Inspirarse en Yucatán y Tabasco
Con el paso de los días, el respaldo al proyecto de la Cuarta Transformación crece con más fuerza, más claridad y más convicción en la conciencia del pueblo. Hace apenas unos días, con un panorama contundente, quedó demostrado que este despertar no solo habrá de consolidarse en los lugares donde Morena cuenta ya con un amplio apoyo ciudadano, sino también en aquellos territorios que durante décadas permanecieron sometidos al dominio del conservadurismo.
Morena, por ejemplo, no solo aspira a ganarle el terreno que domina el panismo, sino a superarlo sustancialmente en las urnas con una ventaja que le otorgue una legitimidad para gobernar más allá del tema de partidos. Nuestro tiempo, cambiante en todas sus formas, ha generado las condiciones para ganar los territorios que, durante un buen lapso, dominó el PRIAN. Las mismas encuestas, dignas del trabajo que realizan, resultan un mecanismo infalible de la realidad que vivimos y que, desde luego, percibe los síntomas que aquejan a una derecha que ha concluido su ciclo de hegemonía en Querétaro y Chihuahua.
Existen razones fundadas para sostener que se aproxima una transformación de gran calado en la vida pública del país. Morena, en coalición con sus aliados, perfila una competencia altamente favorable en 16 de 17 gubernaturas. Para algunos, ello podría parecer una exageración en sus proporciones; sin embargo, la experiencia reciente de Yucatán demuestra que, cuando la voluntad popular se expresa con claridad, incluso en los escenarios que parecían más adversos, pueden modificarse de manera decisiva; la voluntad se impone por encima de cualquier cosa.
Conviene subrayarlo: durante años, aquella entidad estuvo acompañada por una narrativa persistente de exaltación al PAN y a sus gobiernos. Se insistía, una y otra vez, en presentar a Yucatán como ejemplo incuestionable de buen desempeño administrativo. No obstante, esa construcción discursiva, por sí sola, no constituyó garantía alguna de continuidad para una fuerza política. Los hechos lo confirmaron: en ese contexto, Morena irrumpió con determinación y, con una ventaja clara, venció a la derecha, evidenciando que se venía gestando una nueva mayoría social y política. Más que un episodio aislado, lo ocurrido reveló el avance sostenido de un proyecto que ha sabido traducir sus principios en resultados y consolidarse como una auténtica expresión de la Cuarta Transformación.
Uno de los factores decisivos en ese proceso fue, sin duda, el liderazgo de quien hoy gobierna Yucatán. Joaquín Díaz Mena asumió el reto de enfrentar una estructura política largamente consolidada por el PAN y lo hizo en una contienda de alta intensidad, que por su relevancia y competitividad atrajo la atención nacional.
Huacho, como es conocido públicamente, logró articular una campaña con mensaje, cercanía y rumbo, centrada en compromisos que después encontraron cauce en el ejercicio de gobierno. Al mismo tiempo, supo resistir la presión propia de disputar un bastión histórico del panismo. Visto en perspectiva, aquella elección representó una prueba mayor: no solo se trataba de competir contra un adversario con arraigo, sino de abrir paso a una nueva correlación de fuerzas frente a una maquinaria política empeñada en preservar su hegemonía.
Ejemplos como este resultan especialmente inspiradores en la etapa de definiciones que está por comenzar. El caso de Joaquín Díaz Mena es ilustrativo no solo por la magnitud del triunfo alcanzado, sino también por los resultados que su administración ha empezado a ofrecer. Su gestión se ha colocado, con razones atendibles, entre las mejor evaluadas del país, particularmente por los avances en materia de seguridad. No es un dato menor: hoy Yucatán figura entre las entidades con mejores condiciones para vivir, y ello fortalece la idea de que un cambio político puede traducirse en estabilidad, confianza y bienestar.
A la luz de esa experiencia, Morena tendría que asumir que la competencia por venir exige romper inercias, desafiar antiguos paradigmas y actuar con plena determinación. La apuesta, en ese sentido, pasa por disputar con seriedad aquellos enclaves que durante años parecieron inamovibles, hasta volver posible lo que antes se consideraba improbable.
Y si de ejemplos se trata, Morena también tendría que poner sobre la mesa la victoria histórica alcanzada en Tabasco. Más de ocho de cada diez votantes refrendaron allí su respaldo al proyecto de transformación, en una muestra de fuerza política que difícilmente puede pasar inadvertida. Desde luego, la coalición Seguimos Haciendo Historia no tendría que caer en excesos de confianza; pero sí puede asumir que, al menos en el arranque de esta nueva etapa, las condiciones le resultan ampliamente favorables.
No hace falta demasiada suspicacia para advertir que Morena atraviesa uno de sus momentos de mayor claridad estratégica y cohesión política. Si a ello se suma la capacidad de movilización que el movimiento ha demostrado en coyunturas decisivas, aparecen dos factores que, combinados, pueden convertirse en una ventaja de gran alcance frente a sus adversarios. En ese contexto, todo indica que la presidenta ha encontrado una fórmula eficaz para reconfigurar la dirigencia nacional y reordenar las piezas de un ajedrez político que hoy empieza a jugarse.
Notas finales
No se puede ceder ante la ignominia ni guardar silencio cuando el poder público echa mano sin responsabilidad. La opinión pública tiene derecho a saber con nitidez la gestión de quienes ocupan posiciones de alta representación, más aún cuando recae sobre ellos el deber de coordinar una fracción parlamentaria. Por ello, el señalamiento en torno a la actuación del senador Ignacio Mier merece ser atendido con seriedad, sin evasivas ni encubrimientos.
Si los hechos denunciados se confirman, no estaríamos frente a un episodio menor, sino ante una conducta inadmisible que exhibe un profundo agravio y una falta de ética incompatible con la vida pública.
Normalizar ese tipo de prácticas equivaldría a degradar el sentido mismo de la representación política. En ese contexto, nuestra solidaridad con Natalia Suárez no solo es pertinente, sino necesaria. Respaldarla también significa defender la dignidad, la integridad y los principios que no tendrían que negociarse jamás dentro de un proyecto de transformación.
Lo que hizo Natalia, por ejemplo, es digno de reconocerle, mayormente cuando se pasan por encima los preceptos de la 4T con violencia política en contra de ella de parte de un legislador, que ha desconocido la labor irrestricta de una mujer de convicciones.