Hablando de injusticia

A la presidenta Sheinbaum le parece injusta la determinación del presidente Trump de sancionar con gravámenes a los países que decidan enviar petróleo a Cuba. En la isla hay un drama social que se agrava con la falta de energía eléctrica. Se trata de una tragedia y hay razones sobradas para urgente asistencia humanitaria. Sin embargo, el drama social tiene como origen el régimen político castrista, al que el obradorismo más que simpatía le profiere devoción.

En el país la injusticia mayor es que el régimen político se niegue a reconocer la extorsión que afecta a numerosos negocios y familias, mientras los grupos asociados al crimen organizado comprometen el derecho más elemental: el de la vida. Diez mineros asesinados en Sinaloa lo constatan, mientras que la alcaldesa sustituta en Tequila, Jalisco, niega haya habido extorsión, quien llega suscribe la complicidad; el gobernador Lemus señala que la decisión de quien ocuparía el lugar del alcalde presuntamente delincuente la dejó en manos de la Segob.

Se muere con facilidad; la recurrencia y permisividad de la muerte hacen que se normalice, al tiempo que la sociedad pierde capacidad de indignación y reclamo. Injusticia es que un alcalde de una importante ciudad pida ayuda para contener la extorsión promovida y consentida por las autoridades estatales y sea ultimado arteramente. Injusticia es que un alcalde probadamente criminal sea reemplazado por una incondicional que niega el deterioro de la autoridad por la extorsión y la complicidad con el crimen organizado.

La injusticia social no se resuelve —quizá apenas se mitigue— con la recuperación de los ingresos de los pobres mediante el incremento salarial y los programas sociales que destinan recursos a amplios sectores de la población, mientras la educación pública, ha dejado de ser vehículo de movilidad social e inclusión.

También es una injusticia el colapso de la justicia institucional. Observadores refieren al sometimiento del Poder Judicial federal al régimen político. Problema serio, incluso grave, porque merma la contención al abuso del poder. Sin embargo, el problema mayor es que la justicia queda sujeta al dictado de quien más tiene o a quien más puede intimidar.

Para la presidenta criticar a la nueva Corte es tarea de resentidos conservadores que han perdido privilegios. Nadie le ha dicho que ya se venden audiencias con juzgadores de alto nivel. El arribo de una generación de mediocres e improvisados a esta importante responsabilidad llevó prontamente a una corrupción desbordada. Los fallos de la justicia atienden no a la ley, sino al pago. El escándalo que enfrentó el presidente de la Corte por exhibir su medianía es una metáfora de la degradación de la institución, y de la vida pública, confirmada por la defensa que la presidenta Sheinbaum hace de su Corte. Eso también es lamentable injusticia.

Hablar de injusticia es hablar de la impunidad instalada en todos los ámbitos. Cabe decir que Morena no tiene su monopolio, está presente, también, en autoridades y dirigencias de otros partidos. Preservar la impunidad en casa propia se ha vuelto una causa de supervivencia del proyecto político que se suscribe. Cada uno con sus esqueletos en el clóset, pero el país no aguanta más. El país está expuesto en su soberanía por las debilidades derivadas de la ausencia del Estado. La vigencia del Estado es legalidad y monopolio legítimo de la violencia; justo lo que ya no existe.

Remediar la injusticia no vendrá de ninguna parte: ni de una presidenta ni de un tribunal,ni de un partido, y mucho menos desde el exterior. Ha quedado atrás para siempre lo que había, y lo que existe vive un proceso de deterioro inevitable por una incontenible venalidad. Por eso, de la demagogia se ha transitado al cinismo. La verdad no se tergiversa: simplemente se ignora. Remediar la injusticia es una tarea propia, y la vía civilizada proviene del ejercicio de las libertades. Dos son fundamentales: la de expresión, arrinconada por el régimen, y la del sufragio libre.

Hasta hoy, la sociedad ha vivido en un virtual estado de indefensión; no solo remite al fracaso de los partidos opositores, también al de las organizaciones intermedias, aunque no todas, como tampoco puede darse por derrotada a la prensa libre. Hay vitalidad social, como mostró la rebelión en Michoacán tras el homicidio de Carlos Manzo. En todo caso, está por verse si los comicios intermedios, como en Estados Unidos, estarán acompañados de un sentido que reivindique la necesidad de legalidad.

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