La fiesta siguió (y eso era lo importante)
Hubo fiesta, hubo partido, hubo luces nuevas, hubo cerveza fría, hubo selfies, hubo “experiencia”…
Y hubo un muerto.
Un aficionado cayó desde un segundo piso, presuntamente ebrio, en plena reinauguración del Estadio Azteca —perdón, Estadio Banorte—. Pero no se preocupen: el evento continuó. Como debe ser. Claro, si algo hemos perfeccionado como sociedad es la capacidad de no arruinar la fiesta por detalles.
Detalles como ese…
El estadio se llenó. La gente llegó con tiempo. Medió el operativo, el orden, el entusiasmo. Afuera, algunas madres buscadoras aprovecharon el flujo de personas para protestar. Adentro, miles coreaban.
Cada quien en su carril.
Porque si algo nos encanta es la simultaneidad bien organizada: la tragedia por un lado, el entretenimiento por el otro. Eso si, sin mezclarse demasiado. Sin incomodarse.
Como en las buenas producciones.
Y es que el futbol —sobre todo cuando viene con Mundial incluido— no es un deporte. Es una coreografía social. Una especie de acuerdo tácito donde todos aceptamos mirar hacia el mismo lugar… mientras lo demás ocurre en visión periférica.
No es que no sepamos. Es que sabemos administrar lo que vemos.
Por eso no sorprende el entusiasmo de Gianni Infantino hablando del futbol como una fuerza casi ancestral, capaz de unir civilizaciones desde hace tres mil años. A ese ritmo, en cualquier momento también nos dirán que inventó la democracia.
Y quizá no esté tan lejos.
Veamos: si algo demuestra un estadio lleno es que la multitud no necesita estar de acuerdo para estar junta. Solo necesita un pretexto. Y el futbol es uno de los mejores.
Mientras tanto, el estadio se moderniza. Pantallas, palcos, zonas premium, pagos sin efectivo. Todo fluye. Todo funciona. Todo está diseñado para que no pienses demasiado.
Y sí, funciona.
Uno entra, se sienta, grita, consume, celebra… y por un par de horas la realidad se vuelve opcional.
Afuera puede haber protestas.
Adentro hay marcador.
Afuera puede haber preguntas.
Adentro hay repetición en pantalla gigante.
Y entre una cosa y la otra, un muerto que se vuelve nota breve.
No es indiferencia. Es entrenamiento.
Hemos aprendido a convivir con todo sin que nada nos detenga demasiado. A indignarnos lo suficiente para sentirnos bien… pero no tanto como para levantarnos del asiento.
El verdadero logro del evento no fue la remodelación del estadio. Fue confirmar que ya no hace falta ocultar la realidad. Basta con ponerle volumen al espectáculo.
Y lo demás —como siempre— se acomoda solo.—