Todos son “tan buenos”… que los están cambiando

“Cuanto más corrupto es el Estado, más leyes tiene.”

Tácito

En política existen cambios que se anuncian como regeneración y terminan siendo apenas una mudanza de oficina con presupuesto incluido. Se mueven nombres, se actualizan organigramas, se cambian placas en las puertas y se reparten sonrisas para la foto oficial. El ritual administrativo se cumple impecablemente. La liturgia también. Y el fondo permanece exactamente donde estaba: intacto… o un poco más deteriorado que antes.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha iniciado una primera ronda de ajustes en su gabinete y en posiciones estratégicas del régimen. La narrativa oficial habla de fortalecimiento institucional, cercanía política y consolidación del proyecto. Todo muy técnico. Todo muy sereno. Todo muy “son cuadros valiosos”. Como si el país estuviera rodeado de premios Nobel de administración pública y no de la misma fauna política que lleva años intercambiándose cargos como quien gira una perinola: toma todo, deja poco y vuelve a empezar.

En la teoría política clásica, Max Weber distinguía entre burocracias profesionales y estructuras patrimoniales. Las primeras premian resultados; las segundas premian lealtades. Las primeras exigen capacidad técnica; las otras exigen obediencia y disponibilidad permanente. Morena lleva tiempo esforzándose por demostrar que Weber entendió perfectamente a México… con un siglo de anticipación.

Porque a los funcionarios eficaces normalmente no se les remueve. Se quedan. Se fortalecen. Acumulan resultados. Construyen reputación administrativa. Cuando empiezan los cambios en cascada suele haber otra explicación: se premia disciplina, se acomoda a los propios, se reubican lastres o se protege a quienes ya resultaban demasiado incómodos en el puesto anterior.

Eso no es teoría. Es práctica política mexicana. Y de la vieja.

La llamada “foto del desaire” en el Zócalo terminó funcionando como una imagen de época. Ahí no sólo quedó claro quiénes se sentían más poderosos que la propia presidenta. También quedó retratada una generación política que ha hecho carrera en Morena acumulando cargos, influencia y expedientes. Mucho expediente.

Ahí sigue Adán Augusto López Hernández, conservando fuero y peso político mientras la sombra de su exsecretario de Seguridad y el caso de La Barredora se niegan a desaparecer.

Ahí está Gerardo Fernández Noroña: tribuno de la austeridad republicana por la mañana y aristócrata presupuestal por la tarde. Un revolucionario que descubrió que el poder sabe mejor con chofer y viáticos.

Ricardo Monreal permanece visible, sí, aunque cada vez con menos capacidad real para ordenar la conversación política. Su talento principal ha sido sobrevivir a todos los sexenios y siempre encontrar una silla disponible antes de que apaguen la luz.

Y Andy López Beltrán pasó de heredero intocable a nombre cada vez más incómodo dentro del propio movimiento. El apellido continúa abriendo puertas; los resultados no necesariamente.

Luego vienen los reciclajes. Aparece el verdadero lenguaje del régimen.

Ariadna Montiel dejó Bienestar después de consolidar la maquinaria territorial más poderosa de la administración. La red clientelar —perdón, la política social— que reparte miles de millones y estructura la presencia del gobierno en cada rincón electoralmente rentable del país.

Pero las preguntas incómodas siguen pendientes. Esa no las respondió. ¿Cuáles fueron los indicadores de impacto? ¿Qué tan eficiente fue el gasto? ¿Cuánto mejoró realmente la movilidad social? ¿Qué auditoría externa puede demostrar resultados? Silencio administrativo.

Y ahora aterriza en Morena. No es un ajuste menor. Es el traslado más transparente de una lógica que desde hace tiempo funciona a la vista de todos: converti, ilegal y antidemocráticamente, la capacidad territorial del ESTADI en músculo político del PARTIDO. Giovanni Sartori llamaba a eso colonización partidista del aparato institucional.

En México le dicen transformación…

En su lugar entra Leticia Ramírez Amaya, recordada por aquella escena memorable en la SEP donde no pudo explicar cómo aprenderían matemáticas los niños bajo el nuevo modelo educativo. No fue una anécdota: fue un resumen ejecutivo del sexenio. Y ahora llega al Bienestar.

Nada transmite confianza como mover del sistema educativo a la principal estructura social del gobierno a alguien cuyo mayor logro político fue convertir una respuesta básica en patrimonio del archivo nacional.

Citlalli Hernández dejó la Secretaría de las Mujeres después de una gestión tan tenue que la ausencia tardó más en detectarse que una falla en el elevador de cualquier oficina pública. Ahora reaparece en la operación electoral interna. Curioso mecanismo. Cuando no entregan resultados administrativos, se les envía a donde el desempeño se mide en votos. Y cuando tampoco funciona ahí, siempre queda una candidatura.

Agricultura también tuvo relevo. Julio Berdegué salió. Columba Jazmín López Gutiérrez entró. Se vende como ajuste técnico.

En Palacio Nacional “ajuste técnico” suele significar otra cosa: alguien dejó de ser útil donde estaba y alguien más necesita empezar a construir visibilidad rumbo a lo que viene.

Pemex sigue siendo otro monumento a la ironía oficialista. La antigua joya de la soberanía nacional se convirtió en una deuda colosal con respiración asistida. Presión financiera, pagos a proveedores pateados hasta donde alcance el calendario y la amenaza constante de nuevas degradaciones. Pero eso sí: el discurso patriótico sigue llegando puntual. En eso no hay retrasos.

Y mientras tanto empiezan a moverse piezas que dicen más de 2027 que del presente. Santiago Nieto mirando Querétaro. Estela Damián mirando Guerrero. Otros acomodándose. Otros blindándose. Otros simplemente esperando que la música no se detenga antes de encontrar nueva silla.

Por eso cuando Sheinbaum insiste en que “todos son muy buenos”, la frase termina produciendo exactamente el efecto contrario. Si todos son tan buenos, ¿por qué tantos relevos? Si el desempeño fue extraordinario, ¿por qué moverlos?

Y si además viene una Comisión de Verificación de Integridad para impedir narcocandidatos, aparece una pregunta bastante más interesante que cualquier boletín oficial: ¿quién va a verificar a los verificadores?

Porque el problema ya no es que cambien funcionarios. Eso ocurre en cualquier gobierno. El asunto es que aquí cambian de oficina, de escritorio y de tarjeta de presentación… pero no cambian los incentivos, no cambian las nefastas prácticas y no cambian las lealtades.

Robert Michels escribió hace más de cien años que toda organización termina construyendo una élite que aprende a preservarse a sí misma por encima de cualquier promesa original. Morena juró ser la excepción. Y terminó perfeccionando la regla.

Giro de la Perinola

Palacio presenta estos movimientos como renovación. Morena los vende como fortalecimiento interno. Y dentro del oficialismo cada vez más voces empiezan a leer otra cosa: el acomodo anticipado rumbo a 2027 y el blindaje de quienes necesitarán estructura, presupuesto y cercanía en los próximos meses.

Mover piezas sirve para premiar. Mover piezas sirve para disciplinar. Mover piezas sirve para acomodar candidaturas. Y en política mexicana también sirve para algo todavía más práctico: tener cerca a quienes conviene proteger… y todavía más cerca a quienes algún día podrían hablar de más.

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