El costo de dejar que la IA te conozca
“No existe tal cosa como un almuerzo gratis”
Milton Friedman (1966)
En abril de 2025, los economistas Andrew Rhodes y Jidong Zhou, de la Toulouse School of Economics y la Yale School of Management, publicaron una investigación que pone en duda una idea ampliamente aceptada sobre la inteligencia artificial: la creencia de que compartir tus datos en plataformas digitales garantiza una experiencia personalizada que siempre te beneficia, con productos, servicios, música y películas de acuerdo con tus gustos y mejores precios en tiempo real. Pero ese beneficio tiene un costo.
El estudio busca entender qué ocurre cuando las empresas utilizan esa información para personalizar precios, productos y recomendaciones. La conclusión central es incómoda. Compartir datos no solo influye en la experiencia de quien lo hace, también modifica las condiciones para los demás.
Piénsalo en algo cotidiano. En una tienda en línea, la plataforma aprende qué te gusta y empieza a mostrarte solo ciertos productos. A primera vista parece útil, pero al mismo tiempo reduce lo que ves. Dejas de comparar opciones, de explorar precios, de encontrar alternativas más baratas. Terminas comprando más rápido, no necesariamente mejor.
Algo similar ocurre con los precios. Cuando una plataforma sabe cuánto estás dispuesto a pagar, puede ofrecerte descuentos selectivos o simplemente dejar de mostrártelos. Dos personas pueden estar viendo el mismo producto, pero no el mismo precio.
Incluso en contenidos ocurre lo mismo. Las recomendaciones en música, series o redes sociales te mantienen dentro de un círculo cada vez más estrecho. Ves lo que el algoritmo decide que maximiza tu atención, no lo que necesariamente te conviene o te interesa descubrir.
Cuando una persona entrega información, las empresas ajustan su comportamiento en todo el mercado. Cambian precios, reorganizan la oferta y alteran lo que otros consumidores ven y pagan. Lo que parece una decisión individual termina afectando a terceros, incluso a quienes prefieren no compartir sus datos.
El problema se agrava porque cada usuario decide de forma aislada. Se privilegia el beneficio inmediato sin considerar el efecto acumulado. El resultado es un exceso de intercambio de información que, en conjunto, deja a los consumidores en peor posición.
Otro hallazgo relevante es que factores que suelen considerarse positivos pueden producir efectos contrarios. Cuando aumenta la competencia o mejora la seguridad para compartir datos, más personas optan por hacerlo. Esa mayor disponibilidad de información permite a las empresas ajustar con mayor precisión sus estrategias, lo que puede traducirse en precios menos favorables y en un entorno menos transparente.
En México, donde el uso de plataformas digitales crece con rapidez, estas dinámicas tienen consecuencias concretas. Aceptar cookies, permitir rastreo o ceder datos personales forma parte de un sistema que no siempre opera en beneficio del consumidor. Lo mismo ocurre cuando utilizas servicios aparentemente gratuitos, como el internet en lugares como Starbucks. El acceso no se paga con dinero, pero sí con información que después se integra a los mismos sistemas de personalización.
La inteligencia artificial ofrece beneficios evidentes, desde aumentos en la productividad y servicios más personalizados hasta transformaciones profundas en el empleo, como los recortes masivos en empresas como Meta o Amazon, pero detrás de esas ventajas inmediatas existen costos menos visibles que terminan afectando al consumidor de formas que no siempre son fáciles de detectar como el aumento de precios y el desempleo.