Tiempos performativos

Mayo y junio se han convertido en los meses en que se conmemora el orgullo de todas las siglas que conforman a la humanidad que es diversa, aquellas personas que no encajan dentro del esquema binario hombre-mujer y que tampoco se relacionan únicamente con personas del sexo opuesto. En la sede internacional de la paz, La Haya, durante este sábado se celebraron conciertos y protestas porque la diversidad sigue siendo castigada de distintas maneras.

En lo blando, quienes tienen identidades diversas y se expresan mediante ellas con formas de vestir o de hablar a menudo son excluidos o burlados. En lo duro, varios países siguen enviando a la cárcel a los distintos, prohibiendo uniones entre personas del mismo sexo y hasta condenándoles a morir o justificando socialmente los ataques que les hieren hasta desaparecerles. Pero en las jardineras que preceden el acceso a la Corte Internacional de Justicia, la palabra “paz” se inscribe en piedra recitada con todos los alfabetos e idiomas de los países que integran las Naciones Unidas, pues la Corte es el principal órgano judicial precisamente de aquel organismo tan poco respetado últimamente, las Naciones Unidas.

Pensaba en esa tremenda paradoja mientras una Drag Queen, apodada como “Mamma”, bailaba cerca de la estación central del tren durante un concierto, con tacones espléndidamente altos, un cuerpo finísimo envuelto en una tela casi serpéntica, brillosa, ajustada con tonos de animal print felino que no dejaba duda de la ferocidad salvaje en su performance. Justamente, un performance. Amado, aplaudido y difícilmente de ser sostenido en el diario cotidiano.

Vivimos en tiempos del performance, en que el principio de Pareto se aplica a la vida pública y a lo que decidimos exhibir en redes sociales con la regla del 20-80, donde el 20% de esfuerzos brinda el 80% de resultados, o como realmente indica su contenido, que en la mayoría de los fenómenos, el 80% de los resultados proviene del 20% de las causas. Prácticamente, todo se ha vuelto performativo, desde la inclusión hasta la paz, la literatura y la cultura hasta el deporte y el ocio. El tiempo libre es señal de libertad, pero no puede ser demasiado porque entonces aparenta vagancia. El trabajo es señal de compromiso, pero no todo el tiempo pues aquello proyecta explotación y sometimiento. La lectura es símbolo de cultura, pero no en exceso porque entonces el lector parece aburrido, antisocial, raro.

Las reuniones son networking y las habilidades sociales, junto con la inteligencia emocional, las herramientas más sofisticadas para asegurarse el éxito, pero no en demasía, pues asistir a todo por demasiado tiempo es un indicador de excesiva disponibilidad que muestra la ausencia de agenda y compromisos propios, incluso puede ser una señal de inmadurez, fiesteo, bobería, tonteo. Estar ocupado es performativo en la justa dimensión de la exclusividad y disponibilidad. Uno debe tener algo de tiempo para conocer las Galápagos o disputarse metas deportivas, así como tener algo de actividades para sostener misterios detrás de los no poder participar en un encuentro. Tan performativa es la era que vivimos, que inclusive lo que sucede dentro de casa es performativo. Los domingos familiares son una publicación perfecta en redes sociales sobre aquel balance, las mañanas de sábado estrenando una receta y compartiendo el ansiado resultado o las madrugadas del domingo escalando alguna montaña helada.

No sabríamos de aquel performance si no fuese por el testigo hambriento de contenido, esos celulares, cámaras y micrófonos portátiles ávidos de transmitir nuestra performatividad.

Entonces vivimos en la era en que Miu Miu, la marca de moda de alta costura originaria de Italia, abre un club de lectura de verano con lo mejor de la cultura performativa del momento, permitiendo compartir el veinte por ciento del gusto por libros o los resúmenes sintetizados de ellos, conversaciones con otros lectores y algo de vino con otras personas que aman el estilo y pueden costearse aquellos productos. Tal como en tiempos en que la corona inglesa organizaba fiestas y banquetes que permitieran lucir a cortesanas y nobles sus talentos. Como toda aplicación del principio, ese veinte por ciento de personas que pueden actuar de manera performativa para convencernos de los ideales también performativos de la época, guardan influencia en el otro 80% de la sociedad que vive su diario cotidiano recordando la escena performativa en alguna publicación de alguno de aquellos del veinte por ciento. Piensan tal vez, en leer o en ahorrar para el bolso miu miu que dará acceso al próximo verano de lectura. Se cuestionan crear contenido, dejar de consumirlo, volver a sus rutinas que no dan el ochenta por ciento de descanso suficiente.

El problema de la cultura performativa es que se construye en parecer más que en ser. Aquella Drag Queen parecía una mujer que el estereotipo estético podría dictar como “perfecta”, irreal para vivir lo diario. Esa lectora hambrienta o aquella escritora performativa que actúa en torno a proyectar su ochenta con el veinte de Pareto, podría en realidad no ser una amante de la literatura. Los amantes de la literatura auténticos, tal vez sigan sumergidos en la última crisis existencial que el libro más reciente les dejó y tampoco tuvieron tiempo de publicarlo en sus redes. Los países performativos que claman la paz en discursos, comunicados o expresiones tan solo pueden comprender aquella paz como el imperio de sus visiones y el triunfo de su manera de entender la historia, aunque aplaste a otras naciones.

Aquella persona perfectamente calificada en el veinte por ciento social se mantiene hermético y distante, rodeado de personas que aman su superficie, sufriendo en silencio la soledad que se siente en la profundidad, consciente de que todo su entorno son también máscaras performativas en sus espacios performativos que no tolerarían un poquito de autenticidad o franqueza. Pero la autenticidad también es performativa, ser un poco wild, un poco young, un poco healthy, un poco funny, un poco funny, un poco strong, un poco aesthetic. Parecer sin ser, la máxima tristísima de los tiempos performativos.

Solo entendiendo eso es que la rebeldía de la auténtica autenticidad privada suena tan cuerda, la que se compone de todo lo que no es performativo y que probablemente ni siquiera deja huella de que pasó. Renunciar a creer en el performance. Renunciar también a la urgencia de integrarlo, renunciar a la tiranía de documentar el journaling, renunciar a la tiranía de comunicarlo todo y renunciar también a la idea de que construir marca personal es el único camino porque el producto somos nosotros mismos. Respetar las decisiones de otras personas y la vida de otras especies solo porque son seres vivos, sin necesidad de colocar mil banderas y gritar la inclusión del orgullo por meses. Renunciar a vivir performativamente para convencernos de existir auténticamente fuera de las métricas paréticas, aquel será el único camino para dejar de transitar obedientemente los tiempos performativos que esclavizan la apariencia sin materia y sin contenido, aferrarnos a los otros no performativos para vivir fuera de la performatividad sin la culpa de no ser lo suficientemente performativos como para poder alcanzar el beneficio de la norma social. Eso.

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