Morena ya no confía en la mística del voto

“Cuando el poder se acostumbra a ganar, deja de competir.”

Adaptación libre de Norberto Bobbio

“No se trata de ganar elecciones, sino de evitar sorpresas.”

Se los firmo

La reforma electoral que impulsa Morena no busca perfeccionar la democracia: busca administrarla. No pretende hacer elecciones más limpias, sino más previsibles. El objetivo real no es el INE ni los consejeros; es reducir la incertidumbre electoral, acotar contrapesos y convertir la competencia política en un trámite controlado. Morena ya no confía en la mística del voto; ahora apuesta por la ingeniería institucional.

Podría llamarse Crónica de una captura anunciada o, si se prefiere suavizar, La democracia administrada. Lo cierto es que esta reforma —de la que solo se conocen fragmentos cuidadosamente filtrados— nace con una anomalía de origen: es la primera gran reforma electoral que emana desde el poder, no desde la oposición ni desde una exigencia ciudadana. Y eso, en cualquier democracia funcional, es una señal de alerta.

La pátina de legitimidad que se intentó construir con una comisión presidencial no alcanzó ni para eso: pátina. Los principales participantes fueron figuras de la propia 4T, repitiendo un libreto conocido —menos financiamiento a partidos, eliminación de plurinominales— sin distinguir entre reducción de costos y desmantelamiento de la representación de las minorías. No es una discusión democrática; es una operación de poder.

¿Se requiere una reforma electoral? Sí. Pero una que fortalezca la representación, la equidad en la competencia y la confianza ciudadana, no una diseñada para solidificar al partido gobernante. Lo que se vislumbra hasta ahora no busca abaratar la democracia, sino decidir quién administra el presupuesto y bajo qué reglas se compite. Tampoco busca fortalecer al INE, sino formalizar su subordinación. Con Guadalupe Taddei, el alineamiento ya existe; lo que falta es reglamentarlo.

Para justificarlo, Morena recurre al comodín de la “austeridad”. Ya conocemos ese guion: la austeridad aplica al pueblo, a hospitales sin medicinas, a presupuestos de seguridad recortados. Para la oligarquía del bienestar, en cambio, la austeridad es una etiqueta flexible que convive sin pudor con vuelos en primera clase, camionetas blindadas y giras internacionales. La austeridad no es un principio; es un argumento utilitario.

En este contexto, resulta revelador el papel de Pablo Gómez, quien debió haber sido el operador político capaz de construir consensos. No lo fue. Lo que mostró fue soberbia y una incapacidad total para dialogar con otras fuerzas políticas. Tan mal diseñada está la propuesta que ni siquiera logra cohesionar al bloque oficialista.

La resistencia del Partido Verde no es ética ni democrática: es mercantil. El Verde entiende perfectamente que en un sistema hipercentralizado pierde su valor de mercado. De bisagra rentable pasaría a estorbo local. Su incomodidad no responde a convicciones democráticas, sino al cálculo frío de quien vive del chantaje político.

La reforma exhibe algo más profundo: el bloque oficialista no es ideológico, es transaccional. Cuando el poder se concentra demasiado, incluso los aliados empiezan a sentirse asfixiados porque se quedan sin margen de maniobra. El poder hegemónico, paradójicamente, tiende a implosionar. Así ocurrió con el PRI de los años sesenta, que empezó a fracturarse en 1988 y terminó de hacerlo en el 2000. La 4T, de hecho, es hija de ese desgaste.

La diferencia es que ahora, desde el poder, se intenta blindar los puntos de fuga. Cerrar válvulas antes de que el sistema colapse. No sería extraño que, en nombre de la austeridad, se avance hacia una Asamblea Legislativa única. Adiós bicameralismo, adiós contrapesos reales. La oposición quedaría reducida, si acaso, a un elemento decorativo.

En ese marco, el referéndum de Oaxaca no fue un ejercicio de participación ciudadana, sino un ensayo general. Acarreo, manipulación política, opacidad y simulación democrática convertidos en práctica normalizada. La revocación de mandato dejó de ser un mecanismo de control para transformarse en una herramienta de legitimación artificial.

Lo verdaderamente grave es el precedente rumbo a 2027. Si la revocación sirve para fabricar consensos, las elecciones se vuelven un trámite. Oaxaca no es una anomalía: es un laboratorio. Y lo que se prueba ahí, históricamente, termina replicándose a escala nacional.

Morena ya no confía en la mística del voto. Confía en la arquitectura del poder.

Y esto —conviene no perderlo de vista— apenas empieza.

Giro de la Perinola

• La foto de los tres dirigentes anunciando que van juntos en 2027 y 2030… sin decir una palabra.

• Nueva reunión en Palacio Nacional para “discutir” otra vez la reforma electoral.

• Tan unidos que Morena y el PT van juntos en Coahuila, mientras el Verde ya avisó que irá solo.

• Ricardo Monreal reconoce que no existe aún un documento formal y que todo sigue en la fase de negociación política, no legislativa. Confirmación involuntaria: no se busca mejorar la democracia, sino administrar el poder.

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