Del “nadie me quiere”, al amplio anhelo de su ausencia
Existe una etapa particularmente delicada para cualquier figura política. No ocurre cuando aparecen los primeros críticos. Tampoco cuando surgen los adversarios más feroces. Ni siquiera cuando se acumulan derrotas, escándalos o cuestionamientos. Ocurre cuando una parte creciente de la sociedad deja de preguntarse cómo terminar esta etapa y empieza simplemente a imaginar cómo sería la vida pública sin ella.
Donald Trump parece acercarse peligrosamente a ese momento.
Durante años consiguió polarizar a Estados Unidos y buena parte del mundo entre quienes lo admiraban y quienes lo detestaban. Durante años convirtió el conflicto en combustible político, la confrontación en espectáculo y la polémica permanente en método de gobierno. Durante años logró que todo girara alrededor de su figura. Sus seguidores lo consideraban indispensable; sus adversarios lo veían como una amenaza. Pero unos y otros seguían hablando de él. Unos y otros seguían reaccionando a él. Unos y otros seguían girando alrededor de su órbita.
Sin embargo, existe una diferencia enorme entre ser amado, ser odiado y empezar a resultar agotador. El amor moviliza. El odio moviliza. El agotamiento desconecta. Y quizá ahí se encuentra uno de los cambios más significativos de esta etapa.
Porque ya no se trata únicamente de periodistas críticos. Ni de jueces incómodos. Ni de universidades resistentes. Ni de artistas inconformes. Ni de instituciones culturales tomando distancia. Ni de aliados internacionales recalculando posiciones. Ni de la OTAN cuestionando planteamientos. Ni de líderes conservadores europeos marcando límites. Ni de Richard Gere hablando en Oslo de uno de los momentos más oscuros para la democracia estadounidense. Ni de Robert De Niro endureciendo su discurso. Ni de Bruce Springsteen insistiendo en denunciar la degradación moral e institucional que percibe. Ni de Tom Morello, Joan Baez, académicos, intelectuales, escritores y comunicadores expresando preocupación.
Se trata de algo más profundo.
Se trata de una creciente sensación de cansancio.
De fatiga.
De saturación.
De desgaste.
De la percepción cada vez más extendida de que demasiados conflictos, demasiadas controversias, demasiadas tensiones y demasiados escándalos terminan teniendo el mismo protagonista.
Y cuando una sociedad empieza a cansarse de un personaje, suele comenzar a formularse una pregunta particularmente incómoda:
¿Y si simplemente dejara de estar ahí?
Ahí es donde los problemas empiezan a ser realmente serios.
Porque los líderes pueden sobrevivir al rechazo. Pueden sobrevivir a las críticas. Pueden sobrevivir a los escándalos. Pueden sobrevivir incluso a las derrotas. Lo que rara vez sobreviven intactos es al momento en que una parte creciente de la sociedad deja de considerarlos indispensables.
Y Trump construyó toda su carrera política alrededor de una idea central: la de ser indispensable.
El único capaz.
El único fuerte.
El único dispuesto.
El único que podía arreglarlo todo.
El único que entendía lo que nadie más entendía.
Pero la historia suele ser despiadada con quienes convierten su propia presencia en el centro del sistema. Porque llega un momento en que la conversación deja de girar alrededor de cómo conservarlos y empieza a girar alrededor de cómo reemplazarlos.
Ese cambio suele ser silencioso.
No aparece de golpe.
No llega acompañado de trompetas.
No se anuncia en una conferencia de prensa.
Primero surge la duda.
Después la fatiga.
Luego el rechazo.
Más tarde el deseo de distancia.
Y finalmente algo mucho más peligroso:
El amplio anhelo de ausencia.
Porque hay algo peor que generar enemigos.
Hay algo peor que generar rechazo.
Hay algo peor incluso que generar odio.
Generar la sensación de que el país, las instituciones, la cultura e incluso la conversación pública podrían respirar mejor sin uno.
Y ahí aparece la ironía más cruel de todas.
Durante años Trump cultivó la imagen del hombre imposible de ignorar.
Y lo consiguió.
Durante años fue el centro de todo.
Del apoyo.
De la crítica.
De la admiración.
Del rechazo.
De la noticia.
Del espctáculo.
Pero los personajes que convierten su omnipresencia en fuente de poder suelen descubrir tarde una verdad incómoda: la exposición permanente termina generando desgaste. Y el desgaste tiene una característica particularmente peligrosa. No produce necesariamente furia. Produce cansancio. No genera movilización. Genera desconexión. No provoca combate. Provoca indiferencia.
Y la indiferencia suele ser mucho más letal que la oposición.
Porque la oposición mantiene vivo al adversario.
La indiferencia comienza a volverlo prescindible.
Por eso quizá la evolución más significativa de Trump no sea política.
Ni electoral.
Ni judicial.
Ni mediática.
Quizá sea cultural.
Quizá sea emocional.
Quizá sea social.
Porque empieza a percibirse un tránsito cada vez más evidente.
Del “nadie me quiere, todos me odian”.
Al cada vez más amplio anhelo de su ausencia.
Y cuando una sociedad comienza a recorrer ese camino, la discusión deja de ser sobre el poder.
Empieza a ser sobre el legado.
Porque los gobernantes temen perder elecciones.
Los políticos temen perder influencia.
Los partidos temen perder poder.
Pero las figuras construidas alrededor de su propia omnipresencia temen algo mucho más profundo: descubrir que el mundo sigue adelante sin ellas.
Que las instituciones sobreviven.
Que la cultura se adapta.
Que la historia continúa.
Y que nadie es tan indispensable como llegó a creer.
Quizá por eso la pregunta más inquietante para Trump ya no sea cuántos lo apoyan ni cuántos lo critican.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra.
¿Cuántas personas empiezan ya no sólo a imaginarlo ausente?
¿Cuántas empiezan a desearlo?
Porque existe una diferencia enorme entre enfrentar adversarios y enfrentar fatiga.
Los adversarios combaten.
La fatiga se aleja.
Los adversarios mantienen viva la confrontación.
La fatiga empieza a clausurarla.
Y cuando una parte creciente de la sociedad deja de discutir cómo derrotar a un personaje y comienza simplemente a preguntarse cómo sería la vida pública sin él, algo profundo empieza a cambiar.
La respuesta a esa pregunta, muy probablemente, no será del agrado del pseudo emperador.
Sobre todo porque los emperadores suelen temer las rebeliones.
Pero lo que realmente termina derribándolos es descubrir que sus súbditos han dejado de considerarlos indispensables.
Y que incluso, comienzan a pensar que estarían mejor sin ellos.
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