Moody’s rompe la ilusión

El gobierno federal recurre nuevamente al discurso triunfalista para tratar de ocultar una realidad económica cada vez más preocupante. El anuncio de la Secretaría de Hacienda sobre el llamado “Plan México” para atraer y repatriar capitales pretende vender la idea de que el país sigue siendo un destino confiable para la inversión.

Sin embargo, el mensaje llega momentos en que México enfrenta una crisis de confianza, caída de inversión y el peor deterioro de sus finanzas públicas en décadas.

Hacienda habla de “fortaleza macroeconómica” mientras la agencia Moody’s degrada la calificación soberana de México a Baa3, que representa el último escalón antes de perder el grado de inversión.

Aunque el gobierno sigue actuando como si nada ocurriera, Moody’s fue contundente: el deterioro fiscal, el bajo crecimiento, la carga de Pemex sobre las finanzas públicas y la debilidad institucionalerosionan la capacidad financiera del país.

Claudia Sheinbaum heredó una economía debilitada por el gasto descontrolado del sexenio anterior, megaproyectos improductivos y rescate permanente de Petróleos Mexicanos. Las consecuencias son evidentes: déficit fiscal histórico, deuda, menor inversión y estancamiento de la economía.

El “Plan México” parece más una estrategia desesperada para conseguir liquidez que un verdadero programa de desarrollo. Porque ningún capital serio regresa a un país donde el Estado de derecho se debilita, el poder judicial fue capturado políticamente y las reglas cambian constantemente.

Esta administración tendría que entender que la inversión no llega por discursos mañaneros. Llega con certeza jurídica, seguridad, energía y confianza institucional, no donde el gobierno mantiene una confrontación permanente con el sector privado.

Dependientes y sin nearshoring

México pasó de la oportunidad de convertirse en potencia del nearshoring, a una economía atrapada en la incertidumbre política y fiscal. Incluso Moody’s advirtió que el deterioro institucional y las reformas impulsadas por Morena representan un riesgo para los contrapesos democráticos y la estabilidad económica.

Lo intentan, pero no se pueden maquillar las cifras de la caída de la Inversión Extranjera Directa ni que buena parte de la inversión que reportan corresponde a reinversión de empresas ya instaladas y no a nuevos capitales. El dinero fresco simplemente no llega al ritmo prometido.

A pesar de que el gobierno descalifica mediciones externas, las empresas observan con preocupación la inseguridad, la extorsión del crimen organizado, la falta de energía y la presión política desde Palacio Nacional.

Remesas: dólares ajenos

Durante años el obradorismo presumió las remesas como si fueran un logro gubernamental, cuando en realidad son resultado del trabajo de millones de mexicanos expulsados por la falta de oportunidades.

México terminó dependiendo de esos dólares para sostener el consumo interno y estabilizar regiones enteras, sin embargo, esa entrada comienza a deteriorarse. Reportes financieros advierten meses consecutivos de caída.

Y el panorama empeora. Donald Trump firmó la orden ejecutiva “Restaurando la integridad al sistema financiero de Estados Unidos”, que plantea mayores controles bancarios, vigilancia sobre operaciones sospechosas y contra redes vinculadas al lavado de dinero, migración irregular y crimen organizado. Es decir, Washington decidió tratar los flujos financieros ligados a migración y narcotráfico como un asunto de seguridad nacional.

Las nuevas obligaciones podrían afectar aún más el flujo de remesas. El problema es que México terminó dependiendo de dos grandes fuentes externas de dólares que no provienen de un crecimiento económico sano: las remesas enviadas por migrantes y los enormes flujos de dinero ilícito vinculados al narcotráfico, huachicol, contrabando y lavado de dinero que se insertaban en la economía gracias a gobierno permisivos o incapaces.

Mientras otros países se dedicaban a atraer inversión productiva, México se acostumbró a sobrevivir por dinero que llegaba desde fuera, legal o ilegal.

La economía dejó de crecer de manera sólida, para depender del consumo financiado por remesas, gasto público deficitario y flujos oscuros de efectivo.

Pero la burbuja se revienta: las calificadoras encendieron las alertas, los mercados observan con cautela, los inversionistas frenan proyectos, el déficit crece y Pemex sigue siendo un barril sin fondo.

Ante el complejo panorama Hacienda responde con propaganda para negar la realidad. Resulta trágico que el gobierno todavía crea que slogans patrióticos y programas clientelares bastan para sostener una economía moderna.

La realidad es que los mercados no operan con ideología; operan con confianza. Y si el país pierde el grado de inversión, las consecuencias serán devastadoras: aumento del costo de la deuda, fuga de capitales, presión sobre el peso, menor inversión y una desaceleración económica aún más severa.

X: @diaz_manuel

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