El otro Trump no existe

Imprudente, por decir lo menos, la carta del expresidente López Obrador con relación al problema que enfrenta el país por la solicitud de detención de diez funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa, encabezada por el gobernador Rubén Rocha Moya y su potencial sucesor el senador Enrique Inzunza, imputados por participar de la exportación de fentanilo a EU -arma de destrucción masiva, según el gobierno de Trump– y poner el gobierno al servicio del cártel Sinaloa, considerado organización terrorista.

La presidenta Sheinbaum entiende que el asunto Rocha Moya no es único y que habrán de seguir más casos o, eventualmente, declarar a Morena como una organización terrorista, con todas las implicaciones que significa, como es que sus dirigentes y candidatos quedaran judicialmente comprometidos. La presidenta ha entendido la dimensión de la amenaza y ha resuelto por una respuesta política porque en su entender lo judicial es simple pretexto porque de lo que se trata es acabar con el régimen político, esto es, una acción intervencionista ideológicamente motivada con origen en iniciativas de ultraderecha nacionales y norteamericanas. Un complot.

La carta del presidente se da en este contexto y avala a la presidenta Sheinbaum. A una exigencia estrictamente jurídica se le ofrece una respuesta política. Tres eventos muy relevantes se dan en el marco de la carta del expresidente: primero, la fotografía con el hijo Andrés; la revelación, que seguramente ya se conocía, que los gobernadores de Tamaulipas y Sonora, entre otros funcionarios y políticos, están siendo investigados por asociación delictuosa con el crimen organizado, sus visas han sido retiradas según versión de LA Times, desmentida por los aludidos y confirmada por el diario y por el reconocido semanario Zeta de Tijuana. El tercer acontecimiento es el señalamiento del secretario del interior, Markwayne Mullin ante el Congreso sobre la amplia colaboración del gobierno mexicano en la seguridad fronteriza, mejor que en con AMLO, ante la realidad de que cada centímetro de la frontera está bajo control de grupos delictivos.

López Obrador emplea el recurso muy propio de él, por cierto, también de Trump, de suavizar con una mano y golpear con la otra. Él habla de que regrese el Trump de antes, a quien prodiga muy generoso y obsequioso reconocimiento. Según AMLO, el de ahora es rehén de “paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados”, esto es, “de inexpertos, resentidos y fanáticos consejeros”. Un Trump influenciable, es un Trump tonto.

Llama la atención como el expresidente adopta una postura muy semejante a la de Nicolás Maduro que antecede su extracción violenta para llevarle a una Corte en NY, quien decía que Trump está siendo manipulado por sus colaboradores. Como quiera que sea es una ofensa, además de que el mandatario norteamericano tiene bien acreditada una conducta reprobable a lo largo de toda su trayectoria. No hay un Trump bueno y otro malo, el manipulado; sólo hay uno; al que refiere generosamente López Obrador promovió un golpe de Estado para revertir su derrota, líder de la ultraderecha, el de la corrupción desbordada y el racismo rampante.

La presidenta ha hecho propia la misiva del expresidente. Ratifica que el gobierno se instalará en la intransigente defensa de los imputados por las autoridades norteamericanas. El problema es que la respuesta de México es esencialmente retórica, política y la solicitud de las autoridades norteamericanas es estrictamente legal, apoyada en el acuerdo de extradición y de conformidad a las prácticas ortodoxas en materia de justicia penal.

Las autoridades norteamericanas, por las palabras del secretario Markwayne Mullin, desean que sea la presidenta Sheinbaum eje de la lucha contra el crimen organizado; sin embargo, es evidente que el gobierno de México no accederá a solicitudes del departamento de Justicia que imputen a funcionarios o políticos mexicanos del régimen. El problema está en que el gobierno insiste en dar una respuesta política a un requerimiento legal con aval judicial y esto lleva a una situación de confrontación, aunque tal parece no es lo que el gobierno norteamericano pretende.

La disputa de México con EU es dispareja en extremo y quizás es lo que ve el expresidente López Obrador y su instinto le lleva a la fuga hacia delante, esto es, confrontar al presidente norteamericano en un cálculo imaginario de un amplio respaldo popular en México y la previsible derrota de Trump en noviembre. El expresidente no entiende que su ciclo concluyó, el tufo de la narcopolítica lo llevó al desprestigio y mina su otrora positiva imagen y también parece ignorar que el embate de EU por la impunidad en México incluye a los demócratas en el poder.

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