Rompe el obradorismo

Morena, el obradorismo y el gobierno de la llamada Cuarta Transformación no se tambalean por culpa de los “conservadores” ni de la “prensa inmunda” ni de Calderón o el neoliberalismo. Se resquebrajan por su propio peso.

Son víctimas de sí mismos y el proceso ya comenzó: algunos han empezado a cantar y otros intentan salvarse como pueden. Porque, como dicta el viejo refrán, para que la cuña apriete debe ser del mismo palo.

El núcleo duro del poder

Integrado por figuras clave del sexenio de Andrés Manuel López Obrador —hoy recicladas como estrategas del gobierno de Claudia Sheinbaum— que ahora están en el centro de la mayor delación política del obradorismo. Jesús Ramírez Cuevas, exvocero presidencial y actual coordinador de asesores; Adán Augusto López Hernández, exsecretario de Gobernación, y operador electoral de Morena desde el Senado; Mario Delgado, expresidente del partido, y hoy secretario de Educación; Ricardo Monreal, histórico operador político; y Alejandro Gertz Manero, el “fiscal carnal”, hoy embajador en el Reino Unido.

Con ellos, los hijos del expresidente, que continúan operando en las sombras; Alejandro Esquer, su exsecretario particular; la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez; y buena parte del gabinete que conforma el núcleo duro del régimen. Incluso el Poder Judicial, integrado mediante acordeones diseñados desde Palenque, forma parte de esta arquitectura de poder.

La narrativa como fortaleza

Durante años, la 4T construyó su poder no tanto en resultados verificables, sino en una narrativa eficaz: combate a la corrupción, defensa del pueblo frente a las élites, superioridad moral. Esa fue su verdadera fortaleza. Y en ese engranaje, Jesús Ramírez Cuevas fue pieza central. No solo comunicaba: diseñaba marcos mentales, administraba silencios y definía enemigos.

Hoy, esa narrativa comienza a desmoronarse. El libro de Julio Scherer Ibarra y los trabajos periodísticos de Jorge Fernández Menéndez colocan una bala justo al centro del corazón del obradorismo: exponen la simulación, el engaño y la corrupción que sostuvieron el proyecto de “transformación” y su llamado segundo piso.

Las revelaciones

Scherer, exfuncionario del círculo íntimo de AMLO, dedica pasajes especialmente duros a Jesús Ramírez, a quien describe no solo como vocero, sino como operador político y mediático, tejedor de relaciones de alto riesgo y administrador de la narrativa oficial del régimen.

Entre las acusaciones más graves está su presunta vinculación con reuniones con Sergio Carmona Angulo, señalado como el “rey del huachicol”. Según lo revelado, Ramírez habría facilitado un encuentro entre Carmona y el entonces presidente López Obrador, poco antes de que el empresario fuera asesinado en Nuevo León, cuando se hablaba de su posible colaboración con autoridades estadounidenses.

Las implicaciones son devastadoras: financiamiento de campañas de Morena con recursos ilícitos en estados clave y la sombra del huachicol alcanzando incluso la campaña presidencial. A ello se suman los señalamientos de vínculos con el crimen organizado, como el caso de Adán Augusto López y su exsecretario de Seguridad en Tabasco, Hernán Bermúdez, hoy preso, cuyo silencio resulta demasiado conveniente.

Un régimen a la defensiva

Los tentáculos del obradorismo alcanzan también al ámbito mediático. Reportajes recientes exhiben redes de intereses entre funcionarios y medios beneficiados por la publicidad oficial. El patrón se repite: control, lealtades y blindaje narrativo.

El inicio del año ha mostrado una descomposición acelerada con acusaciones contra gobernadores, asesinatos de familiares de funcionarios, escándalos ferroviarios, señalamientos contra los hijos del expresidente y una presión creciente de Estados Unidos para que México entregue a altos funcionarios y rompa alianzas incómodas.

Lo más grave es la defensa cerrada y contundente de la presidenta Sheinbaum que descalifica y minimiza las revelaciones, habla de rumores y descarta remover a los implicados; sin embargo, la narrativa ya no alcanza. Sin ella, la 4T se queda sin piso.

Todo indica que, mientras desde el poder se intenta imponer el silencio, algunos ya han decidido hablar. Si eso ocurre, el choque interno en Morena será inevitable. La pregunta no es si caerán, sino cuánto tiempo más resistirán antes de hacerlo.

X: @diaz_manuel

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