Golfo de México, muerto en el Misisipi (EEUU); no matemos nuestro Acuario del Mundo

No me opongo al desarrollo. Entiendo la naturaleza de los negocios, incluso cuando su huella en el medio ambiente es tan profunda como podría serlo el Proyecto Saguaro en el Golfo de California o Mar de Cortés.

El daño a la naturaleza es un costo que la humanidad ha pagado para sobrevivir. La historia es la crónica de lo que ganamos y lo que perdemos al transformar el entorno. Pero…

Sigo con dudas sobre Saguaro, proyecto con el que se pretende llevar gas natural licuado desde Texas, a través de un enorme gasoducto, hasta Puerto Libertad, Sonora, para de ahí abastecer a Asia.

¿Qué tanto dañará al Mar de Cortés o Golfo de California? Un momento…

¿Dos nombres para la misma extensión de agua salada? ¿Será uno el nombre oficial y el otro el apodo? Lo cierto es que tiene o ha tenido un tercer alias o nombre: Mar Bermejo, por algún tinte rojizo de sus aguas.

Tres nombres para un mismo mar. Surge entonces la pregunta pertinente: ¿cómo lo llamaban quienes habitaban sus costas antes de la llegada de los españoles? La respuesta es de una sencillez conmovedora por absolutamente sabia: lo nombraban simplemente mar, o nada más el agua —o el agua salada—. Fuente: Google.

Cada pueblo de la zona tenía su lengua y sus propias referencias. Pero ninguno pretendía apropiarse de los mares mediante el recurso de bautizarlos. Los nombres de los océanos aparecieron cuando alguien, mapa en mano, los nombró para agradar al poder político que lo financiaba.

Tal voluntad de apropiación está detrás de la creatividad para los bautizos de Donald Trump. Al sugerir que el Golfo de México pase a llamarse Golfo de América —solo dentro de los EEUU, pues nadie más le hará caso—, o al bromear con rebautizar el Estrecho de Ormuz como Estrecho de Trump, él parece coquetear con una mentalidad de conquistador o descubridor ya rebasada por la historia.

No es una ambición realizable. No existe un Mar de Julio César, tampoco un Océano de Alejandro Magno ni un Golfo de Aníbal, gigantes de la historia que no se atrevieron a bautizar con sus nombres a algo tan vasto, inclusive para sus enormes egos, como el océano.

Hay algunas extensiones de agua salada, no las mayores, con nombres de personas: el Estrecho de Magallanes (por el portugués Fernando de Magallanes, quien encabezó la primera expedición para dar la vuelta al mundo); el Mar de Bering (por el danés Vitus Bering, quien demostró que Asia y América eran continentes separados); el Mar de Tasman (por el neerlandés Abel Tasman, el primer europeo en llegar a Tasmania y Nueva Zelanda), o el Mar de Amundsen (por el noruego Roald Amundsen, el explorador noruego que lideró la primera expedición al Polo Sur). Fuente: Google.

Aunque es criticable la manía europea de apropiarse de lo que es de toda la humanidad, reconforta un poco que los grandes océanos no tengan nombres de personas: el Pacífico, bautizado así porque Magallanes encontró sus aguas relativamente tranquilas al cruzarlo; el Atlántico, nombrado por los griegos en honor a Atlas, el titán castigado por los dioses a sostener el cielo sobre sus hombros; el Índico, por su proximidad a la India; y el Mediterráneo, cuyo nombre latino —mare mediterraneum— significa literalmente mar en medio de las tierras.

De los males, el menor. ¿Quién bautizó al Golfo de México? Los imperialistas españoles del siglo XVI no cayeron en la tentación de honrar a alguno de sus monarcas; así que, por estar frente al territorio que llamaban México, le dieron simple y sencillamente el nombre con el que lo conocemos, y como lo conoceremos en el futuro, a pesar de los afanes del presidente Trump.

Pero, se llamen como se llamen, los océanos son, sencillamente, los reinos de las enormes ballenas y de todas esas criaturas marinas que hoy observamos con una mezcla de asombro y culpa. Asombro por su belleza y su misterio; culpa por tanto que las agredimos.

Hace días, la ciencia nos regaló un video extraordinario: el nacimiento de un cachalote en altamar en 2023. La madre no estaba sola; otras hembras, las parteras, la custodiaban, ayudando a la cría a alcanzar la superficie para dar su primer suspiro. Esto nos recuerda que los océanos no son solo depósitos de agua o rutas logísticas; son, ante todo, santuarios donde ocurre la vida. Enseguida el video:

¿Podrá el ciclo de la vida seguir su curso natural si el Golfo de California se transforma en una autopista para buques gaseros? Mientras los promotores del Proyecto Saguaro hablan de inversión y empleo, sus críticos subrayan el ruido submarino —principal enemigo de las ballenas— y el riesgo de colisiones que podrían afectar para siempre el comportamiento de los cetáceos.

Vaya dilema. ¿Convertir un ecosistema universalmente admirado en corredor industrial? No sé si se ha calculado la probabilidad de que un mar, refugio de vida, empiece a ser solo como una línea de suministros energéticos.

El mar de los tres nombres tiene un cuarto: (i) Golfo de California por su ubicación; (ii) Mar de Cortés por la necedad de homenajear a un europeo menor —comparado con César, Aníbal o Alejandro—; (iii) Mar Bermejo por su color; y (iv) Acuario del Mundo por su riqueza marina.

¿Si se concreta Saguaro perderá el cuarto de sus nombres para ganar otro? ¿Dejará de ser el Acuario del Mundo para convertirse en La Gasera Oceánica?

Perdón por la insistencia, pero es válido preguntar si, con Saguaro encima, habrá garantías de que las hermosas ballenas seguirán realizando ahí sus labores de parto. ¿Las parteras ballenas acudirán a apoyar a la madre que da a luz en una autopista de buques tanque?

Quizá no hay motivos para preocuparnos: doy el beneficio de la duda. Pero la 4T debería explicar, con todo detalle, que nada malo pasará antes de aprobar un proyecto que horroriza a la gente defensora de los mares.

El Acuario del Mundo no es cualquier mar, es el más lleno de vida; de lo que se trata es de que no empiece a ser otro Mar Muerto. En este último, por razones naturales, no puede vivir la mayoría de peces y plantas; sin embargo, hay otros mares —o zonas en ellos— que por efecto de la actividad humana se han vuelto casi muertos en sentido ecológico.

El gobierno de Estados Unidos debería preocuparse no por cambiarle el nombre al Golfo de México, sino por evitar que frente a la desembocadura del río Misisipi aparezca cada verano una de las zonas marinas muertas más grandes del mundo —cada años alcanza entre 15,000 y 20,000 km², aunque algunos ha superado los 22,000—, alimentada por fertilizantes agrícolas arrastrados desde gran parte de la vecina nación.

La presidenta Claudia Sheinbaum sabrá tomar la mejor decisión. La apoyaremos tanto si se suspende como si sigue adelante la ruta de los enormes buques tanque en el Acuario del Mundo, que ojalá no deje de serlo. Pero sería deseable que se analizara de nuevo el proyecto —por segunda, tercera, cuarta y quinta vez: lo que está en juego es demasiado—.

Es que —me disculpo por lo malpensado— podría tratarse de solo otro gran negocio que dañe al medio ambiente sin aportar realmente beneficios importantes a México. La burra no era arisca —el burro tampoco lo es—, así que convendría demostrar contundentemente que Saguaro será algo más que un lucrativo negocio para empresarios extranjeros, y también para algunos empresarios y políticos mexicanos que le hacen a la coyoteada, sin importarles el canto de las grandes ballenas.

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