Tereso Medina: cuando el trabajo exige interlocutores
El movimiento obrero mexicano nació como una promesa de justicia social y de equilibrio frente al poder económico. Fue, en su origen, una apuesta por la dignidad del trabajo y por la idea de que el desarrollo no podía sostenerse sin derechos. Con el paso del tiempo, esa promesa se fue transformando.
La transformación de esa promesa se fue alterando no siempre de la mejor manera, pero tampoco de forma lineal ni uniforme. Hubo avances, retrocesos, acomodos y silencios que marcaron su trayectoria y que explican, en buena medida, el lugar que hoy ocupa el sindicalismo en la vida pública del país.
La historia del sindicalismo en México, y en particular la de la Confederación de Trabajadores de México, está hecha de claroscuros. Como la vida misma. De momentos de auténtica representación y de cercanía con los trabajadores, más también de etapas de repliegue y adaptación. Decisiones internas que pesaron tanto como los contextos políticos y económicos que fueron modificando las reglas del juego. Entender esa historia exige huir de lecturas simplistas y asumir que, como todo fenómeno social, se trata de un proceso complejo y lleno de matices.
Ese proceso de evolución no puede analizarse de manera aislada. La transición al modelo neoliberal, la redefinición del papel del Estado y la ruptura gradual del pacto social surgido de la revolución alteraron profundamente el mundo del trabajo.
Las relaciones laborales cambiaron y los nuevos paradigmas económicos redefinieron el poder de negociación y colocaron a las organizaciones sindicales frente a dilemas inéditos. Defender derechos sin poner en riesgo la estabilidad, preservar el empleo en un entorno cada vez más competitivo, adaptarse sin renunciar a su razón de ser.
En ese escenario, las grandes confederaciones sindicales se vieron obligadas a navegar entre la defensa de las conquistas laborales y la necesidad de asegurar viabilidad económica y poder político. No siempre acertaron. En ocasiones llegaron tarde, en otras optaron por la cautela. Sin embargo, es importante aclarar que tampoco fueron simples espectadoras de un proceso que las rebasó estructuralmente y que reconfiguró el equilibrio entre capital, trabajo y Estado.
El contexto actual es uno en el que el ámbito laboral enfrenta un nuevo periodo de incertidumbre.
La implementación deficiente de la reforma en la materia, su coincidencia con una reforma al Poder Judicial y las secuelas aún visibles de la pandemia, atendida desde el gobierno federal sin un enfoque laboral integral, han generado un entorno de confusión normativa y tensión en las relaciones de trabajo.
Como ha ocurrido otras veces en la historia, la convergencia de reformas orgánicas y procesales volvió a producir más dudas que certezas, más fricción que claridad.
En medio de esta vorágine, el papel del sindicalismo vuelve a cobrar relevancia. No como instrumento de confrontación permanente ni como reliquia del pasado, sino como espacio de interlocución, equilibrio y gobernabilidad laboral. La legitimidad sindical ya no se presume, se acredita. Se construye con respaldo real de los trabajadores, con negociación colectiva efectiva y con capacidad de diálogo responsable con el sector productivo.
En ese contexto se inscribe la trayectoria de Tereso Medina Ramírez, quien logró legitimar sus contratos colectivos incluso en un escenario adverso, enviando una señal clara de representatividad y estabilidad. No como gesto retórico, sino como ejercicio práctico de un sindicalismo que entiende los tiempos que corren.
Ese sindicalismo responsable se ha convertido en una plataforma que articula empleo, productividad y bienestar. Una práctica que busca mejorar las condiciones laborales sin perder de vista las posibilidades económicas de las empresas, entendiendo que la protección del trabajo y la preservación de las fuentes de empleo no son objetivos contradictorios.
Perfiles como el de Medina Ramírez muestran que el sindicalismo puede seguir siendo un factor de equilibrio entre los elementos que integran la producción y no un obstáculo para su desarrollo.
En este marco, su aspiración a la secretaría general de la CTM adquiere un significado particular. No se trata únicamente de una contienda interna, sino de una coyuntura que abre la posibilidad de replantear el papel de la Confederación en un momento de grandes retos para el mundo del trabajo. Con experiencia, vocación y conocimiento del terreno laboral, su postulación se presenta como una oportunidad para fortalecer a una central obrera que, por su historia y por su peso, sigue siendo un actor indispensable en la vida económica y social del país.