SRE: el guiño que habla más que la diplomacia
“You say you want a revolution
Well, you know
We all want to change the world
You tell me that it’s evolution
Well, you know
We all wanna change the world
When you talk about destruction
Don’t you know that you can count me out, in…”
THE BEATLES
“En política, lo importante no es lo que se dice, sino lo que se insinúa.”
CHARLES DE GAULLE
¡Habemus canciller! O algo que se le parece. La presidenta Claudia Sheinbaum ha decidido que Roberto Velasco sea la nueva cara de la política exterior mexicana. Falta la formalidad del Senado, pero en la liturgia de la 4T eso es poco más que un trámite administrativo con aire acondicionado.
Velasco no viene de la escuela “Matías Romero” —ese incómodo reducto de profesionalización diplomática que hoy parece más estorbo que virtud—, pero sí presume una maestría en la Universidad de Chicago. Es decir, un toque “neoliberal” cuidadosamente reciclado en un régimen que aborrece el término en público y lo practica en privado cuando conviene. Su carrera ha sido meteórica, lo cual en México no necesariamente habla de mérito, sino de padrinazgo bien administrado. En menos de una década pasó de operador comunicacional a canciller. Una trayectoria que, más que diplomática, parece una escalera eléctrica: rápida, directa y sin necesidad de escalones intermedios tales como la experiencia…
Eso sí, hambre no le falta. Literal y figuradamente. Ahí están los cacahuates en la oficina de Nancy Pelosi y el pastel en la Casa Blanca como estampas involuntarias de una diplomacia… digamos, calórica. El problema no es comer —todos comemos—, sino no entender cuándo se está sentado a la mesa y cuándo se está representando a un país. Pero en la 4T, “la forma suele ser considerada más bien un lujo burgués”. Desde Luis Videgaray hasta Marcelo Ebrard, pasando por Juan Ramón de la Fuente, la Cancillería ha dejado de ser una institución para convertirse en un experimento continuo. Uno donde el Servicio Exterior Mexicano no es columna vertebral, sino daño colateral.
Y ahí está la advertencia de Martha Bárcena, que no es precisamente una improvisada: la demolición del SEM no es accidente, es política pública. Una política que sustituye profesionalismo por lealtad, y visión de Estado por obediencia de grupo.
Todo esto ocurre, por supuesto, en uno de los momentos más delicados de la política exterior mexicana: tensiones con América Latina, una relación cada vez más áspera con Donald Trump y el T-MEC pendiendo de un hilo que cada vez parece más delgado y más político.
Y aquí viene lo interesante. Porque el nombramiento de Velasco no se explica por su capacidad —o al menos no principalmente—, sino por su procedencia. Es, ante todo, un hombre de Marcelo Ebrard. Lo fue en la Ciudad de México, lo fue en la Cancillería y lo sigue siendo ahora. Un canciller que no inaugura proyecto, sino que prolonga uno.
Entonces la pregunta ya no es diplomática, sino política: ¿Será que Claudia Sheinbaum, antes que confrontarse con las tribus de Morena, prefiere enviar una señal de continuidad y respaldo a Marcelo Ebrard como posible sucesor?
¿Incluso por encima de quien hoy encabeza por mucho las preferencias para el 2030 y forma parte de su círculo más cercano, Omar García Harfuch? Porque si ese es el mensaje, no es menor. Es, de hecho, una reconfiguración silenciosa del tablero.
Hoy, tres —o cuatro— de las áreas clave del gobierno orbitan en ese mismo eje: seguridad con García Harfuch, tecnología con Pepe Merino, economía con Ebrard… y ahora política exterior con su pupilo. No es un gabinete: es una arquitectura de poder cuidadosamente distribuida.
Y no, esto no parece un montaje para sacrificar piezas si algo sale mal. La presidenta no está jugando a deslindarse; está jugando a concentrar. A un año y medio de gobierno, el margen para culpar al pasado se agota, y la necesidad de asumir control —real, operativo, incuestionable— se vuelve urgente.
El problema es que la política exterior no se improvisa. Y menos cuando del otro lado está Donald Trump, quien ya dejó claro lo que piensa de su interlocutor original: “lo doblé”. Si así trató a Ebrard, ¿qué hará con su discípulo?
Quizá la estrategia consista en lo inesperado: invitarle una Coca-Cola y a un McDonald’s, en una especie de diplomacia fast food donde la geopolítica se negocia con papas fritas. No sería la primera vez que la forma sustituye al fondo.
Mientras tanto, las preguntas importantes siguen sin respuesta:
¿Cuál es la estrategia real frente al T-MEC?, ¿cómo se va a compensar la erosión del Estado de derecho que espanta inversiones?, ¿quién está realmente negociando: Velasco o Ebrard?, ¿y quién está tomando las decisiones? Porque una cosa es segura: en Washington no se negocian intenciones, se negocia poder. Y hoy México parece llegar con más señales internas que fuerza externa.
Al final, el nombramiento de Velasco dice más de lo que aparenta. No es solo un canciller. Es un mensaje. Un guiño. Un anticipo. Y como todo en la 4T, habrá que ver si termina siendo estrategia… o simplemente otro capítulo de improvisación con consecuencias internacionales.
Giro de la Perinola
(1) Velasco presume haber trabajado con Rahm Emanuel, exalcalde de Chicago y figura cercana a Barack Obama. En otro contexto, eso sería un activo. En la lógica de Donald Trump, mencionarlo podría ser casi una provocación.
(2) Y por si faltaba algo, también pasó por Convergencia —hoy Movimiento Ciudadano—. Así que sí: podríamos tener un canciller con pasado “fosfo-fosfo”, presente obradorista y futuro… todavía en negociación.
Porque en este gobierno, más que las credenciales, lo que importa es a quién perteneces. Y Velasco pertenece. Eso, hoy, es su principal cualidad… y el principal riesgo para el país. Que ni qué.