Veracruz, tercer lugar nacional en casos de abuso sexual infantil
En ese “rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar”, con el ruido de las olas de fondo, María, una niña de 8 años pasaba las tardes dibujando barcos y mariposas en su cuaderno de colores. Para sus vecinos, era la niña alegre que siempre saludaba con una sonrisa, no sabían que dentro de ella guardaba un secreto que la estaba consumiendo: durante meses, un familiar cercano la había lastimado, le robó la inocencia y no sabía cómo pedir ayuda.
Su historia nos conmueve, y por desgracia, no es un caso aislado. Datos oficiales y organizaciones de protección infantil confirman que Veracruz ocupa el tercer lugar a nivel nacional en incidencia de abuso sexual infantil. Cada año, miles de menores como María viven situaciones de violencia que muchas veces permanecen ocultas, atrapadas entre el miedo y la desinformación.
Pero este problema no solo ocurre en aquel estado.
En todo el país 1 de cada 4 niñas y 1 de cada 6 niños son víctimas de abuso sexual antes de cumplir los 18 años, según datos recopilados por organizaciones especializadas y estudios internacionales.
Estos números colocan a México en los primeros lugares a nivel mundial en la incidencia de este delito, convirtiéndolo en una crisis de derechos humanos que requiere atención urgente.
El caso de María salió a la luz por casualidad: una maestra, al notar cambios bruscos en su comportamiento —dejó de participar en clase, se aisló y sus dibujos pasaron de ser coloridos a mostrar figuras oscuras y encadenadas—, decidió preguntarle con paciencia y sin juzgar. Lo que escuchó la obligó a actuar inmediatamente, activando los protocolos de protección.
Según especialistas, más del 70% de los casos ocurren dentro del entorno familiar o de confianza, lo que hace que la detección sea mucho más difícil. Muchas familias prefieren callar por miedo, por temer represalias o aunque parezca increíble, por vergüenza.
Si a esto le sumamos la falta de servicios de salud y el poco o nulo acceso a la justicia, el lío es mayor.
Cuántos casos de menores abusados o abusadas conocemos, cuyas familias, pertenecientes a pueblos originarios, se topan con la barrera del idioma y la falta de intérpretes en los juzgados.
Cuando Sofía empezó a recibir apoyo psicológico y legal, también conoció a otras niñas y niños que habían pasado por lo mismo.
Sanar con acompañamiento ha sido mejor.
El abuso sexual infantil no deja secuelas físicas únicamente; impacta la salud mental, emocional y social de las víctimas de por vida, afectando su desarrollo, sus relaciones y su futuro.
Esta semana, próxima a celebrarse en nuestro país el Día del Niño, nuestro reto como sociedad no es menor.
La transformación comienza cuando dejamos de ver estas cifras como estadísticas y empezamos a verlas como niñas y niños que necesitan protección, voz y justicia.
Sabemos que si la sociedad y gobiernos se unen para escuchar y proteger, es posible romper el ciclo de violencia.