Soberanía: la nueva palabra “mágica” de la 4t

“El patriotismo es el último refugio del canalla.”

Samuel Johnson

En la Cuarta Transformación hay palabras que ya no significan lo que significaban. “Transformación” dejó de ser cambio y pasó a significar permanencia. “Pueblo” dejó de ser ciudadanía y terminó convertido en escenografía. Y ahora “soberanía” corre exactamente en el mismo sentido: deja de ser una condición del Estado para convertirse en slogan de campaña, consigna de plaza y coartada política.

En los últimos días volvió a escucharse con fuerza. Claudia Sheinbaum la pronuncia. Morena la repite. La maquinaria oficial la distribuye como si fuera estampita de protección nacional: soberanía, soberanía, soberanía. Frente a Washington. Frente a cualquier crítica. Frente a quien cuestione. Frente a cualquiera que no aplauda a tiempo.

La palabra tiene carga histórica. Y por supuesto importa. A cualquier país serio le importa. Pero en México empieza a adquirir un uso peligrosamente familiar: el de concepto político convertido en blindaje emocional del régimen.

La pregunta no es quién está a favor de la soberanía. Eso sería demasiado fácil. La verdadera pregunta es quién decide qué significa el concepto… y para qué se está usando.

Y ahí empieza el problema.

En Morena ya se volvió costumbre confundir al gobierno con la patria. No es nuevo. López Obrador lo hizo seis años: quien criticaba una política pública no discrepaba del gobierno; atentaba contra “el pueblo”. Quien cuestionaba una decisión presidencial no ejercía ciudadanía: formaba parte de una conspiración. Ahora la estructura se recicla con otra palabra.

Hoy disentir de ciertas decisiones y implorar cooperación internacional, según el gobierno ya no es debate democrático. Es debilitar la soberanía nacional. Qué conveniente. Y peligrosísimo.

Porque la soberanía pertenece a la nación (incluidas a sus minorías, que conste), no al grupo gobernante. No a Morena. No a Palacio Nacional. No a la presidenta en turno. Mucho menos a quienes desde la estructura oficial deciden qué mexicano es patriota y cuál ya empieza a parecer sospechoso. Ese desliz verbal importa más de lo que parece.

La historia política mexicana está llena de gobiernos que confundieron respaldo político con legitimidad nacional. Todos se sintieron intérpretes exclusivos del país. Todos hablaron en nombre de una voluntad superior. Todos presentaron la crítica como amenaza. Y casi todos acabaron deteriorando justo aquello que juraban proteger.

La soberanía real no se construye desde un templete. No nace de llenar el Zócalo. No depende de repetir una palabra hasta volverla mantra.

La soberanía verdadera descansa en otra parte: en sus propias instituciones capaces de hacer cumplir la ley. En un Estado que controla su territorio. En ministerios públicos que funcionan. En finanzas públicas sostenibles. En capacidad para recaudar. En seguridad jurídica. En reglas claras. En autoridad civil legítima. En la no presencia del narco y del crimen organizado. Ahí se mide la soberanía. Y solo ahí.

No en la épica de micrófono. No en el aplausómetro. No en la liturgia partidista.

Y aquí entra la parte incómoda. Porque mientras el discurso oficial se envuelve en soberanía nacional, México sigue teniendo regiones enteras condicionadas por el crimen organizado. Aduanas vulnerables. extorsión expandida. un sistema de justicia quebrado. Pemex convertido en paciente permanente de cuidados intensivos fiscales. obras estratégicas que cuestan más de lo prometido y producen menos de lo acordado. Eso toca la soberanía. Más que cualquier declaración.

Un país no es más soberano por pronunciar la palabra con mayor volumen. Es más soberano cuando puede ejercer autoridad efectiva sin pedirle permiso a poderes paralelos.

Y ahí la propaganda de la 4t empieza a estorbar.

Porque además el nacionalismo oficial suele ser bastante selectivo. La 4T endurece el tono frente a ciertos señalamientos externos, pero negocia otros con notable flexibilidad cuando conviene. Se denuncia “injerencia” según el tema del día y luego se ejerce pragmatismo absoluto si el costo político aprieta.

No hay contradicción en negociar. No hay traición al solicitar —exigir— ayuda internacional. Así funciona cualquier país. La contradicción está en convertir unas presiones en afrenta patriótica y otras en diplomacia responsable dependiendo de la necesidad narrativa del momento.

Eso ya no es doctrina. Es utilería.

Y luego viene la otra parte: los “traidores”. Siempre aparecen. Siempre hay que encontrarlos. Siempre conviene señalarlos. Una democracia madura tiene oposición. Tiene crítica. Tiene prensa incómoda. Tiene voces que irritan (incluso desde el exterior). Tiene desacuerdo fuerte. Un régimen inseguro, en cambio, necesita enemigos internos.

La diferencia importa muchísimo.

Y uno empieza a notar ciertos movimientos. El discurso del gobernante se endurece. La carga simbólica sube. La polarización vuelve a acelerarse. La conversación pública empieza a dividirse otra vez entre leales y adversarios. Y eso suele anunciar algo.

No necesariamente una crisis inmediata. Pero sí una fase política distinta.

Cuando el poder empieza a blindarse con palabras totémicas —patria, soberanía, traición— normalmente ya no está tratando de explicar una política pública. Está tratando de ordenar emocionalmente el campo político. Está alineando. Está midiendo lealtades. Está preparando el siguiente tramo.

Y vale la pena mirar qué viene después. Porque en política las palabras raramente llegan solas. Detrás suele venir la presión institucional. El intento de deslegitimar al crítico. El cierre de filas La narrativa de resistencia. La necesidad de convertir cada desacuerdo en combate moral. Y México ya conoce demasiado bien esa película.

Por eso pienso que la discusión no debería centrarse en quién grita más fuerte “soberanía”. La discusión tendría que empezar por algo mucho más simple y bastante menos teatral: ¿el Estado mexicano puede ejercer plenamente su autoridad en todo su territorio? Sí o no. ¿Sus instituciones funcionan con independencia? Sí o no. ¿La ley vale igual para todos? Si o no. ¿Las finanzas públicas resisten? Sí o no. ¿La seguridad pública mejora? Sí o no. ¿La autoridad civil manda realmente? Sí o no.

Ahí vive la soberanía. Todo lo demás puede convertirse en farsa.

También las ceremonias políticas cargadas de farsa tienen algo muy útil: lucen poderosas incluso cuando están diseñadas para esconder fragilidad. En eso la Cuarta Transformación ya tiene bastante experiencia.

La soberanía es demasiado importante como para dejarla convertida en palabra favorita del sexenio. Y demasiado seria como para volverla decoración verbal del poder.

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