Impronta fascista

Importada de los símbolos empleados por los romanos en su época imperial, emana la palabra fasci que después derivó y popularizó Mussolini como fascismo; el origen de ese vocablo refería un enlace de varas que se mostraba como culto e implicaba una especie de armado para construir unidad.

La pervivencia del fascismo después de la segunda guerra mundial no ha tenido éxito como despliegue abierto, pero sí como influencia en ciertos regímenes políticos; desde luego, no se ha implantado como tal en México, pero su genética ha sido transmitida hacia el populismo, al tiempo de constituirse en una fuente que aporta acerbos y pautas que, de vez en vez, buscan reproducirse mutando su forma. La deriva populista generó modalidades sustentadas en fundir el liderazgo del líder con el pueblo, pero para hacerlo fue necesario fraccionarlo en dos partes antípodas; de un lado el pueblo auténtico, el pueblo trabajador, el pueblo bueno, el pueblo sabio; del otro el que representaba a una élite repudiable: Se Trata de una división orientada a producir una cesura o antinomia en dos clases, en donde una de ellas aparece como la legítima expresión del pueblo, en tanto la otra se presenta como execrable.

Uno de los tópicos más acendrados que reporta el traslado empático entre fascismo y populismo se refiere al culto del líder por encima del marco de las instituciones. En 1940 Hitler respondería a la pregunta auto formulada de ¿qué soy yo?, para señalar que no soy más que el portador de la voz del pueblo alemán; en sentido casi idéntico, tanto Hugo Chávez como Andrés Manuel López Obrador señalaron, cada uno por su parte y en distintos momentos: ya no me pertenezco, le pertenezco al pueblo.

De hecho, la palabra más empleada por los nazis fue la de pueblo (volks); el uso, abuso y monopolización de ese concepto encaminó la ficción de constituirse en un Estado que encarnaba al pueblo mismo, al tiempo que conllevó a cuestionar y desacreditar la estructura de intermediación que, convierte a la voluntad popular en políticas de gobierno a través del Congreso y de la institucionalidad que se forma; en ese mismo sentido el recelo hacia los partidos, así como a las organizaciones sociales.

Como lo anunciaba el símbolo de los fasci, la idea de construir una unidad indisoluble se asoció a un líder fuerte, dotado de las aptitudes necesarias para hacer valer la voluntad del pueblo; una de sus expresiones más claras lo fue la reforma de 1933 que impulsó el entonces Canciller Adolfo Hitler para obtener el respaldo del propio parlamento para legislar sin consultar a ese cuerpo legislativo, que se conoció como “ley para remediar las dificultades del pueblo y del Reich”. Desde ese punto se desplegó de forma irrefrenable el régimen nazista.

De alguna manera esa disposición tiene paralelismo con la conformación de una brutal sobrerrepresentación en el Congreso mexicano en el año 2024, en tanto otorgó de manera legal -pero ilegítima- al gobierno de morena una mayoría calificada que, en los hechos, anuló la pluralidad parlamentaria y al propio Congreso, convertido así en una caja de resonancia y reproducción de la voluntad presidencial con una disidencia opositora reducida a lo testimonial. La ecuación política que sustentó la desproporción implicó el “milagro” de convertir una representación del 54% de los votos obtenidos por morena y sus aliados en la obtención de más del 70% de los espacios en la Cámara de Diputados y, en paralelo, el cercenamiento de la oposición al reducirla de un 46% en la votación alcanzada, en una presencia de poco más del 20% en ese órgano colegiado.

Dentro de esa misma simbiosis es posible referir la reforma del poder judicial en el propio 2024, en cuanto politizó a ese poder y, en la praxis, lo incorporó al eje del presidencialismo que, encuentra similitud con la creación en 1934 de los Tribunales Populares que amparaba el nazismo radical sobre la que Carl Smith, en su etapa nazista, respaldó con el argumento que Hitler representaba la justicia viva que emanaba del pueblo, tal y como lo narra Ginzberg en su libro “Síndrome 1933”.

En ese transe la anulación del poder judicial como órgano autónomo, última instancia de determinación inapelable y con racionalidad ajena al dominio político quedó decretada, puesto que la reforma mexicana de 2024 lo vinculó al mandato popular a través del proceso electivo y, en esa medida, inscrito en la esfera del presidencialismo con dominio hegemónico sobre el poder legislativo, el proceso de procuración de justicia y, desde entonces, sobre el poder judicial y sus medidas disciplinarias en caso de advertir resoluciones que resultan inconvenientes al gobierno.

Resta plantear un tema muy relevante en la morfología del fascismo y que lo relaciona con la violencia; de hecho, el fascismo reivindicó la red de identificación y vinculación surgida de las trincheras en la primera guerra mundial. Ahí la determinación y carácter resolutivo de personas dispuestas a la acción, así como a conseguir sus propósitos a través de los medios que lo hicieran posible, como lo fue el uso y abuso de la violencia a través de aparatos y organizaciones especiales, expresado en la famosa SS en el caso Nazi o de las camisas negras como grupo paramilitar de Mussolini.

Para el caso de México y de los gobiernos morenistas es posible encontrar una organización paramilitar dentro del Estado, si ésta se ubica en los grupos del narcotráfico y se asume que su operación ha resultado vinculada al propio aparato público a través de la confabulación y la complicidad, como bien lo sugiere el involucramiento de estas formas organizativas en los procesos electorales y en el financiamiento político. La difusión del modus operandi que llevó al famoso gobernador con licencia de Sinaloa, Rocha Moya, a conquistar las elecciones de 2021 en esa entidad es una manifestación clara de ese fenómeno.

El testimonio que presentó el entonces candidato de la coalición PRI, PAN y PRD en esas elecciones, Mario Zamora, para impugnar dichos comicios, así como los reportajes y testimonios existentes sobre ese proceso, hablan de la operación del narcotráfico a la manera de instancias paramilitares asociadas al gobierno y a los intereses de Morena. Ese ejemplo es posible extrapolarlo a otras entidades y procesos, completados éstos con una operación política que vinculó a gobernadores priistas, que habían sido derrotados, a desempeñar cargos en el servicio exterior mexicano, lo que coadyuvó a que la movilización y reclamos post electorales fueran débiles en esas entidades.

Es evidente que la impronta fascista ha permeado en la estrategia que el gobierno y su partido ha implementado en los años que llevamos recorridos desde 2018 y del famoso segundo piso que ya cruje con estertores que hablan de la amenaza de desquebrajarse, y que plantean rompiendo las complicidades.

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