Ópera de Bellas Artes: Un pastel (o tarta) para Manuel de Falla

Desde las entrañas de Bellas Artes

Todo 2026 es aniversario circular de nacimiento y muerte de Manuel de Falla, 23 de noviembre de 1876 y 14 de noviembre de 1946; 150 y 80, respectivamente. Así que por ello y por otros datos que a continuación mencionaré, me animé a escribir esta nota “tardía”, ya que una amiga, desde las entrañas del Palacio de Bellas Artes, me invitó a ver el ensayo general, el 22 de abril pasado, del homenaje que Ópera de Bellas Artes y la Compañía Nacional de Danza (OPB y CND) realizaron al compositor a partir de la escenificación de dos de sus obras esenciales: La vida breve (1913; escrita en 1905) y El amor brujo (1915; 1925), aunque debido al concepto de la responsable del montaje, Nuria Castejón, el orden de representación haya sido inverso al de su gestación primigenia y sin división dramática entre ambas convirtiendo así a la ópera y al ballet en un espectáculo articulado por una sinopsis superpuesta (“una dramaturgia”, le llama) a los argumentos originales de cada una de las obras referidas.

En primera instancia me resistí a escribir porque ya dije lo que quería decir de la música de De Falla y, a menos que fuera algún estudio académico (que no me atrae), con “La música de belleza embriagadora de Manuel de Falla”, me bastaba. Pero después de ver el ensayo, desde esas entrañas de Bellas Artes, mi amiga me envió el programa de mano digitalizado de 53 páginas, que ya revisaba cuando me hizo llegar también un enlace de Facebook en el que, a nombre no sólo de la OBA, también de la CND, se entrevista a Castejón, al director musical Alejandro Miyaki, y a otros protagonistas del elenco del espectáculo. Y como me dijo alguna vez el gratamente recordado José Antonio Alcaraz, “las cosas se iban acumulando”.

Y hablando de Alcaraz, un texto suyo de 1976 publicado en Proceso en que precisamente celebraba el centenario del nacimiento del compositor, lo mismo que otro artículo de Jorge Velazco (revisados en mi propio texto de 2023 arriba citado), me exhortaron a no dejar pasar este círculo que se cumple en 2026.

Poco después me llegó la columna de Mauricio Rábago Palafox, en video-lectura y por escrito, publicada en el sitio El comentario del día, “El Amor Brujo – La Vida Breve” (04-05-26), con quien –ya habiendo asistido al ensayo general, leído el programa de mano y visto el video oficial de OBA– no pude más que estar de acuerdo en alrededor del 50 al 60 % de sus críticas; la otra porción del porcentaje, sobre la ejecución artística de las obras, Rábago la percibe con un espíritu bastante positivo que no comparto del todo pero sobre la cual no me interesa puntualizar, pues lo que en esta ocasión me importa es el elemento conceptual de Nuria Castejón y su resultado como homenaje a De Falla.

Finalmente, en este punto, recordé que mi primer artículo de carácter cultural jamás publicado fue “Manuel de Falla: Un español universal”, aparecido el 30 de octubre de 1995 en la sección El Universal Ilustrado dirigido por Paco Ignacio Taibo I. No tenía pues, alternativa; y aquí estoy.

Los errores del programa

En principio, comparto del todo las críticas de Mauricio Rábago, quien señala “una cantidad generosa de furcios” en el programa de mano, es decir, de errores:

“María de la O Lejárraga y Carlos Fernández Shaw son los libretistas, son creadores, y por tanto los dioses de estas dos obras, junto con el exquisito compositor Don Manuel de Falla… En esas 53 páginas nos sorrajan 7 fotos enormes de bailarines. Ni una sola imagen de María de la O Lejárraga ni de Carlos Fernández Shaw. Ni sus nombres en la primera página, donde deberían encabezar con las letras enormes junto con el de Manuel de Falla. Pero además, borrar a Lejárraga es repetir la violencia que sufrió en vida: que otro firme lo que ella escribió… Un programa del INBA, no puede permitirse ese nivel de mediocridad. No en Bellas Artes. No en 2026. No en los 150 años de Falla. Ojo: No es Compañía Nacional de Ópera, es solamente «Ópera de Bellas Artes»

“Otra perla negra: A Nuria Castejón la llaman ‘directora concertadora’. ¡No señores! eso sería que ella dirige la orquesta. Y vaya que no fue ella. El director concertador fue Alejandro Miyaki. Confundir directora de escena con director de orquesta en un PDF oficial es no saber de qué se habla…

“Las ideas de la directora de escena no siempre son claras;… Ejemplo: la función abre con un prólogo que no existe en la obra original, que se permitieron inventar: un declamador grabado diciendo a Lorca y música flamenca grabados… Que la función comience [así] es convertir a Bellas Artes en Karaoke de lujo… Si el drama necesita explicarse antes de empezar, es que la escena no confía en sí misma.

“Otro ejemplo: en El amor brujo deambula una niña descalza. ¿Qué representa? Tardamos un ensayo y dos funciones en atar cabos: ¡es Salud, la de La vida breve! pero de niña. En la segunda parte ya tiene 18 años y la interpreta una cantante. La única pista que une a ambos personajes: que las dos salen descalzas”.

En el último señalamiento, Mauricio exagera un poco, bastó el ensayo general para observar esta propuesta dramatúrgica de la niña y la joven descalzas como puente transicional entre dos obras que fueron concebidas por separado.

Óperas contemporáneas anti-heteropatriarcales

Lo cierto es que de las 53 páginas del programa de mano, solamente cuatro, sí cuatro, están dedicadas a lo esencial sobre De Falla, las obras y la puesta escénica: “El amor brujo: de la gitanería al ballet moderno”, escrito por Liliana Mascareñas; “La vida breve de Manuel de Falla”, escrito por José Octavio Sosa; “El amor brujo. La vida breve”, escrito por Nuria Castejón, donde explica su “dramaturgia”; Sinopsis, sin crédito al escriba. Las 49 páginas restantes están dedicadas en general a la parte frívola del espectáculo: biografías, créditos, fotografías y más fotografías; la queja de Rábago es totalmente válida, ningún retrato del homenajeado compositor ni de los libretistas…

Para decirlo en breve, el espectáculo se explica del todo en la siguiente frase del texto escrito por la directora escénica en el programa: “Mi mirada se centra en el peso que soporta la mujer, bajo el heteropatriarcado y las expectativas sociales de su propia comunidad”. Esta impronta ideológica abrumadoramente en boga, justifica todo, cualquier modificación al compositor y los libretistas.

Con esta predeterminación ideológica, la niña descalza y mal vestida que se hace aparecer en El amor brujo, desarrollado en Cádiz, es la joven Salud diez años después, en Granada; pero como es gitana, bien pudo aparecer en Valaquia o Moldavia o cualquier otro sitio. Lo importante es que encarne el objeto donde se soba el heteropatriarcado. En este sentido, el show de Castejón se emparenta con la tendencia a cambiar los dramas originales: donde muera una mujer, que sea sustituida por un hombre. Es el club de Carmen y Payasos, que la mujer asesine al hombre en el siglo XXI, no importa lo que escribieron los compositores y libretistas en el siglo XIX; o el club del muerto a la inversa: que Violetta y Mimí no mueran de tuberculosis, que sus amantes tomen su lugar; que se suicide Pinkerton, no Cio-cio San; ¿y qué hacemos con las tragedias griegas y el oráculo terminante?

Lo bueno es que hay presupuestos públicos para patrocinar tales visiones e interpretaciones. Ojalá lo hubiera también y sobre todo para la creación de óperas contemporáneas anti-hetero-patriarcales. Que no se dé dinero (solamente) a quienes pretenden reinterpretar y resignificar ideológicamente el arte del pasado sino a los nuevos creadores del siglo XXI, ¿no es más inteligente y productivo?

Las dos historias

El amor brujo tuvo su estreno en 1915 como Gitanería en un acto y dos cuadros; después vino una serie de versiones hasta llegar a la definitiva de 1925 ya como ballet dramático. Aunque en realidad tiene un final feliz. Cito a Wikipedia sobre el argumento de la primera versión: “una gitana enamorada y no demasiado bien correspondida acude a sus artes de magia, hechicería o brujería… para ablandar el corazón del ingrato, y lo logra, después de una noche de encantamientos, conjuros, recitaciones misteriosas y danzas más o menos rituales, a la hora del amanecer cuando la aurora despierta al amor que, ignorándose a sí mismo, dormitaba; cuando las campanas proclaman su triunfo exaltadamente”.

Sin embargo, en el reino anti-hetero-patriarcal incluso la magia y lo fantástico pueden alterarse: “Para mí, el espectro que atormenta a Candela, la protagonista de EL AMOR BRUJO no es un fantasma real, sino una metáfora interna: representa la tradición, la presión social y todo lo que su comunidad espera de ella”, subraya Castejón.

Si he citado el argumento de la primera versión es porque me hizo recordar la fantástica historia del joven que se creyó hecho de vidrio después de que una enamorada de él recurriera a la hechicería para atraparlo; al no lograrlo, el joven enfermó tras comer un membrillo toledano embrujado (“como si tuviera alferecía”) para luego enloquecer y convertirse en el famoso Licenciado Vidriera recreado por Miguel de Cervantes en una de sus Novelas ejemplares.

Es la historia de Tomás Rodaja que terminará en Rueda después de ser el Lic. Vidriera y gracias al hechizo mal realizado. Pero en la puesta en escena de Bellas Artes, el embrujo es vencido por la realidad patriarcal (pero hetero) objetivada y dominante; nunca hubo embrujo sino pura metáfora del mismo; así que ni el título del ballet cuenta.

La vida breve es la historia de Salud, una chica granadina paradójicamente enferma que es seducida por un hombre rico de quien se ha enamorado y quien la traiciona al casarse con una de su propia clase. Ante la traición, la enferma Salud precipita su muerte ya anunciada.

Lo curioso de la puesta escénica anti-hetero-patriarcal es que la obra se centra a tal grado en la figura trágica femenina que olvida precisamente el contexto de clase en que De Falla y Fernández Shaw han ubicado la trama, la realidad de quienes han nacido “yunque en vez de nacer martillo”. Todo el denso canto coral de reclamo social, incluyendo el de La voz de la fragua, sucede a lo lejos, nada de ello sucede en el escenario (lo mismo que el canto de El amor brujo, sucede entre las piernas del teatro).

Eché de menos sin duda la vívida y vigorosa puesta en escena, seguramente patriarcal, de Juan Ibáñez en el propio Teatro del Palacio de Bellas Artes en la década de los 90 del siglo pasado.

Lo cierto es que desde la perspectiva de la propuesta del homenaje 150/80 a Manuel de Falla, el embrujo se elimina por ser metáfora y la realidad social se difumina casi como una fantasía a la distancia. Y en ambos casos, el ballet y la ópera, se diluye su esencia dramática. Y podemos extender esta dilución a la interpretación de la música, la escenografía y el vestuario. De los tonos, la rítmica y los colores vívidos, De Falla ha sido diluido a tonos pastel, me sugiere la amiga que me ha invitado al ensayo general.

Y vale la pena aquí citar la percepción crítica de José Noé Mercado:

“El resultado… dejó la extraña sensación de una oportunidad diluida en un montaje que, en su afán por una universalidad no del todo georreferenciada, difuminó la identidad misma de las obras. La dirección de escena y coreografía, a cargo de la española Nuria Castejón —a quien el programa de mano erróneamente consigna como directora concertadora—, apostó por una deslocalización temporal y geográfica que resultó arriesgada.

“Falla es un compositor cuya modernidad surge justamente de su arraigo; sus partituras no solo se escuchan, sino que se habitan desde coordenadas específicas. Al desdibujar de los libretos su férreo anclaje andaluz y gitano, la producción navegó en un espacio de alusiones y asepsia tempocultural donde el conflicto dramático menguó su motor primario”; en Pro Ópera, 26-4-26.

Vuelta a las entrañas de Bellas Artes

—¿Y qué te pareció la puesta-homenaje, vas a publicar algo? –preguntó mi amiga.

—Mira, tal vez escriba alguna nota, aunque no estoy muy entusiasmado. Me quedó la impresión de insatisfacción. Todo sucedió como en una atmósfera nocturna, lunar pero opaca, brumosa, gris; incluso en el exceso de vestuario descolorido.

—Más bien como de tonos pastel, ¿no?

—Tal vez eso sea; no hubo brillo ni color ni vida, sólo muerte; tal vez a eso conduzca el hetero-patriarcado que pretende combatir la directora de escena, a la muerte.

—Ja, ja, ja. Pues ese fue el pastelote de Bellas Artes a Manuel de Falla –concluyó mi amiga.

—Ojalá de aquí a noviembre alguna orquesta intente otro homenaje.

—Mmm, yo soy escéptica, pero demos el beneficio de la duda.

—Siempre hay que dar ocasión a la oportunidad.

—¡Uy, mano!, pues bueno, ahí me avisas.

No supe si estar de acuerdo del todo con ella, pero lo cierto es que, en buenos términos, esta era una ocasión privilegiada para regalar un buen pastel o tarta (¿así le dicen en España, no?, ¿o torta?) al músico nacido en Cádiz en su aniversario, acaso el compositor español más universal entre todos. Esto es, humanamente susceptible de ser comprendido y asimilado en cualquier rincón de espíritu sensible.

P.d. Dejemos aquí un poco de amor brujo:

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