Nadie va a rescatarlos. Venezuela es la omisión global

El problema ya no es la opresión. El problema es que nadie va a detenerla. Venezuela dejó de ser urgencia y se volvió costumbre; dejó de ser crisis para convertirse en variable. Y cuando una tragedia se vuelve variable, deja de incomodar. Todos saben lo que ocurre, todos lo ven, todos lo entienden, pero nadie actúa. Y eso ya no es omisión: es decisión. Es cálculo. Es conveniencia.

En la fiesta brava hay una figura conocida: la suerte de Tancredo. El toro embiste —y embiste con fuerza—, pero el torero permanece inmóvil, aparenta no ver, finge ser estatua… mientras en realidad observa y calcula. No interviene, no porque no pueda, sino porque no quiere. Eso mismo ocurre hoy con Venezuela: el mundo está presente, consciente, informado… pero deliberadamente inmóvil.

Los gobiernos observan, los organismos internacionales documentan, las potencias calculan, los bloques analizan. Pero ninguno actúa con decisión. Porque el problema no es falta de información, es falta de voluntad. Todos saben cuál sería el deber ser —defender libertades, exigir elecciones reales, romper la simulación—, pero optan por otra cosa: paciencia, prudencia, estabilidad, equilibrio. Palabras elegantes para encubrir lo mismo: conveniencia. Actuar implica costo. Y nadie quiere pagarlo.

Donald Trump no construyó democracia: administró intereses. Petróleo, influencia, control regional. Hizo como que hizo. Simuló presión. Capitalizó políticamente. Pero el resultado es marginal: el sistema sigue intacto y el ciudadano sigue oprimido. Europa no hace nada: mide, calcula, se acomoda. Rusia y China tampoco intervienen para alterar el estado de cosas: observan, aprovechan, negocian en silencio. América Latina no lidera: se divide, se repliega, evita el costo. La Organización de los Estados Americanos y la Organización de las Naciones Unidas pronuncian, documentan, condenan… pero no inciden, no transforman. Su límite no es moral: es político.

Y así, la omisión deja de ser parcial. Se vuelve global. Se vuelve total. Porque todos —cada bloque, cada gobierno, cada organismo— saben lo que ocurre y, aun así, optan por no alterar el tablero. Prefieren la estabilidad del problema antes que el riesgo de la solución. En México lo diríamos claro: hacerse el tío Lolo.

Mientras tanto, Venezuela sigue igual. O peor. La opresión no se fue, solo cambió de forma: sigue en detenciones arbitrarias, represión selectiva, violaciones a derechos humanos. El poder no se democratizó: se reorganizó. La oposición no desapareció, pero tampoco decide: fragmentada, limitada, sin capacidad de ruptura real. El exilio puede visitar… pero no volver. El dinero puede entrar… pero no confiar. La política puede moverse… pero no transformar.

Y en medio de todo eso, un pueblo: doliente, cansado, oprimido. Un pueblo que ya entendió algo que el mundo todavía finge no ver: que nadie va a venir. Porque lo que hay enfrente ya no es una crisis: es una normalización. Y eso es lo verdaderamente grave.

No la opresión. No la crisis. La indiferencia estructurada.

Porque cuando el mundo decide no intervenir, no está siendo prudente: está siendo cómplice. Y cuando la complicidad se disfraza de diplomacia, la injusticia se vuelve permanente. Por eso hoy Venezuela no está en el centro de la agenda: está en el margen del interés. Todos saben lo que ocurre, pero todos prefieren que ocurra lejos. Y así, entre cálculos, silencios y conveniencias, un país entero sigue atrapado. No porque no pueda salir, sino porque nadie quiere asumir el costo de ayudarlo a salir.

Porque al final, el problema no es geopolítico. Es moral. Y cuando el cálculo sustituye a la responsabilidad, la injusticia deja de ser excepción: se vuelve sistema.

Venezuela sigue en el mismo infierno. Solo cambió el diablo. Y el mundo no es espectador. Es corresponsable.

Y es conveniente advertir: lo que hoy se tolera en Venezuela mañana se replica en cualquier parte. Porque cuando la opresión se normaliza sin consecuencias, se convierte en modelo. Y cuando la comunidad internacional aprende que puede mirar hacia otro lado sin pagar costo político, el siguiente caso no será excepción: será regla.

No es que nadie pueda rescatarlos. Es que nadie quiere hacerlo.

Y cuando nadie quiere hacerlo… ya no estamos frente a una crisis olvidada.

Estamos frente a un sistema que decidió aceptar el abuso como parte del orden. Y eso no se contiene. Se expande.

Y cuando se expande… ya no habrá a quién reclamarle.

Opinion.salcosga23@gmail.com

@salvadorcosio1

@chavacosio

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