Conocimiento o ciencia: ¿a qué debemos tener derecho?
Refutaciones Políticas
Vivimos bajo la dictadura de lo útil. En la arquitectura del Estado moderno, el derecho ha sido reducido a un administrador de eficiencias y la ciencia a su brazo ejecutor. Se nos dice que el progreso humano es equivalente al avance tecnológico y que, por tanto, el “derecho humano a la ciencia” (consagrado entratados internacionales) es la frontera final de nuestra emancipación. Pero esta premisa encierra una trampa semántica y política: al confundir la ciencia con el conocimiento, hemos entregado nuestra libertad intelectual a una nueva teocracia secular.
Es hora de plantear una provocación necesaria: la ciencia, tal como la entiende el Estado, es apenas una provincia, y a menudo una celda, del vasto imperio del conocimiento. Para recuperar la dignidad humana, debemos exigir un cambio de paradigma constitucional: el tránsito del derecho a la ciencia hacia el derecho humano al conocimiento.
Paul Feyerabend, el gran “anarquista” de la epistemología, advirtió sobre un peligro que hoy es una realidad burocrática: la ciencia ha dejado de ser una herramienta de liberación para convertirse en un dogma estatal y del mercado. Así como las sociedades ilustradas lucharon por la separación entre la Iglesia y el Estado, hoy es urgente luchar por la separación entre la ciencia, el Estado y el mercado.
Cuando la norma jurídica y la política pública solo protegen y financian la “ciencia aplicada” (aquella que produce patentes, optimiza algoritmos o incrementa el PIB), el Estado está ejerciendo una discriminación violenta y sujetándose a las órdenes del mercado. Bajo este modelo, la física teórica, la cosmología especulativa o la filosofía son tratadas como lujos prescindibles. Se nos otorga el derecho aconsumir los productos de la ciencia, pero se nos niega el derecho a la especulación pura, al asombro ante el cosmos y a la búsqueda de la verdad queno rinde dividendos inmediatos.
El conocimiento es una totalidad vital. Incluye la rigurosidad del laboratorio, pero también la intuición estética de una fuga de Bach, la profundidad ética de Spinozay la sabiduría acumulada en la memoria histórica. La ciencia moderna, en cambio, opera bajo una racionalidad instrumental que, en palabras de Max Weber, ha “desencantado el mundo”.
Al elevar constitucionalmente el derecho al conocimiento, despojamos a la ciencia de su pedestal de infalibilidad. Siguiendo el “todo vale” de Feyerabend, reconocemos que no existe un método único y superior para acceder a la realidad.
El ser humano tiene derecho a habitar el mundo desde todas sus facultades: la razón, la emoción, la estética y la especulación. Un humanismo realista, un humanismo “a la mexicana”, debe defender que la capacidad de un joven para teorizar sobre la estructura del espacio-tiempo o para conmoverse ante una tragedia griega es tan merecedora de protección jurídica y presupuestal como el desarrollo de una nueva aplicación financiera.
Consagrar el derecho al conocimiento implica que el Estado ya no puede ser un censor epistemológico. Su obligación no es decidir qué saberes son “útiles”, sino garantizar las condiciones materiales para que el conocimiento, en toda suvastedad, sea accesible y fomentado.
Este nuevo derecho humano protegería: la ciencia básica y especulativa, blindándola contra la miopía del mercado que solo busca aplicaciones rentables; el arte y la filosofía, reconociéndolos como vías fundamentales para la construcción de una sociedad crítica; la libertad de tradición, evitando que el “clero tecnocrático” monopolice la toma de decisiones políticas bajo el escudo de una supuesta objetividad científica.
La democracia liberal occidental construyó un pedestal para un hombre abstracto, un homo faber definido por su capacidad de dominio técnico sobre la naturaleza. Ese pedestal ha resultado ser una prisión. Bajar al hombre de esa ficción utilitarista para devolverlo a la tierra significa reconocer que somos seres hambrientos de significado, no solo de tecnología.
El derecho humano al conocimiento es la herramienta jurídica para recuperar esa totalidad. No se trata solo de acceder a la ciencia; se trata de recuperar el derecho a pensar el mundo sin escrúpulos, sin las ataduras de la rentabilidad y con la libertad absoluta de quien sabe que el conocimiento es, ante todo, un acto de amor por la existencia, un sapere aude. Es momento de que nuestra Constitución deje de proteger solo la maquinaria y empiece a proteger, finalmente, la inteligencia humana en toda su gloriosa y desinteresada complejidad.
X: @RubenIslas3