La catástrofe del orden internacional

En 1945, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el concierto de las naciones, encabezado por las potencias vencedoras, particularmente Estados Unidos, la Unión Soviética, Francia, China y Gran Bretaña, sabedoras de la exigencia de regir el orden internacional resquebrajado por los sucesivos conflictos bélicos, decidieron crear una organización internacional que recuperase el acervo jurídico de la Sociedad de Naciones de 1919 y que sirviera como garante de la paz en el mundo.

De esta forma nació Naciones Unidas en el acto de la adopción de la célebre Carta de San Francisco. Esta nueva organización internacional contaría, entre otros organismos, con una Asamblea General y un Consejo de Seguridad. El primero representaría el foro donde todos los países del mundo tuvieran voz, mientras que el segundo estaría compuesto por quince miembros, cinco de ellos con asiento permanente y con capacidad de veto.

Naciones Unidas ha sufrido de enormes fallas a lo largo de sus décadas de historia. Entre sus principales fracasos ha sido su incapacidad de preservar la paz en Oriente Medio y las sucesivas violaciones del derecho internacional por parte del estado de Israel. Esto ha derivado principalmente de la membresía permanente de Estados Unidos, y en otras ocasiones, de la Unión Soviética, y de la voluntad política de estas dos potencias de favorecer, en detrimento de la paz, a alguno de sus aliados.

Otra crisis del orden internacional fue provocada por Estados Unidos en su intervención en Irak en 2003. Bajo el argumento de la urgencia de derrocar a Saddam Hussein, el presidente George W. Bush ordenó el envío de tropas sin mandato del Consejo de Seguridad. Los resultados de esta guerra premeditada son bien conocidos.

Como he señalado, si bien Naciones Unidas ha adolecido de la ausencia de métodos efectivos para la preservación de la paz, los sucesos recientes han puesto en evidencia el colapso definitivo del sistema. Un buen número de internacionalistas han apuntado hacia la urgencia de impulsar un nuevo marco jurídico. Ilusos.

La invasión de Ucrania por parte del ejército ruso, primero en Crimea en 2014 y luego en las regiones orientales de Ucrania en 2022, envió desde un primer momento ondas de choque que sacudieron la opinión pública. A pesar de los esfuerzos para hacer pagar al presidente Vladimir Putin por sus fechorías y crímenes de guerra, el asiento permanente de Rusia en el Consejo de Seguridad ha hecho imposible cualquier acción por parte de Naciones Unidas. En consecuencia, las acciones se han limitado a sanciones unilaterales que poco han contribuido a la solución del conflicto.

En semanas recientes el ingreso de helicópteros estadounidenses en Venezuela ha confirmado la crisis en materia de aplicación del derecho internacional. De nueva cuenta, un mandatario que desdeña profundamente las leyes y convenciones, pero ahora sito en Washington, incursionó ilegalmente en un estado soberano con el objetivo de ejecutar acciones penales contra Nicolás Maduro. Si bien la legalidad de la acción es justificable en el derecho interno, a la luz de la Carta de Naciones Unidas constituyó una contravención flagrante de las normas jurídicas internacionales.

El derecho internacional es hoy letra muerta. Podrá ser invocado en ocasiones con fines de propaganda, pero vale, en los hechos, muy poco. Autócratas como Vladimir Putin o Donald Trump están decididos a perseguir sus objetivos políticos sin el menor miramiento al derecho, a las normas o a la salvaguarda del orden.

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