Hecho en México… Pagado por usted

“Hacer prototipos es sencillo. Hacer que funcionen y producirlos es lo complicado.”

Elon Musk

“No hay nada más permanente que un programa gubernamental temporal.”

Milton Friedman

Esta vez, la ceremonia sí fue impecable. Luces, aplausos, discursos, fotografías y funcionarios sonriendo frente al nuevo orgullo nacional. El Olinia apareció en escena como suelen aparecer los proyectos de la llamada Cuarta Transformación: envuelto en propaganda mucho antes de demostrar viabilidad.

Parafraseando a Musk: presentar un prototipo es relativamente fácil. Lo difícil es fabricar millones de unidades, competir en el mercado, cumplir estándares internacionales de seguridad, encontrar compradores y, sobre todo, evitar que el proyecto termine convertido en otro monumento al gasto público.

Y lo digo porque México ya conoce esa película. Primero fue un aeropuerto que mueve menos pasajeros de los prometidos. Después una refinería que costó mucho más de lo anunciado y sigue sin producir lo esperado. Luego una aerolínea estatal que compite con empresas privadas utilizando recursos públicos. Más tarde hoteles administrados por militares. Ahora llega un automóvil. Y me faltaron mencionar muchos.

A este ritmo, sólo falta que el gobierno anuncie una línea oficial de licuadoras patrióticas.

Lo más llamativo del Olinia no es el vehículo. Es la lógica detrás del proyecto. En lugar de concentrarse en seguridad pública, infraestructura, educación, energía o salud, el gobierno vuelve a actuar como empresario. Y cuando un gobierno juega a ser empresario, rara vez arriesga su dinero. Arriesga el de los contribuyentes.

¡Ah! Y las ganancias, cuando las hay, se van a los familiares y allegados de las autoridades.

Los promotores del proyecto aseguran que será una empresa de participación mixta. Suena tranquilizador hasta que aparece un detalle incómodo: el director de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz declaró recientemente que no ha existido diálogo con ellos sobre el proyecto. ¡Chispas!

En otras palabras, el gobierno anuncia una aventura automotriz nacional sin haber incorporado formalmente a la industria automotriz nacional. Nada podría salir mal. Nada, no vaya ustedes a pensar…

Más inquietante todavía es la admisión de que el vehículo no cumple con la regulación vigente y que será necesario construirle un marco normativo específico. Dicho de otra manera: primero aparece el coche y después se adaptan las reglas para que este pueda circular dentro de la legalidad.

En los países donde impera el Estado de Derecho, las empresas se ajustan a las normas. En el México de la 4T, es al revés: las normas parecen ajustarse a los proyectos favoritos del gobierno.

La pregunta fundamental no es si el Olinia puede moverse. La pregunta es si puede competir. Porque el mercado de vehículos eléctricos ya existe. Está lleno de fabricantes privados que arriesgan capital propio, desarrollan tecnología, perfeccionan procesos y compiten ferozmente por precio y calidad. Si el Olinia resulta más caro, más lento, menos seguro o menos eficiente, los consumidores fuera fe uno que otro incauto, simplemente comprarán otra cosa.

Y entonces llegará la parte verdaderamente interesante: ¿quién absorberá las pérdidas? La respuesta es obvia. No serán los funcionarios que hoy se toman fotografías junto al prototipo. No serán los diseñadores del proyecto. No serán los políticos que lo anuncian como si hubieran descubierto la rueda. Serán los contribuyentes. Siempre son los contribuyentes.

¿No están hartos de financiar mierda? Yo sí.

Las burocracias son extraordinariamente creativas para gastar recursos y sorprendentemente ineficientes para generarlos. Ludwig von Mises advertía que los gobiernos carecen de los mecanismos de cálculo económico que sí tienen las empresas privadas y que las disciplinan. Una compañía que fracasa pierde dinero. Un gobierno que fracasa suele pedir… más dinero.

El caso resulta todavía más extraño cuando se observa el mercado internacional. Existen vehículos eléctricos compactos fabricados en China con prestaciones similares y precios considerablemente menores. Algunos cuestan apenas una fracción de lo que se estima costará el Olinia.

Entonces surge una duda inevitable: si otros ya producen más barato, más rápido y con economías de escala consolidadas, ¿por qué el gobierno mexicano decidió entrar precisamente a ese negocio?

La respuesta probablemente tenga menos que ver con movilidad y más con propaganda y negocios turbios de morenistas. De la nueva clase política hinchada en dinero de la gente.

La 4T parece convencida de que gobernar consiste en inaugurar cosas. No importa si son aeropuertos, trenes, refinerías, hoteles, aerolíneas o automóviles. Lo importante es cortar listones, producir fotografías y construir símbolos políticos. El problema aparece después, cuando los símbolos empiezan a costar dinero. Mucho dinero.

Porque cada peso destinado a fabricar automóviles es un peso que deja de invertirse en aquello que sí constituye una responsabilidad esencial del Estado. Electricidad, seguridad, carreteras, hospitales, escuelas, educación, justicia.

Ningún país —NINGUNO en la historia, óiganlo bien— se volvió desarrollado porque su gobierno fabricara cochecitos. Los países se desarrollan cuando crean condiciones para que millones de ciudadanos y empresas produzcan riqueza por cuenta propia.

Eso exige instituciones fuertes, certeza jurídica, balance de poderes y reglas claras. Justamente aquello que el gobierno morenista parece menos interesado en construir.

Giro de la Perinola

El Olinia todavía deberá superar pruebas de seguridad, demostrar viabilidad comercial, conseguir inversionistas privados y convencer a compradores reales.

Mientras tanto queda una última pregunta. Si el proyecto es tan extraordinario como afirman sus promotores, si representa el futuro de la movilidad nacional y si encarna el nuevo orgullo tecnológico mexicano, ¿cuándo veremos a los altos funcionarios de la 4T abandonar sus camionetas blindadas y cambiarse a un Olinia?

Porque nada genera más confianza en un producto que ver a sus vendedores usándolo. Y nada genera más sospechas que verlos promocionarlo desde el asiento trasero de una Suburban.

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