Semana Laboral de Cuarenta Horas
LA POLÍTICA ES DE BRONCE
Si nada excepcional ocurre, porque en ocasiones del plato a la boca se cae la sopa, esta semana el Senado de la República aprobará la reforma constitucional en materia de trabajo para establecer, por fin, la semana laboral de 40 horas y, en los días o semanas posteriores, la Cámara de Diputados y congresos locales harán lo propio. Se trata de una de las reformas más importantes de este periodo ordinario de sesiones y, quizá, uno de los logros más sobresalientes del sexenio de Claudia Sheinbaum, porque modificaría de manera significativa el trabajo en la primera mitad del siglo XXI.
La semana de 40 horas rompe un mito. Para los gobiernos anteriores, los de los grandes economistas educados en el extranjero, era un tema tabú, algo imposible para un país como el nuestro. Lo mismo ocurrió con el aumento de los salarios mínimos en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, pero a la postre el incremento aplicado de manera gradual, consensuada con los sectores productivos y con una política pública responsable permitió que 13.4 millones de personas dejaran los niveles de pobreza y fortalecieran a la clase media.
Hace apenas un año, esta propuesta parecía imposible, más aún por el regreso a la Casa Blanca de Donald Trump, la renegociación del Tratado de Libre Comercio en puerta y los impedimentos para forzar la economía a una medida de esta naturaleza. Pensaban que el horno no estaba para bollos y que una reforma de este tipo reventaría a la economía nacional.
Pese a todos los pronósticos y como producto de una intensa negociación, estudio y análisis de los distintos escenarios y propuestas, se llegó a un dictamen con el acuerdo mayoritario, no unánime, de trabajadores, empresarios y gobierno. La iniciativa establece una aplicación gradual a partir de 2027 y hasta 2030; flexibilidad de acuerdo con el mercado laboral y el giro económico, y protección de los derechos laborales, particularmente de los menores de edad.
La aprobación de esta reforma no soluciona por sí sola el problema ni aumentará automáticamente la productividad. Se requiere la elaboración de leyes secundarias y reglamentos que permitan su viabilidad y, sobre todo, de un diálogo constante con los sectores productivos para su aplicación, todo ello en un contexto de alta volatilidad económica derivada de las presiones comerciales de Donald Trump y de la renegociación del T-MEC.
Obviamente, queda en la agenda de la reforma laboral el prioritario y urgente asunto de la economía informal y de cómo ésta puede reorientarse a través de una reforma fiscal y de mecanismos económicos tradicionales y novedosos, como el de la economía social y colaborativa.
Mientras todo esto ocurre, la oposición otra vez se coloca a la orilla del camino, atrapada por su incapacidad de autocrítica y esperando que esta reforma falle. Como ocurrió con los programas sociales o incluso con el aumento al salario, la oposición cometería un grave error si votara en contra por cálculos estrictamente de burocracias partidarias. Salta a la vista que esta reforma no es perfecta, pero sí marca un avance en el sentido correcto que permitiría modernizar el mundo laboral y generar bienestar para millones de trabajadores y sus familias.
Eso pienso yo. ¿Usted, qué opina? La política es de bronce.