Frente a EEUU, silencio: el mal muere por inanición si no encuentra eco
Leí que la historia de amor de Frida Kahlo y Diego Rivera, inspirada en el mito de Orfeo y Eurídice, ha llegado a la Met Opera de Nueva York. No tengo planeado visitar esa ciudad y, como no he sabido que vaya a presentarse en México, casi seguramente me quedaré con las ganas de asistir a alguna de sus funciones.
Me dicen que el sábado 30 de mayo se proyectará “en vivo” —y en alta definición desde Nueva York— en el Auditorio Nacional, ubicado en Paseo de la Reforma, en la capital de nuestro país.
Me parece humillante para la cultura mexicana conformarnos con transmisiones de video de los grandes eventos del Lincoln Center. Doblemente humillante en este caso porque la ópera sobre Frida y Diego, aunque no sea estrictamente biográfica y se inspire en la mitología griega, en última instancia se basa en dos figuras fundamentales del arte mexicano.
Entiendo que El último sueño de Frida y Diego es una coproducción entre la Ópera de San Francisco, la Met Opera, la Ópera de San Diego y la de Fort Worth. ¿No hay talento ni recursos en México para desarrollar un proyecto como ese o, al menos, para haber participado —a través, por ejemplo, de Bellas Artes o de alguna patronato privado, digamos el de Carlos Slim— como socio de la producción?
Me encanta pensar que Diego y Frida se amaron como Orfeo y Eurídice. Resulta fascinante que tantas óperas se basen en mitos o historias antiguas. Una que particularmente me agrada es Thaïs, de Jules Massenet. El libreto, de Louis Gallet, se basa en una novela de Anatole France, quien recreó literariamente la historia de la verdadera Thaïs.
Hace tiempo, por curiosidad, investigué un poco acerca de la vida de Thaïs. Encontré que se le considera una de las Madres del Desierto del Egipto del siglo IV.
Thaïs era extraordinariamente bella: enloquecía a los hombres con los que se relacionaba sentimentalmente. También poseía enormes riquezas y las derrochaba. Su vida cambió cuando conoció a un asceta cristiano que le hizo ver lo pecaminosa que era su existencia de excesos materiales.
Thaïs comprendió lo lejos que había estado de cualquier ética espiritual y tomó la decisión de incendiar, en una plaza pública de Alejandría, todas sus joyas, vestidos de seda y demás riquezas ante la mirada de sus muy sorprendidos examantes.
Entró después en un convento y pasó tres años en estricta soledad y oración. Se le considera una de las Madres del Desierto —las ammas— por su ejemplo de ascetismo riguroso. Existieron también los Padres del Desierto —los abbas—, aunque yo, por simpatía hacia la rebeldía femenina, considero más importante el papel de aquellas mujeres en el origen del movimiento eremítico.
Sin duda, optar por la vida ermitaña era un acto profundamente rebelde para esas mujeres, ya que vivían en una época y en una cultura que les reconocían únicamente los papeles de esposa o hija.
Lo fundamental en la transformación de la Thaïs histórica es el silencio absoluto, primero como penitencia, pero también como un acto de soberanía interior: calló para renunciar a una vida inútil de riquezas y frivolidades y así alcanzar un estado superior de la existencia humana.
Ese silencio de Sheinbaum
Hay un silencio ejemplar de la presidenta Claudia Sheinbaum que no se ha destacado suficientemente: el de no decir nada frente a las duras provocaciones recientes de Donald Trump.
En una gobernante valiente, que jamás rehúye el enfrentamiento cuando se trata de defender valores superiores, podría resultar extraño o incomprensible callar ante expresiones del presidente de Estados Unidos que buscan precisamente una respuesta enérgica para utilizarla como pretexto y atacar a México con mayor virulencia.
Abba Pambo, uno de los Padres del Desierto, decía: “Si no has entendido mi silencio, jamás entenderás mis palabras”. En las relaciones con Estados Unidos, el silencio de Sheinbaum frente a las provocaciones de Trump es una forma de establecer límites éticos.
Al callar ante la provocación, Sheinbaum protege el valor de su palabra. No la devalúa en el mercado de la injuria, en el que ella jamás ha participado y en el que su par del norte es un gran maestro.
Claudia prefiere guardar el lenguaje presidencial para lo trascendente: el T-MEC, la migración, la seguridad; temas en los que México avanza con sus propios recursos y en los que agradece la cooperación de EEUU, pero nada más: rechaza el injerencismo.
Amma Teodora, Madre del Desierto, dijo: “La humildad nos derrota”. Es cierto, la humildad siempre derrota al orgullo. En esta época, la humildad derrotará a tanta gente arrogante de Estados Unidos —y a sus aliados en la comentocracia mexicana— que parecen necesitar la amenaza permanente para sentirse vigentes. “Amenazo, luego existo”: eso, en esencia, es lo que a diario proclaman.
Pero, ni hablar, para que tales amenazas tengan algún efecto en la relación entre ambas naciones requieren de la réplica. La presidenta Sheinbaum responde cuando tiene que responder y recurre al silencio cuando considera que esa es la mejor estrategia.
Claudia Sheinbaum sabe que, si se refugia en la humildad, podrá superar la complicada situación. En este caso, la humildad exige no caer en la tentación de alimentar el ego demostrando que puede enfrentar a cualquiera. Porque, la verdad sea dicha, hay enemigos con los que no conviene pelear: es mejor torearlos.
Frente a Trump y sus provocaciones, ella ha decidido que la estrategia correcta es callar. A otros actores sí les responde —para no caer en aquello de que quien calla otorga—, pero frente al presidente de Estados Unidos prefiere Claudia esperar a que exista voluntad genuina de diálogo.
En el desierto, las madres y los padres del movimiento eremítico aprendieron que el mal muere por inanición cuando no encuentra un eco que lo valide.