NO ES SORORIDAD: Cuando la empatía se confunde con la complicidad

Por años, hemos abrazado la sororidad como esa fuerza colectiva capaz de mover montañas. Es, en esencia, nuestra alianza política y afectiva entre mujeres para resistir un sistema que nos oprime. Pero hoy, es urgente detenernos a seccionar lo que este concepto no es. Porque, en el intento de protegernos, hemos permitido que se desdibujen los límites de nuestra propia dignidad y bienestar.

Uno de mis videos con más vistas e interacciones, y que me ha permitido canalizar a muchas mujeres víctimas de violencia, habla justamente del tipo de agresión del que casi nadie habla: la violencia que muchas mujeres ejercen contra otras mujeres.

No es sororidad quedarnos calladas ante mujeres que nos están causando daño. La hermandad no es un pacto de silencio, ni una invitación a la abnegación. Históricamente, se nos ha pedido a las mujeres ser “las que aguantan”, pero extender ese mandato al espacio feminista es traicionar el principio básico de emancipación.

No es sororidad permitir que otra mujer nos lastime sólo por ser mujer. El género no es un pase libre para la agresión. La violencia y el abuso de poder son comportamientos que deben señalarse, sin importar quién los ejerza. Creer que las mujeres somos “incapaces de lastimar” es, irónicamente, una forma de deshumanizarnos, nos quita nuestra calidad de sujetos con voluntad, responsabilidad y, sí, también con sombras.

No es sororidad invalidar tus emociones por miedo al “feministómetro”. ¿Cuántas veces hemos guardado un dolor legítimo porque “ella es una compañera”? Si una acción te lastima, tu sentimiento es válido. La sororidad que te exige anular tu propia experiencia para no parecer “poco feminista” no es liberación, es otra forma de control.

No es sororidad dejar sin responsabilidad a quien sabía lo que estaba haciendo. Ser sorora no implica ser el escudo de quien actúa con dolo. La responsabilidad afectiva y ética debe ser transversal. Cuando defendemos o justificamos a agresoras bajo el manto de la “lealtad de género”, estamos replicando las mismas estructuras que juramos combatir: la impunidad.

La verdadera sororidad no nos pide ser cómplices, sino ser justas. Nos pide construir espacios donde la crítica sea posible, donde el daño se repare y donde ninguna mujer tenga que sacrificar su salud mental en el altar de una solidaridad mal entendida.

Juntas impulsemos el feminismo que incluye el derecho a poner límites y a exigir respeto, venga de donde venga.

Jennifer Islas. Política y conferencista

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