Los que callan
Dice un refrán popular: ‘¡tanto peca el que mata la vaca como el que le amarra la pata!’, y hay otro que reza: ‘¡la culpa no es del indio, sino del que lo hizo compadre!’, y podríamos acentuar, tan culpables son los que provocan perversidades como quienes las toleran y con esa pasividad negligente las prohijan.
Existe una vieja tentación de la que pocas sociedades logran escapar por completo: la de creer que los grandes desastres políticos son siempre obra de un solo hombre. Resulta reconfortante pensarlo así. Permite simplificar la historia. Permite señalar a un culpable. Permite construir villanos reconocibles. Permite incluso alimentar la ilusión de que, una vez desaparecido el personaje, el problema desaparece con él. Sin embargo, la experiencia humana enseña algo muy distinto. Los autócratas rara vez llegan solos. Los demagogos rara vez prosperan solos. Los caudillos rara vez gobiernan solos. Detrás de cada figura que concentra poder suele existir una compleja red de silencios, complacencias, complicidades, oportunismos, cobardías, fanatismos, conveniencias y resignaciones que hacen posible su ascenso y facilitan su permanencia.
La historia suele recordar a los protagonistas. Napoleón, Hitler, Stalin, Mao, Mussolini, Franco y tantos otros ocupan capítulos enteros de libros, documentales y estudios académicos. Sin embargo, detrás de cada uno existieron miles de funcionarios, empresarios, militares, jueces, propagandistas, dirigentes políticos, intelectuales y ciudadanos comunes que, por convicción, temor o conveniencia, decidieron acompañarlos, justificarlos o simplemente guardar silencio. Ninguno de aquellos personajes habría llegado tan lejos sin una multitud de personas dispuestas a aceptar como normal lo que antes habría parecido inaceptable. Ninguno habría acumulado semejante poder sin quienes confundieron lealtad con obediencia, prudencia con silencio o conveniencia con virtud.
Los grandes deterioros democráticos rara vez comienzan con un estruendo. Comienzan con pequeñas renuncias. Una pregunta que deja de formularse. Una crítica que deja de hacerse. Una mentira que se tolera porque parece insignificante. Una arbitrariedad que se justifica porque resulta útil. Una contradicción que se acepta porque beneficia a los propios. Una concesión que parece menor. Una cobardía que encuentra una explicación razonable. Y así, poco a poco, lo excepcional se vuelve habitual, lo inaceptable se vuelve tolerable y lo intolerable termina convirtiéndose en parte del paisaje cotidiano.
Por eso resulta tan importante observar no solamente a quienes ejercen el poder, sino también a quienes los rodean. A quienes los justifican. A quienes los excusan. A quienes encuentran explicaciones para cada exceso. A quienes descubren virtudes donde antes veían defectos y defectos donde antes admiraban virtudes. A quienes cambian de discurso con la misma facilidad con la que cambian los vientos políticos. A quienes ayer defendían una cosa y hoy defienden exactamente la contraria sin experimentar el menor conflicto moral. En todos los sistemas políticos aparecen personajes semejantes. No pertenecen a una sola ideología. Existen en la izquierda y en la derecha, en democracias y dictaduras, en gobiernos civiles y militares. Son los profesionales de la adaptación. Los especialistas en acomodarse. Los expertos en sobrevivir siempre cerca del poder.
Resulta curioso que muchos de ellos se presenten como pragmáticos o realistas. Afirman comprender las complejidades del poder y las exigencias de la gobernabilidad. Sin embargo, la historia suele describirlos de otra manera. Los llama colaboradores. Los llama facilitadores. Los llama cómplices. Y no siempre por lo que hicieron, sino por lo que dejaron de hacer. Porque existe una diferencia enorme entre equivocarse y guardar silencio. Existe una diferencia enorme entre respetar una autoridad y renunciar al juicio propio. Existe una diferencia enorme entre apoyar un proyecto político y justificar cualquier conducta en nombre de ese proyecto.
La historia contemporánea ofrece ejemplos abundantes. En Cuba, generaciones enteras han debido convivir con un sistema donde la discrepancia ha tenido límites estrechos y donde durante décadas muchos prefirieron repetir consignas antes que formular preguntas. En Nicaragua, Daniel Ortega pasó de ser símbolo de resistencia a convertirse para numerosos observadores en un gobernante cada vez más intolerante frente a la oposición. En Corea del Norte, el culto a la personalidad ha alcanzado niveles que desafían cualquier lógica democrática. En Irán, la crítica al poder frecuentemente es presentada como una amenaza al orden mismo del Estado. En Rusia, la narrativa oficial ha desplazado con frecuencia a los hechos verificables. En diversas naciones africanas, dirigentes que llegaron prometiendo renovación terminaron modificando reglas e instituciones para perpetuarse. En Estados Unidos, Donald Trump continúa encontrando respaldo entre sectores que justifican conductas que habrían considerado inaceptables en cualquier otro dirigente. Los nombres cambian. Las banderas cambian. Las ideologías cambian. Lo que permanece es la misma tentación humana de acomodar los principios a las conveniencias.
Pero quizá la pregunta más incómoda no sea qué hacen los gobernantes. Quizá la pregunta verdaderamente incómoda sea qué hacen las sociedades. Durante generaciones se ha repetido una frase tan provocadora como polémica: los pueblos tienen los gobiernos que merecen. Probablemente no sea del todo cierta. Existen sociedades víctimas de invasiones, dictaduras, guerras, catástrofes o circunstancias extraordinarias que difícilmente pueden ser consideradas responsables exclusivas de sus desgracias. Sin embargo, tampoco parece completamente falsa. Las sociedades construyen instituciones. Las sociedades premian liderazgos. Las sociedades toleran comportamientos. Las sociedades permiten abusos o los enfrentan. Las sociedades defienden libertades o las entregan. Las sociedades reaccionan o se resignan.
Quizá la formulación correcta no sea que los pueblos tienen los gobiernos que merecen, sino que terminan teniendo los gobiernos que son capaces de permitir, limitar, corregir o enfrentar. Porque las libertades tampoco sobreviven por generación espontánea. Requieren vigilancia. Requieren compromiso. Requieren participación. Requieren ciudadanos dispuestos a defenderlas incluso cuando hacerlo resulta incómodo. La historia ofrece ejemplos admirables de pueblos que enfrentaron adversidades inmensas y lograron superarlas. Alemania y Japón se reconstruyeron después de una devastación casi absoluta. Corea del Sur pasó de la pobreza extrema a convertirse en una potencia económica y tecnológica. Numerosos países europeos transformaron siglos de guerras y rivalidades en proyectos de cooperación y prosperidad. Pero la historia también muestra sociedades que normalizaron la corrupción, toleraron el abuso, confundieron liderazgo con culto a la personalidad y fueron entregando libertades poco a poco hasta descubrir, demasiado tarde, que recuperarlas era mucho más difícil que conservarlas.
Por eso el verdadero desafío nunca pertenece exclusivamente a quienes ocupan el poder. Pertenece también a periodistas, jueces, empresarios, sindicatos, universidades, organizaciones civiles, líderes comunitarios y ciudadanos comunes. Pertenece a quienes hablan y a quienes callan. A quienes cuestionan y a quienes justifican. A quienes prefieren la comodidad del silencio y a quienes asumen el costo de expresar una verdad incómoda. Cada generación termina labrando una parte de la realidad que habrá de heredar a la siguiente. Cada sociedad cosecha algo de aquello que durante años decidió tolerar, combatir o ignorar.
La historia rara vez pregunta solamente quién gobernaba. También pregunta quién obedecía. Quién justificaba. Quién se beneficiaba. Quién callaba. Quién advertía. Quién resistía. Quién tuvo el valor de actuar cuando todavía era posible hacerlo. Porque los autócratas nunca gobiernan solos. Pero tampoco las libertades sobreviven solas. Necesitan ciudadanos dispuestos a defenderlas todos los días, incluso cuando parece innecesario hacerlo, incluso cuando resulta incómodo, incluso cuando parece que nada está en riesgo.
Y quizá ahí resida la lección más importante de todas. Las sociedades no son únicamente víctimas de la historia. También son autoras de ella. Cada generación escribe una parte del relato que habrá de juzgarla. Y cuando llegue ese juicio, probablemente la pregunta más importante no será quién concentró el poder.
La pregunta será quién permitió que lo hiciera.
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