Cuando “el pueblo” cabe en un acordeón

“La tiranía ejercida sinceramente por el bien de sus víctimas puede ser la más opresiva”.

C. S. Lewis

En Morena, la palabra “pueblo” cada vez significa menos ciudadano y más un conjunto de instrucciones impresas en un papel doblado. Acordeones para votar. Magistrados a modo para calificar comicios. Causales ambiguas para anular elecciones. El paquete completo.

La enclenque democracia mexicana ha entrado en una etapa más sofisticada de deterioro: ya no se desmonta a martillazos, se interviene desde dentro para presentarla como si se tratara de un perfeccionamiento institucional. Como más arañas con su presa, el régimen no destruye el árbitro; lo conserva envuelto en telaraña, lo viste de legalidad y luego lo pone a trabajar a su favor.

Eso fue lo que ocurrió esta semana en ambas cámaras.

Mientras desde Palenque se condena la reelección como uno de los grandes vicios históricos del poder —siempre que se trate de Porfirio Díaz o de cualquier fantasma útil para la narrativa—, Morena abrió la puerta para que SUS magistrados electorales puedan reelegirse y mantenerse en su cargo hasta el 2034.

Menos mal que la reelección es mala y condenable. Que indigne. El truco está en que solo es cuando conviene. Si se trata de los magistrados funcionales al régimen, entonces no es reelección: es continuidad institucional…

La iniciativa fue presentada por Sergio Gutiérrez Luna. Difícil no reparar en el detalle político: los mismos magistrados beneficiados han emitido resoluciones clave que terminaron favoreciendo directamente a su entorno político y a ellos en lo particular. La coincidencia es demasiado exacta para despacharla como casualidad administrativa.

Los nombres están ahí: Felipe de la Mata, Felipe Fuentes, Mónica Soto y Reyes Rodríguez Mondragón. La reforma les despeja el camino para quedarse casi una década más. No fue una decisión menor. Fue la institucionalización del pago político.

Y ni siquiera dentro de Morena faltaron alertas. Alfonso Ramírez Cuéllar dijo públicamente que la propuesta venía “llena de trampas”. La frase debió haber provocado una pausa de Morena. Pero, por el contrario, precipitó una votación. La maquinaria siguió adelante y aprobó el adefesio.

Maurice Duverger escribió que las reglas electorales son la arquitectura real del poder político. No son el decorado: SON el mecanismo. Cambiar los criterios nunca es neutral; define quién compite, quién gana y quién conserva el mando. Por eso importa tanto lo aprobado.

En el Senado, además, apareció la llamada “Comisión de Verificación de Integridad de Candidaturas”. Nombre impecable. Casi elegante. Suena institucional. Suena higiénico. Suena como si la República estuviera entrando en una etapa de mayor limpieza democrática. Pero leyéndola con cuidado, la impresión cambia: el margen de subjetividad es enorme. Tan amplio que la integridad puede terminar dependiendo de quién tenga mayoría y de qué candidato resulte incómodo. Lo mismo ocurre con la nueva posibilidad de anular elecciones por supuesta intervención extranjera. La redacción es tan laxa que cabe prácticamente todo: desde una operación real de influencia hasta un comentario publicado por un extranjero en redes sociales.

Y aparece la pregunta inevitable: ¿cómo van a justificar entonces la participación constante de figuras como Juan Carlos Monedero? Español. Operador político. Opinador permanente sobre México. ¿O la de Pablo Iglesias? ¿O las asesorías y vínculos políticos que durante años fueron celebrados desde la propia órbita de la 4T?

Cuando el extranjero coincide con la narrativa oficial es acompañamiento ideológico. Cuando incomoda es injerencia. La ley deja de ser criterio y se convierte en instrumento. Ese es el corazón del asunto. No buscan blindar la democracia. Buscan blindar el resultado. Que Morena gane en las urnas. Y si no gana, que con seguridad gane después. En la mesa. En el tribunal. En la interpretación. En el expediente. En cualquier parte donde todavía quede una rendija institucional disponible.

Mientras tanto, la oposición observa con una pasividad que ya no parece prudencia sino resignación. Se aprueba una reforma tras otra. No se modifica una coma. No se abre una discusión real. Y el Congreso termina funcionando como ventanilla de trámite.

Lo más revelador llegó con el debate sobre los acordeones. Maribel Solache defendió su uso con una frase que debería quedarse archivada en la picaresca política nacional: dijo que estudió en la UNAM y que ella también usaba acordeones. Una confesión de trampa convertida en argumento legislativo. Ni siquiera sienten la necesidad de disimular.

Ese es el punto más delicado del momento político. Cuando un régimen deja de ocultar el abuso y empieza a presumirlo, la impunidad ya dejó de ser una anomalía y se convirtió en método. No es solo que el Legislativo no le cambie una coma al Ejecutivo. Es que cuando decide innovar, a veces presenta algo todavía más funcional al control político. Ahí están la nulidad por “injerencia extranjera” impulsada por Ricardo Monreal y la reforma de magistrados de Sergio Gutiérrez Luna. Todo dentro de la ley. Todo votado. Todo aprobado. Todo perfectamente presentado como si fuera democracia.

La paradoja mexicana empieza a ser esa: el deterioro institucional ya no necesita romper puertas. Le basta con mayoría simple y un acordeón bien doblado.

Estamos oficialmente en una simulación democrática.

Giros de la Perinola

(1) ¿Qué resulta más escandaloso para Morena: que se busquen acuerdos internacionales para combatir al crimen… o que el crimen haya encontrado durante años tanta comodidad política dentro de la Cuarta Transformación?

(2) Y sobre Olga Sánchez Cordero. No. No fue rebeldía. Abstenerse frente a una reforma con causales vagas para anular elecciones no es ruptura política. Eso habría sido votar en contra. Punto.

Después de demasiadas votaciones decisivas que contribuyeron a debilitar contrapesos institucionales, intentar convertir una abstención en gesto heroico exige demasiada imaginación y muy poca memoria.

(3) La frase de Carolina Viggiano sí merece registro: “Sí les cayó como anillo al dedo todo esto que han hecho. Pero les tengo una noticia: ahora les va a caer como dedo en el anillo la justicia que viene detrás de ustedes”.

El que entendió, entendió.

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