La batalla por la atención: poder, política y democracia en la era del ruido

Vivimos una paradoja inquietante. Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido acceso a tanta información, tantas plataformas y tantas voces. Y, sin embargo, nunca había sido tan difícil ponernos de acuerdo siquiera en los hechos básicos de la realidad. La información abunda; la comprensión escasea. La atención es limitada; la disputa por capturarla es feroz. En ese terreno se libra hoy una de las batallas más decisivas para la política, la democracia y el liderazgo.

Nancy Gibbs, una de las periodistas más influyentes de nuestra era y exeditora en jefe de la revista Time, lo resume con una frase contundente: “La información y la atención son los campos de batalla de este siglo”. No es una metáfora exagerada. Es una descripción precisa del mundo en el que vivimos.

Gibbs es ahora la directora del Shorenstein Center y profesora de la cátedra Edward R. Murrow de Práctica de Prensa, Política y Políticas Públicas, de la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard.

Una transformación tan profunda como la imprenta

Durante un reciente seminario en Harvard, Gibbs abordó temas que desarrollará con mayor detalle el próximo mes en un programa de “Educación Ejecutiva” de dos semanas titulado “Leading Through the Changing Media Landscape”. Dijo, con razón, que estamos atravesando una transformación mediática tan profunda como la invención de la imprenta. Pero a diferencia de otros grandes cambios históricos, éste está ocurriendo en tiempo real, dentro de una sola generación. No hubo transición lenta ni adaptación gradual. De pronto, el ecosistema informativo cambió de reglas, de actores y de ritmos.

El resultado es un estado de emergencia informativa. No solo por la proliferación de desinformación o noticias falsas, sino por algo más profundo: la forma en que consumimos información, la irrupción de la inteligencia artificial, la fragmentación extrema de las audiencias y la creciente desconfianza hacia las instituciones.

Hoy, personas que viven en la misma ciudad, incluso en la misma casa, pueden habitar universos informativos completamente distintos. Ya no compartimos referentes comunes. Y cuando no compartimos hechos, tampoco compartimos diagnósticos ni soluciones.

Jóvenes, pantallas y mundos paralelos

La brecha generacional es especialmente reveladora. Para millones de jóvenes, ver un noticiero nocturno es tan extraño como sería escuchar radio de onda corta. La información ya no se “busca”; se encuentra accidentalmente en TikTok, YouTube, Instagram o WhatsApp.

Los datos son claros: el consumo de noticias ha caído en todos los grupos de edad desde 2019, pero el descenso más pronunciado se da entre los adultos de 30 a 39 años. Al mismo tiempo, el uso de redes sociales como fuente principal de información alcanza máximos históricos, mientras que los periódicos impresos y la televisión abierta siguen en declive.

Esto tiene consecuencias profundas. Una democracia necesita ciudadanos informados. Pero hoy, el 70% de los jóvenes dice que se topa con noticias políticas por casualidad, no porque las esté buscando. El conocimiento cívico se vuelve fragmentario, emocional y muchas veces superficial.

Cuando la atención se vuelve poder

En este contexto, la atención dejó de ser un medio y se convirtió en un fin. Gibbs lo dice con claridad: capturar la atención hoy es una forma de ejercer poder. En el pasado, los líderes gobernaban y luego recibían cobertura. Hoy, si no estás haciendo ruido, simplemente no existes políticamente.

Un viejo titular de Vanity Fair lo resumió sin rodeos: “Si no estás haciendo noticia, no estás gobernando”. La política se volvió performativa. La visibilidad se confunde con efectividad. El escándalo compite con la política pública.

Esto explica por qué todo es “urgente”, todo es “última hora” y todo busca provocar indignación. La economía de la atención recompensa el enojo, el miedo y la confrontación. Las emociones viajan más rápido que los matices.

El auge de la economía del creador

En paralelo, los guardianes tradicionales de la información han perdido poder. Editores, directores de noticieros y grandes redacciones ya no controlan la agenda. En su lugar, emergió la “economía del creador”: influencers, podcasters, youtubers, tiktokers y expertos temáticos que construyen audiencias gigantescas.

Algunos de ellos son periodistas que migraron con sus seguidores; otros nunca pisaron una redacción. El dato es impactante: hay creadores en TikTok con más de 150 millones de seguidores, superando el alcance de muchos medios tradicionales. Y se estima que la economía del creador alcanzará medio billón de dólares en 2027, superando incluso a la publicidad tradicional.

En este nuevo ecosistema, un primo, una vecina o un grupo de WhatsApp pueden ser más influyentes que la portada del New York Times. La confianza se desplazó del medio a la relación personal.

La crisis de autoridad

Pero el problema va más allá de los medios. Lo que vivimos es una crisis de autoridad. Universidades, tribunales, congresos, gobiernos y medios enfrentan niveles históricamente bajos de confianza. En Estados Unidos, por ejemplo, la confianza en los medios cayó a 28%, un mínimo histórico.

En este contexto, decidir dónde informarse se vuelve casi tan importante como la información misma. Y cuando no sabemos en quién confiar, el terreno queda fértil para la manipulación.

Jon Favreau y Scott Jennings —analistas políticos desde trincheras ideológicas opuestas— coincidieron, en un seminario el año pasado en Harvard, en algo esencial: la fragmentación informativa erosiona la confianza porque ya no sabemos si lo que escuchamos es real. Cada quien recibe una versión distinta del mundo.

Noticias que cansan, noticias que duelen

Hay otro factor que no podemos ignorar: muchas personas están evitando activamente las noticias. No por apatía, sino por agotamiento emocional. Ansiedad, impotencia, tristeza. El bombardeo constante de crisis, violencia y escándalos genera rechazo.

Vivimos en lo que algunos llaman una “cultura de la dopamina”, donde el cerebro es entrenado para buscar estímulos rápidos, gratificación inmediata y distracción permanente. Como dice Gibbs, estamos participando en un experimento masivo de ingeniería social, sin saber del todo sus consecuencias.

Violencia, palabras y responsabilidad

La polarización no es solo retórica. El aumento de la violencia política ha encendido alarmas. Favreau, asesor de Barack Obama, y Jennings, asesor de George W. Bush, coinciden en algo fundamental: cuando el debate deja de ser seguro, cuando hablar implica miedo, la democracia empieza a romperse.

Aquí hay una responsabilidad compartida. Políticos, comunicadores, periodistas y creadores tienen influencia. Y con la influencia viene la obligación de denunciar la violencia, bajar el tono y abrir espacios de diálogo. Las palabras importan. Y también pueden herir.

Curiosidad, narrativa y comprensión

En medio de este panorama, Gibbs propone antídotos claros. El primero es la curiosidad genuina. Estudios muestran que preguntar con interés real —no para ganar, sino para entender— reduce la polarización incluso entre personas que discrepan profundamente.

El segundo es el storytelling. No basta con datos. Necesitamos narrativas coherentes que expliquen cómo funciona el gobierno, por qué importan las políticas públicas y cómo afectan la vida diaria de los ciudadanos. Iniciativas como Unlocked, del Shorenstein Center, buscan justamente eso: abrir el cofre negro del poder para que ciudadanos y periodistas entiendan la maquinaria que sostiene la democracia.

Nunca había sido tan posible llegar a tantos

Aquí está la paradoja final. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para manipular. Pero tampoco tantos instrumentos para construir. Como dice Gibbs: nunca en la historia había sido tan fácil llegar a millones con una buena historia. No necesitas una imprenta, un canal de televisión ni un estudio de cine. Necesitas claridad, honestidad y propósito.

El reto no es técnico. Es ético y político. Pocos lo han entendido.

México ante la batalla de la atención

En México, esta discusión no es teórica. Vivimos también fragmentación, desconfianza y polarización. La batalla por la atención define reformas, elecciones, políticas públicas y reputaciones. Gobernar bien ya no basta: hay que explicar, escuchar y conectar.

Pero debemos tener cuidado: gobernar solo para la cámara, para el “trending topic” o para el aplauso inmediato es una trampa. La atención puede ser poder, sí, pero sin instituciones, sin verdad y sin responsabilidad, ese poder es efímero.

Conclusión: defender la democracia en la era del ruido

La batalla por la atención no se va a acabar. Es el nuevo terreno de la política y del poder. La pregunta es cómo la libramos y cómo la ganamos. Con miedo o con curiosidad. Con gritos o con argumentos. Con manipulación o con sentido de valor público.

La democracia no se defiende solo con leyes o elecciones, mucho menos con un discurso difuso de transformación. Se defiende con comprensión compartida de la realidad. Y eso, hoy, es más difícil —y más urgente— que nunca.

En un mundo saturado de ruido, la claridad es un acto de liderazgo.

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