala; en cambio, se optó por colocar en cada espacio del auditorio para 5 mil personas algunos minialtavoces digitales independientes.
El Auditorio Nacional de la Ciudad de México, con capacidad para 10 mil personas, se ha mantenido a la vanguardia con mejoras técnicas sucesivas. Es el caso del Madison Square Garden de Nueva York, en el que cabe el doble de gente.
A diferencia del Auditorio Nacional, que ha perfeccionado su acústica con inversiones relativamente modestas, el coloso neoyorquino requirió una remodelación integral cercana a los mil millones de dólares: buena parte de ese dinero se destinó a mejoras acústicas y tecnológicas.
En la actualidad, la acústica en grandes espacios para eventos musicales o deportivos depende fundamentalmente de la tecnología digital. Son raros los teatros que funcionan como en el siglo XIX.
Un caso notable es el Teatro del Festival de Bayreuth, diseñado y construido por Wagner en 1876. Es absolutamente analógica la técnica acústica en este maravilloso auditorio, inspirado en los teatros de la antigua Grecia, cuyo cupo es de 1 mil 900 personas. Funciona tan bien que impresiona a los ingenieros de sonido modernos, de ahí que sus funciones de cada verano tengan demanda mundial.
Con un interior casi todo fabricado en madera, no hay prácticamente asientos malos. El sonido en Bayreuth llega a la perfección sin necesidad de amplificación electrónica.
Así las cosas, resulta decepcionante —y denunciable— que el Estadio Azteca, tras la más reciente remodelación, tenga el peor sonido posible. Una vergüenza en pleno Mundial de Futbol.
Lo menos que podían ofrecer quienes supuestamente lo mejoraron con obras que duraron bastante tiempo era una experiencia de sonido a la altura de la tecnología actual.
Qué pena que el Estadio Azteca, para mí el estadio más bello del mundo, tenga el más lamentable sonido imaginable.
Una periodista, Jeanette Leyva Reus, preguntaba en El Financiero qué ciudad mexicana ha tenido el mejor Mundial: CDMX, Guadalajara o Monterrey. El primer lugar no sé si sea para las sedes tapatía o regia. El último, sin duda, por culpa del sonido, le corresponde al recinto de la capital de nuestro país.
Esto debe doler tanto a Clara Brugada, actual jefa de gobierno de la megalópolis, como a Claudia Sheinbaum, quien también fue la máxima autoridad política y administrativa de la emblemática ciudad. Ellas hicieron la tarea para que la inauguración del Mundial fuera un éxito, y lo fue. Pero no contaban con el desastre de un sistema de audio que terminó siendo solo ruido.