El poder ya cambió de lugar… y la política llegó tarde

El poder no desaparece, se desplaza. Durante décadas su ubicación parecía clara: gobiernos, congresos, partidos, instituciones. Ahí se decidía, ahí se ordenaba, ahí se imponía el rumbo. Hoy, esas estructuras siguen existiendo, pero cada vez pesan menos frente a una realidad que ya cambió sin esperar autorización.

Lo que estamos viendo no es un cambio formal, es un desplazamiento real. Los gobiernos reaccionan más de lo que anticipan, los congresos se entrampan en la polarización y los partidos se alejan de la sociedad que dicen representar. Y cuando eso ocurre, el poder no se queda quieto ni espera turno: se mueve, se reacomoda y encuentra otros espacios desde donde influir y, cada vez más, desde donde imponer agenda.

Ese desplazamiento pasa primero por la narrativa: la capacidad de instalar temas, de fijar conversación, de definir qué importa y qué no. Ahí han entrado actores que antes orbitaban el poder, pero no lo ejercían; hoy sí. Figuras culturales, mediáticas y sociales han dejado de ser comentaristas para convertirse en catalizadores.

Ahí están nombres como Robert De Niro, Bruce Springsteen, Morgan Freeman, junto con George Clooney, Meryl Streep, Mark Ruffalo, Susan Sarandon, Leonardo DiCaprio, Oprah Winfrey, Taylor Swift, Jon Stewart, Stephen Colbert y Jimmy Kimmel —y un número creciente de voces públicas— que no solo opinan: movilizan, inciden, desplazan el eje de la conversación. Cuando la conversación cambia, el poder cambia con ella.

Pero hay un nivel todavía más decisivo, más incómodo para el sistema: la calle. Millones de personas manifestándose en distintas ciudades, no como episodios aislados sino como una acumulación que ya no puede ignorarse. Es presión sostenida, es hartazgo convertido en presencia, es poder sin cargo; un poder que no pasa por filtros institucionales, que no espera tiempos políticos y que no negocia bajo las reglas tradicionales.

Ese es el nuevo equilibrio: un poder distribuido, más emocional, más volátil y, por lo mismo, más difícil de conducir. Porque no todos los que hoy influyen tienen la capacidad de gobernar, ni todos los que movilizan tienen un proyecto que sostenga esa movilización en el tiempo. Y ahí aparece la pregunta central: ¿quién va a gobernar este nuevo poder?

Porque influir no es conducir, movilizar no es estructurar, tener voz no es tener proyecto. El sistema político tradicional se debilita, pero no ha sido reemplazado, y ese vacío no es neutro: es el espacio más peligroso de todos, porque alguien siempre lo ocupa.

La historia lo ha mostrado una y otra vez: cuando la política no encabeza, otros lo hacen, a veces desde la cultura, a veces desde el entretenimiento, a veces desde el momento. El caso de Bad Bunny es ilustrativo: un liderazgo cultural que logró mover conciencia social, conversación pública e incluso presión política en niveles que muchos actores institucionales no alcanzaron. No es una anomalía, es una señal.

Lo mismo ocurre con el “Jefe” Bruce Springsteen, con Robert De Niro o con muchas de las voces que hoy encabezan la crítica pública: no sustituyen a la política, pero evidencian su ausencia. Ese es el punto incómodo.

Porque mientras todo esto ocurre, la política tradicional observa, calcula y duda; se modera, se contiene y se refugia en la corrección. Y en ese tiempo perdido, el poder ya se movió.

La política llegó tarde.

Y cuando la política llega tarde, no recupera el control: lo persigue.

Ahí es donde el problema deja de ser teórico. Si los liderazgos con capacidad real —como Barack Obama y otros referentes con peso político, institucional y moral— no salen de la cautela, del cálculo o de la comodidad, el espacio no se va a ordenar solo; lo va a ocupar alguien más, y ese alguien no necesariamente va a construir.

Porque cuando el poder cambia de lugar, no se queda esperando a que lo regulen: se ejerce. Y si quienes pueden encauzarlo no lo hacen, quienes saben capitalizarlo —aunque no sepan sostenerlo— lo van a tomar.

Ahí es donde la escena se vuelve, incluso, irónica —y no imposible—: que un presentador como Jimmy Kimmel termine teniendo más capacidad de influir en el rumbo que muchos políticos en funciones; no porque deba, sino porque alguien dejó de hacerlo.

Ese es el punto de quiebre.

El poder no desapareció, no se debilitó, no se diluyó. Se movió.

Y ahora está en manos de quien se atreva a ejercerlo.

La pregunta es si quienes deberían hacerlo van a despertar… o si, cuando finalmente reaccionen, ya estarán tratando de gobernar un poder que dejó de pertenecerles.

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com

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