Sarampión, prevención y silencio

Poco más de un lustro ha transcurrido desde la pandemia por Covid-19 y el aprendizaje parece no haber permeado lo suficiente en las instituciones de salud pública. El reto de institucionalizar una causa radica justamente en que, más allá de la voluntad política, un objetivo debe ser tan específico que los cambios de titular sean insuficientes para transgredir las acciones hacia su cumplimiento. Los objetivos de salud no son políticos, porque gobierne la izquierda o la derecha o el partido o líder que sea, las enfermedades existen y aquellas contagiosas no van a detenerse porque exista un momento histórico o algo parecido. Eso hace tan absurdo que un proyecto culpe a otro de fracasos como el que hoy enfrenta nuestro país, peor pensando que hace semanas se detectó el aumento en sarampión y que deliberadamente se decidió mantener fuera de agenda hasta los últimos días.

Hoy, México enfrenta un resurgimiento de una enfermedad que debió haber sido prácticamente erradicada: el sarampión. Entre 2025 y principios de 2026 se han registrado más de 9 000 casos confirmados y al menos 28 muertes asociadas al virus, que ha circulado en todas las entidades del país aunque haya 5 que concentran más casos. Chihuahua con 4 mil 505 casos, Jalisco con 2,193 casos, Chiapas con 529 casos, Michoacán con 297 casos, Guerrero con 281 casos y sigue. Leía que el sarampión puede mantenerse en el aire hasta por dos horas y que cada persona infectada en promedio contagia hasta a otros 16. Eso explica que hoy veamos lo opuesto a la prevención, un despliegue masivo y desesperado por contener la realidad.

La baja cobertura de vacunación —muy por debajo del 95 % recomendado para lograr inmunidad de rebaño— es un factor clave en este retroceso, con la mayoría de los contagiados sin esquema de vacunación completo. Inclusive, culpar a comunidades religiosas de Chihuahua que son minoría y han existido por décadas con sus mismas prácticas, es ridículo. La omisión no es mejor sólo porque en Estados Unidos exista una crisis paralela. Pareciera el fin de la ciencia.

México, otrora un ejemplo de éxito en inmunización, logró en décadas pasadas coberturas superiores al 95 % entre la infancia con el uso de la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola (MMR). Esta estrategia fue tan eficaz que, según la evidencia histórica de la Organización Mundial de la Salud, la transmisión endémica del sarampión fue interrumpida en México en la década de 1990, después de años de cobertura sostenida con dos dosis de vacuna.

Sin embargo, a partir de 2019 y con marcadas caídas en la cobertura en años recientes —con datos que sugieren un descenso a menos del 70 % en 2024— las brechas en la protección poblacional comenzaron a crecer. En otras palabras: el virus halló espacios inmunológicos donde reproducirse con facilidad. Aún así, es increíble que estando en juego las vidas de menores de edad y jóvenes, la narrativa se centre en culpar a sexenios anteriores.

Lo que ahora vivimos es la consecuencia concreta de omisiones: fallas en el aseguramiento de esquemas completos desde la infancia, ausencia de estrategias eficaces de recordatorio y captación de rezagos, así como una comunicación pública insuficiente sobre el riesgo real del sarampión. Aun cuando las autoridades han asegurado la disponibilidad de millones de dosis de vacuna y han ampliado la campaña de inmunización a niños de 6 meses a adultos de hasta 49 años, la urgencia de la respuesta choca con años de silencios y prioridades mal calibradas.

Da rabia escuchar a funcionarios culpando a presidentes de sexenios anteriores por la omisión causada en años en los que debieron inocularse menores de edad. La institucionalización de la prevención exige sistemas que trasciendan ciclos políticos, no narrativas de culpabilidad o discursos reactivos. Encima, los medios deberían centrarse en medidas de contención como usar cubrebocas, lavarse las manos, evitar lugares concurridos… pero la narrativa es que los de hoy son menos culpables solo porque los de antes provocaron el problema, aunque los actuales lo hayan permitido crecer.

La lección del Covid-19 parecía clara: en epidemiología, cada día, prácticamente cada hora, es clave respecto de las acciones para contener un padecimiento. Resulta absurdo generar ruido mediático con escándalos, culpas y órdenes de autocensura mientras se necesitan campañas urgentes de contención —no solo de vacunación—: desde evitar lugares saturados hasta lavarse las manos, usar cubrebocas en contextos de transmisión alta, reforzar la vigilancia e identificar brotes tempranamente. Pero en lugar de eso hay llamados a no publicar la información. Increíble.

Es increíble que, teniendo en riesgo la vida de personas, la elección gubernamental sea crear narrativas de culpa y llamar a la autocensura y al silencio en vez de actuar con la urgencia que demanda una enfermedad uno de los virus más contagiosos identificados por la ciencia moderna. La prevención no es un slogan; es una práctica constante que requiere educación, infraestructura y liderazgo. Como si callar fuese a eliminar la enfermedad y detener la transmisión.

Si algo deja claro este brote es que el silencio ante el deterioro de la cobertura de vacunación se paga con vidas, presupuesto y productividad. Y que sin una cultura de prevención, incluso las conquistas más sólidas en salud pública pueden desmoronarse ante un virus que, para muchos —pero no para la ciencia—, parecía derrotado. Ahora resulta que se prefiere a las personas contagiadas o muertas en lugar de “estigmatizadas”… lo peor del escenario es que el llamado al silencio fortalece las teorías de la conspiración y desacredita a los medios de comunicación, dejando la información o desinformación en lo que la gente publique en redes sociales y otros puedan ver y decidan creer.

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