La presidenta, sus pocas amistades y el límite sagrado: saber qué es ‘lo suficiente’

Ayer, en la conferencia de prensa de cada mañana, Claudia Sheinbaum dijo que la presidenta de México —la titular del poder ejecutivo, que conste, no ella como persona—, tiene pocas amistades, “entre otras razones, porque así debe ser”.

Porque así debe ser. La frase merece tomarse en serio.

Interpreto lo que esto significa. Gobernar implica renunciar. Cualquier hombre o mujer, en su vida ordinaria, puede —y tiene derecho a— cultivar muchas amistades, buenas o malas, profundas o circunstanciales. Pero ese es un privilegio que se pierde al asumir la responsabilidad de dirigir un país como México. Quien encabeza el Estado debe reducir al mínimo los riesgos de conflicto de interés, y eso exige elegir a unas pocas personas y poner en pausa al resto.

Comentaba con un abogado conocido, Ilán Katz, acerca de la tesis de Claudia Sheinbaum de que ella, en la presidencia —“porque así debe ser”— voluntariamente ha dejado de ver a muchas de sus amistades.

Katz lo resumió con precisión: “Ahora que está en el poder, la presidenta ha elegido, entre sus amigos y amigas de su vida antes de convertirse en jefa de Estado, solo a los pocos hombres y a las pocas mujeres que está completamente segura conocen el límite más sagrado de la ética”.

¿Cuáles es ese límite tan sagrado? El litigante ejemplificó con una anécdota, muy conocida en el mundo literario y financiero de Estados Unidos. La protagonizaron los escritores Kurt Vonnegut y Joseph Heller.

En una fiesta en la casa de cierto multimillonario, en algún lugar cercano a Nueva York, Vonnegut se acercó a Heller y le preguntó en tono de burla algo parecido a esto: “¿Cómo te sientes sabiendo que nuestro anfitrión, solo el día de ayer, ha ganado más dinero del que tú y yo hemos recibido por nuestros libros en todas nuestras vidas?”. El aludido respondió con tranquilidad: “Me da igual. Tengo algo que el multimillonario nunca tendrá: lo suficiente”.

El secreto de la felicidad radica en haber encontrado la vida buena solo teniendo lo suficiente para financiarla, ni un peso más.

Una persona que tiene lo suficiente para vivir bien con su patrimonio, cualquiera que sea su magnitud, merece estar entre las amistades de la presidenta, ya que, como tiene lo que necesita y no aspira a acumular solo por la manía de acumular, no caerá en la tentación de aprovechar la relación con la poderosa mujer para hacer negocios.

Solo se abre la puerta del mejor de los paraísos imaginados por Dante, el de la luz pura y la verdad absoluta, a quienes han trabajado para ahorrar lo suficiente, y con ello tener una casa propia, no una mansión ostentosa; asistir al teatro, pagar colegiaturas, comer fuera de una vez por semana, comprar una bicicleta de aceptable calidad, acudir al futbol con los niños.

Quien tiene lo suficiente y no necesita más ha alcanzado el más envidiable de los estados emocionales. En cambio, estarán en el riesgo de caer en el peor de los infiernos las personas multimillonarias que no controlan sus enfermizos deseos de acumular y acumular y acumular —y acumular y acumular y acumular—, y así en una carrera enloquecida de ambiciones insaciables que no conduce a ninguna parte.

No es ilegal el anhelo de enriquecerse cada día más. Simplemente a la gente con esa obsesión la presidenta tiene que alejarla mientras dure su periodo de gobierno. Está obligada a hacerlo porque es lo correcto.

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