A esas otras madres

“La desaparición forzada no es solamente una técnica de terror. Es también una tecnología política del olvido”.

Pilar Calveiro

“A ti que me diste tu vida, tu amor y tu espacio

A ti que cargaste en tu vientre dolor y cansancio

A ti que peleaste con uñas y dientes

Valiente en tu casa y en cualquier lugar

A ti rosa fresca de abril

A ti mi fiel querubín”

Denisse de Kalafe

México amanece —otra vez— cubierto de globos rosas, promociones de licuadoras y funcionarios publicando fotografías abrazando a sus madres con esa emotividad industrial que tanto le gusta a la política mexicana. El 10 de mayo convertido en liturgia nacional: restaurantes llenos, festivales escolares y discursos oficiales sobre “el corazón de la familia mexicana”.

Mientras tanto, en otra parte del país —o más bien en el país real—, miles de madres saldrán a buscar restos humanos bajo el sol. Igual que los otros 364 días del año. Pero no hay que arruinar el algoritmo con detalles forenses…

Las madres buscadoras son el gran fracaso visual de la Cuarta Transformación. Desentonan con la escenografía del Bienestar. Destruyen el relato de un país humanista. Son demasiado incómodas para la propaganda oficial: mujeres cavando tierra con fotografías colgadas al pecho mientras el gobierno habla de transformación moral…

A ellas nadie les canta “Señora, señora”. El Estado les responde con citas canceladas, carpetas empolvadas y funcionarios que las reciben como quien atiende un trámite molesto antes de irse a comer. Lo más cercano a una política pública ha sido entregarles una pala para que hagan solas el trabajo que el gobierno abandonó hace años.

La cifra oficial supera las 132 mil personas desaparecidas. Oficiales. Es decir: después de pasar por el filtro estadístico de un régimen obsesionado con corregir números como si las fosas clandestinas pudieran maquillarse desde una hoja de Excel.

López Obrador dejó una innovación política difícil de superar incluso para los estándares nacionales: desaparecer desaparecidos. Reducir registros, cuestionar censos, manipular bases de datos y convertir la tragedia humanitaria más grave del país en una discusión administrativa.

Mientras desde Palacio Nacional se repetía que “ya no somos los mismos”, el país siguió llenándose de fosas clandestinas, restos humanos y crematorios improvisados. La diferencia es que ahora todo convivía con mañaneras, playlists de campaña y propaganda sobre la revolución de las conciencias. La desaparición dejó de ser únicamente un crimen.

Se convirtió en una forma de administración nacional del desastre.

Ese es el verdadero fondo del problema. No se trata solamente de que el Estado no encuentre personas. Se trata de que aprendió a convivir con su ausencia. A normalizarla. A absorberla burocráticamente. México ya institucionalizó la desaparición como paisaje.

Por eso las madres buscadoras resultan tan incómodas para el poder. No por lo que encuentran, sino por lo que exhiben.

Cada madre excavando sustituye simbólicamente al Estado entero. Cada pala enterrándose en la tierra demuestra que el monopolio gubernamental de la seguridad colapsó hace mucho tiempo. Cada fosa clandestina localizada por civiles destruye meses de propaganda oficial sobre gobernabilidad y control territorial. Ahí está la humillación histórica del Estado mexicano: las fosas no las descubre la inteligencia gubernamental; las encuentran madres arrodilladas bajo el sol.

Ellas tuvieron que convertirse en investigadoras, peritas, rastreadoras, abogadas y excavadoras humanas mientras las fiscalías perfeccionaban el deporte burocrático favorito del país: aventarse responsabilidades unas a otras hasta que el expediente envejezca solo.

Y a pesar de tener todo en contra, estas otras madres encuentran cuerpos. Rancho Izaguirre en Jalisco. Bolsas con restos humanos en Guadalajara. Fosas en Zacatecas. Restos abandonados a pie de carretera en el Estado de México. Pedazos de país convertidos en cementerios clandestinos mientras la clase política sigue atrapada en su reality show electoral permanente.

La 4T no creó esta tragedia. Sería intelectualmente mediocre afirmarlo. Pero sí perfeccionó algo todavía más perverso: la administración propagandística del horror. El régimen entendió muy pronto que el asunto no era la violencia, sino el costo político de hablar de ella.

Por eso hubo tiempo para rifas, peluches del bienestar, ataques cotidianos contra periodistas, campañas electorales adelantadas y horas enteras de catequesis ideológica en las mañaneras. Lo único que nunca apareció fue tiempo suficiente para escuchar a las madres buscadoras.

Escucharlas implicaría reconocer algo devastador: que el Estado perdió enormes fragmentos del territorio nacional y que quienes realmente peinan el país son mujeres solas con botas, picos y fotografías plastificadas.

Organismos internacionales ya recomendaron reconocer formalmente a las madres buscadoras como defensoras de derechos humanos. La respuesta mexicana rozó el humor negro burocrático: negarse siquiera a incorporar el término en la ley. Nombrarlas implicaría aceptar el tamaño del derrumbe.

Aceptar que miles de mujeres tuvieron que reemplazar al Estado mientras este se dedicaba a reemplazar la realidad por propaganda.

Hoy marcharán del Monumento a la Madre al Ángel de la Independencia exigiendo apoyo internacional para encontrar a sus hijos. Y mientras ellas caminan entre fotografías y cruces, Mario Delgado anda concentrado en mover el calendario escolar para que la CNTE no le arruine el Mundial ni el humor político al régimen.

La prioridad nacional quedó clarísima. Mover millones de estudiantes: sí se puede. Recibir madres buscadoras: complicado. Coordinar elecciones gigantescas: sin problema. Coordinar búsquedas nacionales: después vemos. Llenar el Zócalo: rapidísimo. Encontrar hijos: ahí sí “no hay presupuesto”, “no hay competencia”, “no hay información”. “Es complot”.

La transformación prometió primero a los pobres. Terminó primero en las encuestas.

Y esas otras madres siguen solas, excavando un país entero que hace tiempo dejó de oler a tierra y empezó a oler a fosa.

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