Dos lecturas sobre la docencia y la escuela pública

El sitio web sobre educación “Profelandia” reprodujo, el pasado 31 de marzo, parte de una entrevista realizada a Aurelio Nuño Mayer, exsecretario de educación pública (entre 2015 y 2017) en el gabinete del expresidente Enrique Peña Nieto. En ésta, Nuño afirmó que el elemento clave en los aprendizajes son las maestras y maestros. “Si no hay buenos maestros, los resultados no van a ser tan buenos”, dijo.

Como lo dicho por Nuño se publicó en redes sociales digitales, mi comentario fue el siguiente: Las y los maestros por sí solos o en forma individual no hacen la diferencia, lo que realmente hace la diferencia son los equipos docentes. Hay una enorme diferencia de ideas. Nuño muestra una concepción simplista sobre el trabajo docente.

Esto lo digo porque hay una buena parte de la comunidad magisterial y de especialistas en educación que siguen la narrativa de Nuño, la cual consiste en creer que las maestras y los maestros, en lo individual, son los responsables casi únicos de los grandes problemas educativos, y específicamente en los índices de bajo “logro académico” y rezagos de aprendizajes escolares. De ahí la falsa justificación de evaluar a las y los docentes, y directivos escolares, por sus desempeños individuales.

Algo similar sucede, en cuanto a simplificación de ideas, con la concepción de la escuela pública, que ofrecen algunos políticos, funcionarios, legisladores y analistas de lo educativo, al considerar que la escuela de sostenimiento público o del Estado es la responsable de todos los males del sistema educativo nacional.

Relacionado con lo anterior, una pregunta de interés para educadoras y educadores es: ¿La escuela es el único lugar para aprender? La respuesta, aunque parezca obvia, es que no. La escuela no es el único lugar para aprender.

En específico, la escuela pública puede ser definida de muchas maneras. Entre otras aproximaciones, a este tipo de escuela se le puede concebir como comunidad pública de aprendizaje; como centro educativo para todos; como institución de formación a cargo del Estado; como “espacio de adoctrinamiento y divulgación ideológica”, según ciertas voces conservadoras; o como lugar para educar con sentido de transformación social sin compromiso con el “aprendizaje académico”, según lo expresado por algunos especialistas.

La respuesta que se dé a la pregunta expuesta en el inicio de este comentario (la escuela no es el único lugar para aprender) permite arribar a conclusiones diferentes. Si la respuesta es afirmativa, entonces toda la responsabilidad social de la educación formal recae en la escuela. Sin embargo, si la respuesta es negativa, entonces la responsabilidad de la escuela como “la gran educadora” de la sociedad es parcial o relativa.

Ahí está la diferencia: Entre quienes le adjudican toda la responsabilidad social a la escuela pública y quienes le dan un valor parcial a ésta como institución educadora de una sociedad, a cargo del Estado.

Pero también la escuela interpretada como institución educadora parcial de una sociedad trae otro tipo de reflexiones: Como lo señala César Coll, la escuela es un lugar para aprender que comparte su tarea con otros contextos e instituciones sociales y que, directa o indirectamente, constituyen lugares o espacios sociales donde las niñas, los niños, las y los jóvenes aprenden significativamente de maneras diversas.

Los museos, los teatros, los cines, las unidades deportivas, los parques, las fábricas, las tiendas departamentales, los restaurantes, los hospitales, los viajes, los grupos musicales, las clases de deportes, los transportes públicos, etc. pueden convertirse en lugares o contextos sociales para aprender que, aunque no tienen la función y el propósito central que socialmente se le otorga a la escuela, constituyen espacios y tiempos sociales que enriquecen la formación de las y los futuros ciudadanos.

En lugar de cuestionar por qué México tiene bajas puntuaciones en las pruebas internacionales que han sido utilizadas para evaluar a las y los estudiantes (y a los sistemas educativos), como PISA, deberíamos de cuestionarnos cuáles son las causas profundas de esos resultados: las desigualdades estructurales como la pobreza o la corrupción, y no por el modelo educativo en sí mismo, ni por la organización de la escuela pública o las y los docentes que trabajan en ella.

En otras palabras, es necesario considerar, antes de etiquetar, a las y los estudiantes en sus contextos y condiciones de vida; pero ello no significa, claro está, que la escuela pública tenga que bajar la guardia para cumplir con su compromiso educativo y social.

En México, como en muchas naciones de América Latina y el Caribe, el Estado es el “gran educador” (casi el 90 por ciento de las niñas y niños de educación primaria, así como de adolescentes y jóvenes de secundaria, y el 85 por ciento de las y los jóvenes en bachillerato estudian en escuelas públicas), pero éste no podría lograr sus objetivos si la formación educativa y cultural no contara con la participación de las familias y otros agentes sociales que colaboran en la formación de las infancias y las juventudes.

Queda claro, sin embargo, que aquellas familias que tienen condiciones económicas y culturales, y una cierta sensibilidad a favor de los aprendizajes escolares y no escolares, apoyan a las y los educandos al fortalecer y aumentar la probabilidad de que cuenten con oportunidades y contextos diversos de aprendizajes significativos para hoy y para la vida.

Si alguna vez nos hemos referido aquí al fenómeno de la “desigualdad educativa”, habrá que considerar que ésta tiene una relación directa con la desigualdad social.

De ahí la importancia de considerar los elementos de desigualdad educativa y socio económica y cultural al momento de diseñar los procesos de selección o de admisión, por ejemplo, de estudiantes hacia las escuelas de niveles educativos diferentes (dimensiones de la equidad), así como en el caso de la admisión de aspirantes a formar parte del sistema docente público, como maestras y maestros de la escuela pública.

Como se pude ver, al menos hay dos lecturas o interpretaciones diferentes en torno al trabajo docente y la escuela pública, mismas que se discuten a profundidad en los foros y espacios públicos respectivos con los argumentos y la información correspondientes, a favor y en contra.

jcmqro3@yahoo.com

@jcma23

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